Empezamos año litúrgico y lo hacemos con el tiempo de adviento.
Un tiempo que lleva un nombre cristianizado en el siglo IV y que inicialmente se usó para denominar la espera ante la visita especial de un dios pagano a un lugar anunciado; o bien, la llegada del emperador, en cuanto dios vivo, tal y como se le veía en Roma.
El esfuerzo por sustituir las fiestas paganas con motivo del solsticio de invierno, el impacto de la definición dogmática de la divinidad de Cristo por el concilio de Efeso (325) y el atractivo que mostraban las fiestas cristianas que ensombrecían a las paganas, son elementos que hicieron que muy pronto se conmemorara la encarnación del Hijo de Dios y que esa fiesta se extendiera rápidamente acompañada de un tiempo de preparación que adquirió su forma actual ya en el siglo VI.
Con antecedentes en las iglesias gala e hispana, ya a fines del siglo VI la iglesia de Roma vivía el adviento, primero de seis semanas y luego de cuatro, aunque los formularios de la misa y la conformación del ciclo data del siglo IX.
Adviento es tiempo de espera, tanto natalicia como escatológica, del Señor.
Un doble sentido que se oscureció un poco durante unos siglos, pero que el concilio Vaticano II recuperó brillantemente, a la par que distribuía este tiempo en dos grandes bloques de significado: el inicial que va del primer domingo de adviento al 16 de diciembre con un sentido más escatológico y centrado en personajes como Isaías y Juan Bautista; el segundo a partir del 17 de diciembre y que apunta más al recuerdo conmemorativo del nacimiento de Jesús en Belén de Santa María y que se extiende hasta el mediodía del 24 de diciembre.
El evangelio de hoy, que parte de la propuesta de la primera etapa del adviento, nos muestra una breve parábola que insiste en el tema de la vigilancia.
Vigilar aquí es la encomienda de una tarea que se debe realizar por medio de una labor ardua que sabe acatar creativamente las instrucciones recibidas.
Aplicando a nuestras vidas esta pequeña parábola, nos damos cuenta de que es, ante todo, un recordatorio: la vida es tarea y camino de encuentro con el Señor que viene. Se trata de animarnos a vivir en actitud expectante y seriamente reñida con toda forma de mediocridad.
Ojalá que este adviento nos permita repetir constantemente "ven, Señor Jesús" y que ello nos lleve a considerar la calidad de nuestra espera activa. El resultado será sin duda el siguiente: disponernos para vivir una auténtica Navidad cristiana junto a los nuestros.