Hoy nos pone la Iglesia ante un texto exclusivo de Lucas. Partiendo de las buenas maneras a la hora de sentarse a la mesa, el Señor saca conclusiones de cara al Reino.
El dato central de este diálogo de Jesús con el fariseo es que Dios invita, ciertamente, a muchos a su banquete. Sin embargo, está claro que el principio para conceder esa invitación es que el convidado cumpla con un par de exigencias: la primera, que sea capaz de vivir la virtud de la humildad.
La segunda, que se sienta necesitado de salvación.
Con respecto a la primera de las condiciones, hay que decir que la humildad es una de las virtudes peor entendidas a lo largo de los siglos y aún más, en el uso popular del concepto y su contenido.
Hoy día las cosas no son más fáciles, sobre todo, cuando pensamos en que vivimos un tiempo en que el ser humano tiene de si una estima exagerada y, además, una búsqueda de autoafirmación patológica.
Hablar de humildad en la perspectiva de los Padres de la Iglesia es comprenderla como “fundamento de todo el edificio espiritual”, en palabras de S. Agustín. Avanzando un poco en el tiempo S. Benito de Nursia comprendía la humildad como maestro de toda virtud.
Y ya en la escolástica, Sto. Tomás de Aquino llegaba a decir de esta virtud que es capaz de remover toda autosuficiencia (cf. S.Th. II-II, q.161).
La Reforma muestra más opiniones, como, por ejemplo, aquellas que miran la humildad como efecto de la justificación (Lutero) o como síntesis de vida cristiana (Calvino).
Más adelante y para responder a los ataques de Nietzsche, M. Scheler mira la humildad como la más hermosa de las virtudes y teólogos cercanos a nosotros la miran como “auténtica virtud cardinal cristiana” (Häring) o “noble virtud” (Centi).
Kaczynski identifica en la humildad dos aspectos: uno negativo –que mira la imperfección propia del ser humano- y otro positivo, pues subraya la dignidad del ser humano en cuanto persona que, siendo lo que es, está llamada a crecer. Resuena aquí el “andar en verdad” de Sta. Teresa (Morada 6, 10).
La segunda de las condiciones para ingresar al banquete, según el texto de Lucas que comentamos, es saberse necesitado de salvación. Esto es, no caer en la soberbia. Y todo esto porque los soberbios “al complacerse en su excelencia, desprecian el valor de la verdad” (S.Th., II-II, q.162) y, de paso, se sienten sin necesidad de redención, ni de Dios y se ubican más allá del bien y del mal. Gentes de este sentir las hay hoy y muchas, todas harto urgidas de que se les enseñe el camino de la humildad.
P. Mauricio Víquez Lizano.