Cursaba mi tercer año de Psicología cuando me acerqué, sintiéndome un poco inseguro, a la oficina del Dr. Edgar González Campos.
Con voz temblorosa le dije: "Doctor, usted cree que yo pueda practicar en el puesto que dejó mi compañero...". Sin esperarlo, gritó: "M'hija llamando a su secretaria ¿usted cree que podamos nombrar a este muchacho en el puesto que quedó libre?". Así comenzó mi relación con la persona que considero mi maestro, mi mentor; con la persona en la que vi la figura de padre que nunca aprecié en el mio.
Es interesante cómo en la vida hay personas que impactan y cambian nuestras propias vidas. Personas que son diferentes, que sobresalen y que destacan porque se atreven a dejar una huella. Ese es Don Edgar.
Siempre he pensado que con las oportunidades se hacen dos cosas: se toman o se dejan pasar. Yo tomé esa oportunidad. Pero lo hice porque tenía al frente a un profesor sensible, humilde, con la mayor capacidad para ponerse en los zapatos de los demás que yo haya visto, capaz de adivinar las necesidades de sus alumnos. Esa es la persona que me ofreció la oportunidad de dar mis primeros pasos en mi profesión.
De don Edgar aprendí que no basta con ser un profesor; debe ser un profesor que cambie la vida de los estudiantes.
Don Edgar dejó una huella en mi: me enseñó a hablar y escribir de forma sencilla, a usar un lenguaje que los padres comprendan, a no complicarme con términos muy difíciles. Cuando fui profesor universitario, de él copié la manera de enseñar y relacionarse con los alumnos y a mantener el sentido del humor.
Cuando estoy frente a un público para dar una charla o me siento a la computadora a escribir esta columna, no puedo dejar de pensar en él y en sus enseñanzas.
Recuerdo cómo insistía en que leyera todos los días los editoriales del recordado Enrique Benavides, de La Nación , para que aprendiera a redactar. (Don Edgar había sido profesor de Castellano antes de ser psicólogo).
"Tenés que pensar como ellos, sentir como ellos, hacete el cargo que estás ahí sentado y pensá qué es lo que necesitás oir", me decía cuando hablábamos de poder yo dar alguna clase o una charla.
Dedico esta columna a Don Edgar y a todos los profesores que quieren dejar huella en sus estudiantes.