Voy a contarles algo: no es mi costumbre leer críticas de otros antes de ver una película; pero leo todas las que puedo después de ir al cine. El otro día me encontré, en una crítica del mejicano Pablo del Moral, una frase que me hubiera gustado haber escrito primero.
Sobre la película titulada Yo los declaro marido y Larry (2007), Pablo del Moral escribió: “Adam Sandler repite por enésima vez el personaje cruelmente vulgar y repulsivo que le hemos visto interpretar en (otras) películas”. Cierto. Confieso que Adam Sandler me resulta mucho peor que aquellas purgas que me daba mi madre cuando yo era niño, a propósito de cualquier malestar estomacal.
Tengo que hacer una suma de energía extra para aguantarme una película con ese actor en pantalla, pero no creo que eso sea pecado. Igual les digo que debo hacer un acopio de voluntad objetiva cuando escribo sobre una película con Adam Sandler, porque este siempre se encuentra a la deriva con su humor cajonero y purgante: peor que tragar el más espeso aceite de bacalao.
No quiero hablar mal del señor Sandler gratuitamente, pero él se lo gana. Si no, vean la película Yo los declaro marido y Larry, dirigida por un ineficiente Dennis Dugan, sin ninguna originalidad, y entenderán mi insistente aversión hacia este pésimo histrión. Lo acompaña el actor Kevin James, quien ni suma ni resta, ni corta leña ni presta el hacha, ni pincha ni corta: igual pudo ser títere manejado por algún ventrílocuo profesional.
La trama es bien sosa con chistes ocasionales, tan zurcidos como una media vieja en la parte donde se acomoda el dedo gordo del pie.
Se trata de dos amigos, bomberos ambos, quienes deben pasar por pareja homosexual para salvar los beneficios de un seguro de vida para uno de ellos.
En su itinerario, el filme asume un débil discurso sobre la tolerancia hacia las personas diferentes, en este caso hacia los homosexuales. Lo malo es que, parar llegar a su noble discursito, pasa por cualquier tipo de burlas hacia personajes con esa escogencia sexual.
El filme juega de moderno, pero se le sale lo conservador. Los actores quieren ser graciosos y resultan empalagosos. Por dicha está Jessica Biel, quien se toma con más frescura su personaje, el de la abogada que debe garantizar la homosexualidad de los bomberos.
En cuanto al aspecto formal, tiene más creatividad una cámara de esas que ponen en los supermercados, para vigilancia interna, que el rodaje del director Dennis Dugan. No entiendo por qué una película hace chiste de un posible beso entre dos hombres: ¿esto es o no homofobia? Si ustedes quieren ver mal cine, se la recomendamos.