"Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (v.13). Un texto que retrata a quien habla, pues Jesús sellará con su muerte su capacidad de amar. El tope de la entrega está en el extremo y así procedió el Señor: sin medida.
El discípulo está llamado a permanecer en ese amor infinito mostrado por el enviado del Padre.
Un permanecer que es fidelidad, observancia y eficacia.
De esta manera, permanece en él quien camina en su amor, aquel que no falla a pesar de los pesares, quien es capaz de ir sobre las huellas del maestro aún contracorriente.
Permanece quien observa los mandamientos. Quien permanece sabe ser capaz de encarnar el estilo de vida de Jesús sin temor al qué dirán o respeto humano alguno.
Pero aún el texto de Juan de hoy nos permite ir más allá.
El discípulo elegido, gozoso y eficaz, que permanece en el amor y se sabe amigo de quien le llamó, es además una mujer o un hombre que no vive su fe aislado.
Vive su asentimiento diario amando y siendo amado por sus hermanos y sintiéndose impelido a algo más: a la cercanía con respecto a todos, sobre todo, a los necesitados y excluidos por la sociedad.
"Esto os mando: que os améis unos a otros", dijo el Señor. El gran nuevo mandamiento. Jesús lo plantea con fuerza y siempre inseparable del amor debido a Dios e incluso, podríamos decir con Rahner: "El amor categorial al prójimo es el acto primario de amor a Dios".
Esencial, pues, resulta el amor al otro desde Dios y al modo del amor de Jesús para con nosotros.
Y esencial la urgencia de que ese amor nuestro sea operativo de cara al más urgido y que se note a diario. De aquí la fuerza con que siempre se ha de destacar el sentido del compromiso social y político del cristiano en medio de la sociedad, lo mismo que su compromiso en favor de la liberación de toda forma de injusticia, violencia u opresión que pueda golpear la dignidad infinita del ser humano.
P. Mauricio Víquez Lizano.