Hoy día solemnidad de la Epifanía del Señor, fiesta de Reyes, se nos pone ante noticias cronológicas no muy comunes en el segundo evangelio: “En tiempos del rey Herodes”. Esto es, la época de Herodes el Grande, rey pro-romano y satélite de Judea, aunque la cronología de Dionisio el Exiguo nos complica un poco el panorama hasta el punto de decir que nos es difícil fechar con exactitud el nacimiento de Jesús.
En el momento descrito por Mateo aparecen en escena unos “magos”. Una expresión que nos pone ante los prestigiosos miembros de una casta sacerdotal de origen persa y muy instruidos en cuestiones astrológicas y astronómicas. Al decir “su estrella” reflejan la idea –muy aceptada entonces– de que cada persona está representada por una astro brillante que aparece en el firmamento el día de su nacimiento. Sin embargo, para cualquier lector judío, es claro que es una alusión que va más allá: se refiere a la estrella que surge de Jacob y que es alusión a David, interpretada normalmente en un sentido claramente mesiánico.
El relato nos pone ante el niño que buscan los sabios. No en Jerusalén sino en Belén, lugar natal de David, será donde encuentren al rey y Mesías a partir de la realización de Miq 5,1-3. Los dones que estos gentiles ofrecen al adorar al Dios Niño son un eco del Sal 72,10 e Is 60,6.
La Epifanía, dice el Catecismo de la Iglesia, “celebra la adoración de Jesús por unos ‘magos’ venidos de Oriente (…y) manifiesta que ‘la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas’ (S. León Magno, serm. 23) y adquiere la ‘israelitica dignitas’” (n.528). Una fiesta de significado universal, esto es, católico.
Casualmente, por este ingrediente, hoy nos sentimos invitados a revisar nuestra condición de evangelizadores y misioneros. La apertura a todos que nos muestra el evangelista en el relato de los sabios venidos de Oriente es hoy un desafío pastoral urgente. En medio del presente modernismo líquido que ya hasta a la posmodernidad dejó atrás, hemos de pasar de toda ingenuidad y comenzar a cabalgar a buen ritmo y más cerca de la historia y la cultura contemporáneas. La Iglesia no puede seguir galopando a una velocidad en que la pérdida de espacios es lo normal y no el ganarlos. En el espíritu más exigente de la fiesta de hoy, ha llegado el momento de rescatar esos espacios, tornarse más agresivos desde una reflexión más seria y animarse a una mayor fidelidad a una catolicidad que a veces se encorseta con actitudes que, a veces, no sabemos leer bien. ¿Temores? ¿cobardía? No sabemos bien, pero ojalá no sea más que una toma de impulso para un cambio de actitud desde un renovado ardor misionero.