Cientos de bultos cubren sus caras como si fueran barbas, dijo Daphne Soares, quien recientemente terminó su tesis doctoral en la Universidad de Maryland. La evidencia fósil señala que esa capacidad sensorial apareció hace 200 millones de años en sus ancestros.
Los caimanes a medio sumergir dependen de ese conjunto de sensores para localizar salpicones, ya sean causados por un recién nacido que cae al agua o algún animal que se detiene a beber, dijo Soares. En los cocodrilos, los bultos cubren una proporción más amplia de sus cuerpos.
"Estas son criaturas blindadas, pero han desarrollado esta forma elegante de sentir su ambiente", dijo Soares, cuyo estudio aparece en la edición de esta semana de la revista Nature.
Conducta conocida
Louis Guillette, un profesor de zoología de la Universidad de la Florida, dijo que el estudio explica conductas señaladas de manera anecdótica. Cada vez que su bote salpica a un cocodrilo, dijo Guillette, el reptil invariablemente lo encara.
Hemos visto este tipo de conducta durante años. Es agradable relacionarla con una estructura existente, dijo.
Soares primero notó la formación de bultos cuando se sentó sobre un caimán macho de 2,4 metros de largo, convenientemente amordazado, en la parte posterior de una camioneta. Soares estudiaba en ese entonces las similitudes en materia auditiva entre cocodrilos y aves.
Estudios anteriores identificaron a los bultos solamente como órganos sensoriales, sin dar detalles.