
En el primer curso que llevé para formarme como entrenador, me indignó una recomendación "salvadora" del profesor, supuestamente, para justificar derrotas. Según él, sería la argumentación más creíble porque siempre encontrará eco en una afición defraudada; sería el discurso más apropiado porque fortalecería la autoridad moral del entrenador; y sería, de paso, el mejor aliciente psicológico para mantener la competencia por la titularidad entre jugadores de la plantilla.
Esa fórmula que él decía ser mágica es la del "chivo expiatorio". Es decir: después de una derrota, presentar uno, dos, o tres que "no cumplieron".
Mi indignación, más que por sentimiento corporativo de exjugador que soy, se origina en lo inmoral que me parece la búsqueda de culpables cada vez que un equipo pierde. ¡Como si se perdiera adrede! Me suena a fanatismo y me irrita por la liviandad del juicio y sobre sus consecuencias. Errores en un partido de futbol los hay y los habrá siempre, pues así es el juego.
Pero el entrenador tiene la obligación de diferenciar cuando un error es inducido, o esa, causado por mérito del adversario. Y, de todos modos, quién será el que "no cumple": ¿el que yerra sin querer y sin intención, o el líder que se lava las manos, entrengando cabezas?
Al profesor aquel lo perdono y me tranquiliza el conocimiento histórico que tengo de la invención de la estrategia del "chivo expiatorio", porque esa perversión felizmente no viene de gente de futbol. El --profesor-- solo actuaba por instinto de conservación.
Aarón, hermano de un Moisés bíblico a quien admiro, fue el infeliz creador de esa cínica metodología, hace más de 3.000 años. No fue tampoco un indefenso cabrito el primer injusticiado de la Historia, mas el sacerdote Aarón pasa por ser el desalmado descarado que institucionalizó la cobranza de pecados de humanoides a un dócil cuadrúpedo. Desde entonces el cinismo de tan infortunada idea proyectó muchos Poncios Pilatos y desvirtuó muchos veredictos.
No quiero ofender a nadie --y menos al jugador, a quien como entrenador me es sagrado más bien el compromiso de defenderlo--. Al fin y al cabo, ¿quién mejor sabe de los propósitos de un jugador, sino su propio director técnico? Alinearlo en el equipo y echarle, después, la responsabilidad de un fracaso lleva la abyecta lavación de manos más allá de los límites de la decencia
profesional; eso raya en la estulticia malintencionada. Como se justificaba el profesor de quien aquí hablo, la problemática, para él, reside en el deseo técnico de mantener el cargo, reconfortado por la sensación engañosa de que "castigar errores" (otra irrealidad cruel) es excusa para buscar "chivos expiatorios".
Delante de tanta alevosía, mucho más sano que el desdichado mensaje de ese mi primer curso, me ha parecido un aviso de Nietszche: "no confíes en quien esté dominado por el afán de castigar".
Es cierto y triste de constatar que hasta la fecha no se ha descubierto un buen sustituto para el castigo, siempre y cuando de ordenamiento social se trate. Pero también en ese tema la responsabilidad nunca es solo personal, ella es igualmente colectiva.
Por eso, en el futbol, la inmolación de jugadores para la expiación de errores, bajo el nombre de castigo, tiene la misma malvada inspiración que llevó al hipócrita de Aarón a matar cabritos inocentes. Lo que no es, jamás, un incentivo al juego limpio, pundonor, honra a la camiseta, etcétera, que se les exige a los futbolistas.