
Mi primer acercamiento a Chile data de la época de estudiante, cuando veía a los amigos partir a esa tierra lejana con el propósito de realizar su carrera universitaria.Vino luego el contacto con la cultura chilena, que nos transmitían los profesores universitarios formados académicamente en los prestigiosos centros de enseñanza de ese país. Fue naciendo así una admiración por la tierra desconocida, que a tantos atraía y era cuna de figuras señeras en las letras de América, como Pablo Neruda y Gabriela Mistral. Era un acercamiento racional, intelectual; el país estaba configurado en mi imaginación y en mi intelecto.
Pero cuando, muchos años después, tuve la oportunidad de viajar por primera vez a Chile, de palpar la hospitalidad y calidez de su gente, de percibir su cultura en cada detalle de su forma de vida, la tierra de Neruda comenzó a ocupar un sitio en mi corazón. Porque en Chile son innumerables los factores que se conjugan para convertir este país en un sitio al que siempre queremos volver. No cabe duda de que un país lo hace su gente, y en este sentido no hay quien le gane a los chilenos en amabilidad y calidez para tratar al forastero. Desde su cadenciosa y acariciante entonación en el habla, hasta ese insólito sentido de la hospitalidad, que los hace recibir como familiares, a desconocidos que viajan con quienes son sus amigos.
Un año después de mi primera visita, alentada por el encanto de esa tierra, volví de nuevo. Esta vez, fueron dos los centros de interés en el viaje: la navegación a la laguna de San Rafael y la visita a dos de las más representativas casas de Neruda.
Un crucero de ensueño es el que una familia griega, asentada en la isla de Chiloé, logra ofrecer al visitante. En el navío Skorpios, pro enmarañados canales y golfos, anclando en pintorescas aldeas de pescadores, en las que son los niños quienes guían al turista, se navega por entre témpanos, que semejan cuarzo y lapizlázuli, hasta uno de los más imponentes espectáculos que el hombre pueda apreciar: un inmenso fantasma blanco que desciende de la montaña y se convierte en el glaciar de San Rafael. Su vista marca un momento inolvidable en la vida de quien ahí llega. No sabe el hombre si reír, cantar, llorar o rezar. La sola opción es rendirse y entonar un himno a la grandeza de la Creación.
El otro momento memorable del viaje fue la visita a dos casas de Neruda: La Chascona, en Santiago y su refugio en Isla Negra.
En La Chascona se halla instalada la "Fundación Neruda" y se ha recopilado gran parte de la biblioteca del poeta. Todo el ambiente es vivo testimonio del rincón de amor que forjó con Matilde Urrutia, así como de su afición por las reuniones con amigos, en las que compartía amistad, vino y poesía. Disfrutaba en estas ocasiones disfrazándose con estrafalarias vestimentas.
Pero el lugar en que se respira toda la intensidad de vida del poeta, el gusto y amor por las cosas, el que retrata más fielmente su apasionada vitalidad es su refugio en un rincón abrupto del océano Pacífico, al que él mismo denominó Isla Negra.
Ha quedado atrás el adolescente melancólico que, nostálgicamente, entre sombras y tonos de gris, evoca amores frustrados y los canta en sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada. El tímido adolescente, envuelto en una capa negra y recluido en su soledad, que recién llega a la capital procedente del frío y lluvioso Sur, ha dado paso a este nuevo hombre que ya no desprecia la alegría. Ahora dirá: "Te desprecié alegría, fui mal aconsejado". Superó también la etapa de su desolación al contemplar un mundo en proceso de acabamiento, devorado, por el tiempo y consumiéndose en su propio existir, que lo hace referirse en "No hay olvido", al "río que durando se destruye". Su angustia cósmica de entonces, le hace exclamar: "Resulta que me canso de ser hombre".
En Isla Negra, intuimos al Neruda gozador de la vida, amante de los objetos bellos, que colecciona con júbilo. Botellas de variado colorido; las de tonalidades azules, mirando al mar y las de tonos ámbar y café, colocadas al lado de la tierra. Mascarones de proa, que bautiza con nombres de mujer: la Micaela, la María Celeste, la Medusa; colecciones de minúsculos navíos, de caracoles, de tazas, de sombreros. Porque él ama todas las cosas. Así lo manifiesta en su "Oda a las cosas"
"Me gustan las tenazas, las tijeras, adoro las tazas, las argollas, las soperas, sin hablar, por supuesto del sombrero."
Una de sus mayores pasiones fue el mar. Navegante frustrado, planta un barco frente a la casa y ahí se sienta, contemplando el océano, a celebrar con sus amigos. En su dormitorio, ubica el lecho de tal manera que siempre tenga a su vista el mar. En "Los versos del capitán" le oímos decir:
"He dormido contigo y al despertar tu boca salida de tu sueño me dio el sabor de tierra, de agua marina, de algas, del fondo de tu vida y recibí tu beso mojado por la aurora como si me llegara del mar que nos rodea".
Extasiada de mar, de belleza y de poesía, sentí al abandonar aquel sitio, que solo entonces había leído completas las obras de Neruda.
Y es por Neruda, por su tierra y por su gente, que llevo a Chile en el corazón.