El reposo es movimiento. Así es, el reposo es solo una forma de movimiento, necesaria muchas veces. Esto es lo que no entienden Andrés Montero, director, ni Eloy Mora, actor, con la puesta en escena del trabajo unipersonal cuya dramaturgia se le adjudica a Eduardo Zúñiga.
Se trata de un texto con mucha picardía donde Eloy Mora se empapa de sudor por el excesivo movimiento que se le ha impuesto a la estructuración escénica del monólogo. La obra se titula Chico Loco , y de verdad el actor brinca, corre, se mueve, gira, cae y se levanta, en constante acción, como en un thriller cinematográfico. Es incansable la febrilidad que se le mete al personaje.
Sin embargo, ya lo sabemos, el exceso no es prudente: tanto ir y venir con parlamentos dichos a velocidad de metralleta resulta no solo distractor, sino que lo agota a uno, ahí sentado como espectador. Es como tener un aula con solo niños hiperactivos, por lo que resultan necesarios algunos paréntesis de sosiego.
Chico Loco , la obra, es la historia de un personaje nacido con alguna discapacidad y con algún retraso cognoscitivo, sin análisis sobre dichas disfuncionalidades. Más bien, a partir de un discutible concepto de “anormalidad” se construye una comedia, a ratos humorosa, a ratos tierna (es cierto), pero resbaladiza con el concepto mentado. Por eso, el texto y la puesta en escena (según es mostrado el personaje) siempre están al filo de la navaja.
Lo que queda son los vericuetos de distintas historias que le suceden a Chico, desde que es ayudante en un acto circense, y quien repasa su vida ante un público con el cual participa (nosotros). El actor Eloy Mora es inagotable con dicho personaje e, incluso, se desdobla en otros, por lo que él establece diálogos muy bien marcados desde sus diferentes interlocutores.
No hay duda de que Eloy Mora es muy buen actor, demostrado en este acto incansable de “chicolocadas”, con energía sin pausa, con convicción en lo que hace y representa y con pocos elementos escenográficos o de utilería a su favor. Hay situaciones más humorosas que otras en esta comedia ternurista, como ver a Chico convertido en policía encubierto.
Hay calidez, como en la visita de Chico a la prostituta del barrio; hay sátira sobre los medios de comunicación cuando lo vemos como corresponsal de prensa o de locutor deportivo; hay escepticismo cuando decide ser astronauta; hay romance poético cuando se enamora de la loca del internado y se escapan juntos; hay misticismo en los bailes para la lluvia con Chico abandonado en un grupo de indígenas.
Hay nobleza con Chico como bombero; hay ingenuidad cuando Chico señala como otro a su padre biológico; hay alegría cuando participa con los gigantes y cabezudos. En fin, no existe una fábula, solo hay relatos que establecen un historial. Lo vemos con la ardua capacidad de Eloy Mora y con el buen trabajo en cabina de la actriz Ruth Picado, en el control de luces, sonidos, música… de todo. El público aplaude con gusto.