Hoy celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Una fiesta que se introduce en occidente en el siglo XIII. Esta celebración, llamada también Corpus Christi o Corpus Domini , se vivió por vez primera en Lieja, Bélgica, en 1246. Ya entre los siglos XIV y XV se extiende por toda la Iglesia e incluso se difunde en Roma la costumbre de la procesión por las calles de la ciudad. Los textos de la misa del día se atribuyen al mismísimo Tomás de Aquino y el misal presente ha introducido pocas variantes con respecto al misal de Pío V de 1570.
El Evangelio de hoy nos pone ante una relación muy íntima entre la última cena de Jesús con los suyos -en que comparten el pan (massôt) y el vino- y la Pascua judía. El autor sagrado muestra a un Jesús que se dispone a celebrar su propia pascua y, luego de hacer referencia a la traición de la que será objeto el Señor, pasa Marcos a narrar la institución de la Eucaristía.
Es claro que de los relatos de cuanto acaeció en la cena final, el que leemos hoy es el más antiguo. El vocabulario y el estilo son litúrgicos y seguramente con cierta influencia de cuanto ya la Iglesia vivía ritualmente en Jerusalén.
Jesús toma el pan sin levadura. Y dice "esto es mi cuerpo", es decir, "soy yo". Luego de la tercera copa, es decir, la posterior al plato principal y previa al himno del Hallel, Jesús hace referencia a la sangre que derramará por una multitud y ello con la intención de que esa gran cantidad de gentes sean admitidas en una alianza nueva con Dios.
En el cierre, Jesús hace referencia a la dimensión escatológica de la eucaristía, esto es, a lo que será nuestra participación en el banquete mesiánico al final de la historia. La eucaristía nace del corazón de Cristo en el momento que hoy contemplamos en el evangelio que comentamos. Será el memorial de su sacrificio inminente. Y además, Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla: los instituye sacerdotes de la nueva alianza (Cf Trento, DS1752, 1764).
La fiesta de hoy, como se nota, es muy densa en significado y obviamente, también en exigencia. Hoy se nos invita a contemplar el sacramento central de nuestra fe. Pero hoy también se nos invita a pensar en el rol del sacerdote que confecciona la eucaristía. El rol de ese creyente esencial y cuestionado a veces con razón y a veces sin ella. El rol de ese hombre llamado por Dios, vital en la comunidad y cada día más escaso. Un misterio que nos llama a comprender, a rezar y a actuar.
P. Mauricio Víquez L.