comunicador
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Todos en hemos deseado que en este mundo se pudieran decir las cosas como son, sin tener que estar adornando la verdad ni soltando mentiras blancas sólo por ser educados.
Bueno, al menos yo sí confieso que me da una pereza tremenda eso de estar sonriéndole a alguien que me desagrada o soportando a alguien que me cae mal, pero aún así hay muchas verdades que uno se reserva por educación .
Las cosas serían más simples si decir la verdad fuera una forma de vida, pero, ¿soportaríamos estar en un mundo donde todo lo que se dijera fuera 100 por ciento honesto?
–Sí, te ves muy gorda con ese vestido.
–Sí profe , estaba copiándole a aquél porque me pegué un fiestón y no estudié nada.
–Sí oficial , me dio cólera que ese tuviera un carro mejor y por eso aceleré y lo dejé botado.
–No te quiero prestar el disco porque no quiero que también lo tengás, ¿ya?
Extrañamente, en estos casos sonaríamos desde groseros hasta descarados y egoístas, aunque estuviéramos diciendo la verdad.
Y aún más incomodo sería tener que soportar las verdades que nos dejen mal parados:
–Te voy a quebrar porque te engordaste.
–Hoy no quiero andar con vos porque andas ropa ridícula y se pueden burlar de mí también.
¿Y si tampoco se pudiera “adornar la verdad” para que sonara mejor? ¡La publicidad se vería en serios problemas!
Si no me creés, pensá en los anuncios para papel higiénico : cuando dicen “más acolchado, absorbente y resistente” realmente significa: “no lo va a chimar, lo va a secar mejor y no se le va a romper cuando se esté limpiando”.
Ninguna de esas frases suena bien en un anuncio a la hora de almuerzo.
Tal vez hemos juzgado mal a nuestras amigas la mentiras y no todas sean malas después de todo. Tal vez sí existen las mentiras buenas, aquellas que nos hacen más humanos para tomar en cuenta los sentimientos de los demás. Si bien no somos hipócritas para fingir que alguien nos cae bien, por lo menos podemos tener la cortesía de no soltarle toda la verdad.