Un comentario de una amiga cuyo marido estaba con un notable desgano sexual, la hizo percatarse de que ella y su esposo llevaban más de un mes sin hacer el amor. Incluso, durante el último semestre el promedio era de menos de una vez al mes.
No sabía qué le preocupaba más: tanta inactividad o que ella misma no hubiera pensado en el asunto. Después de todo eran una pareja apenas de mediana edad , que todavía un año atrás hacían el amor con mucho mayor frecuencia. Es más, con una pasión que le permitió experimentar dimensiones de su propia sexualidad que nunca vivió en su anterior matrimonio.
Estaba consciente de que era una época difícil para ella. El médico le había dicho que ya estaba en pleno proceso menopaúsico , pero a la vez había sido muy claro en que los estrógenos compensarían muchas molestias y la ayudarían a llevar una vida sexual normal, quizás hasta más tranquila que antes.
Pero la calma había estado ausente de su vida de los últimos meses. El inicio de su pensión coincidió con la enfermedad y posterior muerte de su madre. Además, su hija asumía que ahora ella tenía más tiempo y muy a menudo le pedía cuidar a los nietos , por lo que había pospuesto sus proyectos de pasear más o tomar clases de varias cosas.
En esas condiciones, era obvio que su estado de ánimo estaba bajo y que en varias ocasiones había zafado el bulto cuando su marido le proponía hacer el amor. A él no le había hecho gracia, pero no volvió a insistir, y como ella tampoco lo proponía, en realidad vivían como simples amigos y compañeros de cuarto.
Pero ahí estaba lo más preocupante. En la historia de su amiga el desenlace era que el marido estaba muy tranquilo porque tenía suficiente actividad sexual con otra mujer. ¿Qué tal si ese mismo fuera su caso?
Se alarmó muchísimo. Era increíble que hasta ahora no se hubiera cuestionado cómo se las arreglaba su marido ante el desgano de ella, si siempre había sido un hombre bastante apasionado. ¿Por qué no había vuelto a pedirle " cumplir el deber matrimonial" y actuaba como si esa situación no le preocupara?
De hecho, él no estaba pasando por una menopausia, ni cuidando nietos, ni ajustándose a una vida de pensionado. En realidad parecía estar en un momento óptimo de su vida: los hijos no le daban problemas, la oficina funcionaba mejor que nunca y físicamente estaba bien. Entonces, ¿debería prestarle atención a las coqueterías de ropas y apariencia personal que él tenía últimamente?
¿Cómo no había pensado en todo esto? Por estar tan concentrada en sus cosas había pasado por alto que el amor y el sexo caminan juntos. Que en condiciones normales tan cuestionable es el sexo sin amor, como el amor sin sexo. ¡Y sin contar con lo que se estaba perdiendo ella misma! Continuaremos este tema en dos columnas más.