Jerusalén. Jerusalén se erige sobre 28 colinas en medio de un paisaje desolador. Todo es ocre; la tierra, los edificios construidos en su gran mayoría con esa piedra caliza parduz ca llamada precisamente "piedra de Jerusalén", a veces el cielo e, incluso parece, los árboles. Pardas son también las piedras que lanzan los palestinos en su Intifada.
¿Cómo ha podido este lugar tan árido, inhóspito y apartado no tiene salida al mar, nunca fue punto de tránsito comercial convertirse en el centro de las disputas que enfrentan a varios pueblos? ¿Cómo puede concentrar tanto simbolismo, tantas esperanzas y tantos odios a la vez?
El problema es que lo que debería hacer de esta ciudad su mayor bendición se ha convertido, paradójicamente, en su peor maldición. Jerusalén es una ciudad santa, tres veces santa, santa para tres religiones monoteístas que parecen no concebir, no aceptar que el espacio puede ser compartido por todas ellas, que lo uno no quita lo otro ni lo hace menos sagrado.
Hay una enfermedad que ha recibido el nombre de esta ciudad, el "síndrome de Jerusalén" porque muchos que la han visitado han creído sentir algo, una influencia divina que les ha hecho creerse nuevos reyes David, o santos, o mártires, o enviados del Cielo. Algunos incluso han perpetrado atentados en nombre de uno de los tres dioses que se atribuyen esta ciudad como su capital sagrada.
El conflicto
La discordia religiosa se concentra en apenas kilómetro y medio cuadrado, en la Ciudad Antigua. Rodeada por una gruesa muralla, en este pequeño espacio de piedra se aglutinan tres de los lugares más sagrados del mundo: el Santo Sepulcro de los cristianos, el Muro de los Lamentos judío y la Explanada de las Mezquitas.
Si bien la basílica del Santo Sepulcro tiene sus propios quebraderos de cabeza, ya que seis ramas del cristianismo se ven obligadas a compartirlo los latinos (católicos romanos), los ortodoxos griegos, armenios y sirios (jacobitas), así como los etíopes y los coptos, el verdadero problema está tan solo unos cientos de metros más lejos, en la zona llamada Monte del Templo por los judíos y al-Haram al Sharif por los musulmanes.
Dicho recinto se encuentra no podía ser de otra manera en este reino de paradojas entre dos de los cuatro barrios en los que se divide la Ciudad Antigua, el árabe y el judío, cuyos límites no declarados unos y otros se cuidan mucho de no cruzar.
Espacio para el lamento
Al pie, al borde de una explanada de piedra, se alza el HaKotel HaMaaravi, es decir, el Muro Occidental o de los Lamentos, el único vestigio del Segundo Templo judío, destruido por Tito en el año 70 d. C. Solo están visibles unos 60 metros, pero hay muchos más bajo tierra, justo por debajo de lo que hoy en día es el barrio árabe.
Cientos de judíos de todo tipo, desde los ultraortodoxos con sus severos trajes negros del siglo pasado y sus tirabuzones y barbas hasta aquellos a los que sólo la kippa sobre la cabeza revela su religión, y muchos más que no se distinguen por ningún signo externo como judíos, acuden allí a orar, a apoyarse contra el muro para lamentarse por la destrucción de su templo, dándole así al lugar el nombre por el que es más conocido.
Desde ahí abajo, solo hay que alzar la mirada para toparse con un espectáculo totalmente distinto, un mundo de chilabas y coloridos pañuelos cubriendo las cabezas que pueblan el Monte Moriah, donde se alza al Haram al Sharif (Santuario Noble).
Este espacio, que ocupa casi una quinta parte de la Ciudad Antigua, alberga las impresionantes mezquitas de Al Aqsa y Cúpula de la Roca, cuyo dorado techo se erige triunfante sobre todo Jerusalén, señalando sin dejar lugar a dudas uno de los puntos más conflictivos de la ciudad y de las religiones judía y musulmana, que se disputan el derecho a orar allí.
Todo esto la convierte en el tercer lugar más sagrado para los musulmanes el primero en Palestina y también en punto de devoción judía, una mezcla explosiva que se ha cobrado ya incontables víctimas.