Dado que Juan no narra la institución de la Eucaristía, este relato que hoy nos ocupa es de especial importancia. La referencia a "carne" ( sarx , en griego, con toda su connotación de debilidad) y "sangre" hace referencia a la totalidad de la persona humana y muestra un giro con respecto al Antiguo Testamento.
Y esto porque "comer carne" tenía una connotación muy negativa, lo mismo que afirmar "consumir sangre" (cf Lv 17,14; Is 9,19; Jr 19,9; Ps 27,2). Se entiende así de sobra que la enseñanza de Jesús escandalice ampliamente a un buen número de los que le escuchan.
Conforme avanza la enseñanza, Jesús hace ver el sentido real de sus palabras: se entrega como alimento que fortalece la vida de quienes buscan ser partícipes de la vida plena que procede del Padre y que él mismo comunica.
Decía el viejo Catecismo de la Doctrina Cristiana en su numeral 289: "Recibimos a Jesucristo en la Sagrada Comunión para que sea alimento de nuestras almas, nos aumente la gracia y nos dé la vida eterna".
Las repeticiones de los versículos finales subrayan la realidad de la vida de Cristo que se recibe verdaderamente en la Eucaristía. Poseer a Cristo, de esta manera, es la prenda de la vida eterna en la resurrección y la reflexión del evangelista nos pone ante una referencia a un sacramento escatológico.
En el cierre, Juan hace ver que recibir la eucaristía es establecer una comunión profunda de vida entre Cristo y el cristiano. Y así, la vida única del Padre y el Hijo, compartida con el Espíritu, es compartida por la mujer y el hombre cristianos al tomar y beber este centralísimo sacramento.
Sin dejar de lado que, esto mismo, además les integra más vivamente en el seno del Cuerpo Místico del Señor.
He aquí pues, el efecto de comunión que genera la frecuente recepción por parte del cristiano del cuerpo y la sangre del Señor.
Una comunión vital que le permite al creyente fundamentalmente tres cosas: primero, andar por la vida al estilo de Aquel a quien ha recibido; en segundo lugar, perseverar a pesar de la carga contextual que pesa sobre él en un medio cada día más y más adverso e, incluso, hostil. Y finalmente, hacer el camino en clave eclesial, esto es, en compañía de otros con quienes se comparte el mismo ideal.
Tres elementos claramente decisivos que le permiten al cristiano actual ser luz en medio de oscuridades innegables y hasta hace poco, incluso inenarrables.
P. Mauricio Víquez Lizano