Y aparece la otra gran protagonista del tiempo de Adviento: María. Ella es la que con su sí, humilde y obediente, crea el vacío que era necesario para dar paso a Dios y su encarnación. El nombre de aquella doncella es kejaritomene , llena de gracia, pues todo lo que ella es, lo es como don plenamente aceptado. Se nos pone así ante "la Toda Santa" (panagia) de que hablan los Santos Padres de la tradición oriental.
El evangelio de este domingo, ya casi tocado por la Navidad, nos muestra al arcángel anunciando novedades a una joven sumamente joven y prometida en vínculo legal de esponsales con un descendiente de David. Aún no se habían celebrado las bodas, de manera que aún no era posible la cohabitación con su futuro esposo.
Llega el enviado divino hasta el punto de dar el nombre del niño cuyo nacimiento anuncia y pasa a ofrecer un verdadero resumen cristológico de antología: la maternidad será obra del Espíritu, actuará el poder de Dios como nube fecunda y el niño nacerá consagrado y consagrante. Será Hijo de Dios en un sentido nuevo con respecto al usado hasta entonces.
Gabriel escucha la respuesta impresionante de María, segura de que nada hay imposible para Dios. Una respuesta afirmativa que le convierte en Madre de Dios ( theotokos , cf DS 251) y le anima a entregarse a una misión que le ubica en los papeles centrales del plan salvífico trazado desde siempre por el Padre.
El Concilio Vaticano II, del que en estos días celebramos 40 años de su conclusión, nos recuerda en Lumen gentium que "ella, en efecto, como dice S. Ireneo, 'por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano" (n.56). Un sí, pues, de repercusiones cósmicas: la encarnación más que un don personal es un don a la humanidad en María.
Finalmente, vale la pena aquí concluir mirando de manera especial la expresión final de la Virgen que nos transmite el evangelista: "María contestó: -Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (v.38). Luego del diálogo abierto y pausado con el enviado de Dios, María da su paso y acepta colaborar. Ella así nos enseña "que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos la libertad de los hijos de Dios" (S. Josemaría Escrivá). Una actitud que nos deja mucho en qué pensar, sobre todo en estos tiempos en que parece que la habilidad para discernir con inteligencia y libertad está en crisis en todos los ámbitos.
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