
Los toros se ven mejor desde la barrera. Los cocodrilos también. Mejor verlos desde la butaca del cine. Sobre todo, si se trata de un cocodrilo gigante, reproducido –por eso– en un “animatronic” (máquina vestida de animal). No solo eso: es un asesino en serio. Vive en África.
Por algún concepto racista, los africanos no pueden con el cocodrilo asesino y deben ir cazadores y reporteros desde los Estados Unidos. En tanto, los negros se matan entre sí por razones políticas que el guion nunca esclarece. Hablamos de la película Primitivo (2007), dirigida por Michael Katleman.
Esas son lindezas que Hollywood se permite para concentrarse en lo que le interesa, en montar una cinta de acción, de estilo catastrófico a partir de un animalejo tan grande como cruel, quien ni siquiera chorrea lágrimas de cocodrilo mientras se desayuna, se almuerza y se come a sus víctimas (son más de 300).
Lo cierto es que la película Primitivo (en 94 minutos) mantiene tensión aceptable para un filme de corte absolutamente comercial, que no pretende ir más allá de ser un acto boletero. Lo que queremos decir es que esta cinta no se toma en serio ni a sí misma y, por esa razón, funciona ante cierto público.
El horroroso cocodrilo de este filme se llama Gustave. Es el terror en Burundi.
Mientras come gente, asusta a los espectadores del filme como lo han hecho arañas gigantes, pirañas a montones, hormigas empandilladas, ratas descorteses, enormes conejos orejudos, culebras en aviones, anacondas apretujadoras, cucarachas miméticas y más especies zoológicas.
Lo cierto es que el cocodrilo llegado ahora, de la orden de los emidosaurios, tiene escamas más duras que las de un gobernante politiquero, con hocico grandote pero no chismoso, con dentadura sugerente para un comercial de pasta dental. Ese cocodrilo se convierte en estrella de la película: es mejor que no aparezca, pero… ¿qué sería del filme si no aparece?
Lástima que la trama se bifurque con el asunto político en África; no lo hace bien, y uno siente que está ante dos películas, donde la mejorcita es la del cocodrilo. En el guion funciona mejor la denuncia sobre el ejercicio actual del periodismo, donde solo importa el índice de audiencia ( rating ) sobre cualquier concepto ético en la información.
Por lo demás, el argumento solo se sobresalta con los violentos ataques cocodrileros y hay algún suspenso en las secuencias cuando los humanos esperan la embestida del animal a todo diente y cola comprimida. La banda sonora se afina con los ruidos crueles de los huesos y carnes partiéndose entre los colmillos del reptil.
Las actuaciones no son buenas ni malas, reptan también. Los efectos especiales son de moderada calidad; el entretenimiento de esta película es pasatiempo dentellado, pero con caries.