Pensando en la proliferación de mascotas electrónicas, he esbozado algunas reflexiones.
Es sabido que muchas de estas "mascotas" fueron desarrolladas en Japón, país con verdaderas limitaciones de espacio físico, que impiden a la mayoría de las familias disfrutar de una mascota de verdad. Sin embargo, su acogida en medios como el nuestro, pareciera no tener fundamento, pues aunque con tendencia a irse limitando, aún disfrutamos de espacio suficiente como para convivir con nuestra mascota preferida (perros y gatos usualmente).
Escoger la opción de una mascota que se consigue apagar cuando se quiera, o que se puede cuidar a medias o hasta descuidar del todo, con la única consecuencia de que "muera" y se le deba tan sólo hacer un "reset" para "resucitarla", puede tener su asidero en algo que es común a la forma como muchas personas buscan llevar su trabajo. Algunos quieren disfrutar de los beneficios sin asumir las responsabilidades. Tener una mascota puede dar muchas satisfacciones, pero implica una serie de tareas para su
cuidado: bañarlos, alimentarlos, vacunarlos, etcétera, que no todo el mundo está dispuesto a asumir.
De igual forma, en el trabajo generalmente se tienen o se pueden obtener muchas satisfacciones, especialmente si trabajamos en lo que nos gusta, pero por supuesto hay obligaciones menos agradables, momentos difíciles y a veces, también disgustos.
Se ha vuelto más común de lo deseable escuchar a aspirantes a un puesto preguntar primero por los beneficios que recibirán, que por las tareas o responsabilidades que tendrían que asumir. No debemos permitirnos cumplir a desgano las obligaciones y pretender sólo disfrutar las satisfacciones.
Por alguna razón, hay una marcada propensión a sobreestimar los aspectos espinosos o duros del trabajo, discutirlos repetidamente, encontrarle todos los recovecos posibles para convertirlos en motivo de queja constante, día a día, hasta que hacen desaparecer en el horizonte, las cosas positivas. Cuando una persona se sumerge en estas aguas turbias, se vuelve ciego ante los beneficios o las satisfacciones que disfruta y que en el fondo no quiere o no le conviene apreciar.
No hay nada que nos conceda verdadero gozo, que no implique también esfuerzo, trabajo y a veces sacrificios de nuestra parte. Pretenderlo de otra manera acabaría con la magia que envuelve el sentir alegría.