CUANDO EL HAMBRE se lo topa a uno caminando en alguna de las tumultuosas aceras josefinas, las posibilidades de desprenderse de él son muchas y muy variadas, especialmente si consideramos que los restaurantes de comidas rápidas están a docena por metro cuadrado.
A la hora de la comida, el menú en esa área geográfica está regido por las leyes del más rápido y de lo más fácil de hacer, servido en negocios lindos con colores y diseños transnacionalizados.
Hace unos cinco meses, un restaurante se enfiló en el servicio rápido, pero no de comidas fáciles de preparar: se volcó hacia un extenso menú de comida típica costarricense.
El lugar es particular no solo porque, en el centro capitalino, las posibilidades de comerse un casado o un gallo pinto envuelto en una hoja de plátano con tortillas palmeadas recién hechas y café en jarro, son casi nulas; sino también porque el establecimiento está alejadísimo de los diseños arquitectónicos modernos.
Su infraestructura es simple: un local hecho de tablones con piso de tierra, bancas de madera como las de pic-nic, sacos repletos de zanahorias, papas y elotes junto a las mesas, tiras de cebollas colgadas de las esquinas, y música típica.
El restaurante no pasa inadvertido. Por la vía que sube a Los Yoses, al costado sur de la Plaza de la Democracia, en medio de edificaciones, buses, humo, carros, presas, semáforos&...;, en una esquina, allí está Nuestra Tierra.
Su fachada no conoce modernismos. La madera de que está hecha conserva su color original. Desde fuera se ven el piso de tierra y las cargas de leña. Todo da un toque muy tradicional que contrasta con el urbanismo que lo rodea.
Todo muy típico
El restaurante Nuestra Tierra empezó a servir comida a mediados del mes de diciembre. Antes, en esta esquina, lo que había era un bar; ahora es restaurante que diariamente da alimento a unas 200 personas.
El menú es claro y conocido por todo aquel que se precie de ser tico: casados, tamales, pozol, pan de elote, tamal de elote, horchata, gallo pinto, tortillas con queso, picadillos, gallos de arracache y de papa y otros platos comunes en las mesas de los abuelos.
El lugar ha sido un éxito, especialmente al mediodía, cuando abundan trabajadores de las oficinas, con corbata, gel y manga larga; transeúntes casuales y turistas de todas las nacionalidades. No pueden faltar los mochileros que dan un buen vistazo a la cocina del país de turno.
Nosotros aprovechamos la visita para probar una parrillada variada y un pollo a la plancha. Ambos venían en una tablita y una hoja de plátano; los acompañaban frijolitos, plátano maduro, tomate arreglado (chimuchurri) y tortillas palmeadas recién hechas. Daban ganas de comerse a hasta la hoja de plátano de lo bueno que sabía todo.
El único inconveniente es todo lo que acontece fuera mientras uno trata tranquilamente de ingerir los alimentos, pues, entre pitazos de taxis, buses siempre acelerados y exhalaciones de humo, tratamos de que nuestro estómago no se alterase e hiciera su trabajo tranquilo. Pero, bueno, es cuestión de gustos: algunos no tienen problemas con la bulla.
Terminamos nuestro almuerzo con un café chorreado en la mesa y servido en jarro, de esos que ya no se hacen ni en casa.