A un mes de la tragedia provocada por el huracán César, los habitantes de 126 comunidades en el sur del país intentan rescatar sus vidas de las ruinas que quedaron al bajar las aguas.
Los que tuvieron suerte, salvaron apenas lo necesario para subsistir. Los más afectados, "estamos con las manos en la cabeza, sin nada", tal y como nos confió Víctor Julio Cordero, un jornalero de El Brujo de Savegre, localidad que aún permanece aislada.
En total, hubo 571.367 afectados por los fuertes aguaceros que César provocó desde la noche del viernes 26 de julio hasta la madrugada del domingo 28. (Véase recuadro adjunto.)

Conforme avanzamos por trochas, montañas y pueblos, fuimos testigos de las secuelas del huracán y de la actitud solidaria y luchadora de los habitantes del sur.
Ibamos separados en dos equipos. Lo formábamos los periodistas Mauricio Herrera y Angela Avalos y los fotógrafos Albert Marín y Mario Rojas. Durante tres días bordeamos la zona desde Los Santos y Buenos Aires hasta pasar por Nara, San Isidro de Dota y Río Blanco, Parrita, Quepos, Ciudad Cortés, Palmar Norte y Sur.
Enfrentados con los daños en caminos vecinales, la caída de 170 puentes y la destrucción total de más de mil viviendas, hombres, mujeres y niños luchan hasta sobrepasar los límites del heroísmo.
Ellos no pueden olvidar a los 40 muertos que cobró César. Ellos no pueden calcular los daños que sufrieron, valorados por el Gobierno en casi ¢40.000 millones. Solo saben que tendrá que pasar mucho tiempo para sobreponerse al dolor; para recuperar lo poco que tenían y volver a la normalidad.
Agricultores y jornaleros en su mayoría, nos confiaron su temor por lo que pueda suceder si no sacan a tiempo las cosechas de café, hortalizas y frutas. "Si no hay por dónde sacar el café, tendré que dejar que se pierda", comentó Porfirio Camacho, de Pueblo Nuevo de Rivas mientras acariciaba una hoja de sus cafetos.
Pero el temor no los paraliza. Internados en la montaña, "rajando madera pa'levantar los puentes", como nos dijo Claudio Cordero Mora, también de Pueblo Nuevo; o "usando la pala p'abrir caminos en lugar de limpiar la milpa", como afirmó Jorge Fonseca, lechero de Zapotal de Providencia, los vecinos se arremangaron sus camisas para levantar lo que el río y las lluvias redujeron a escombros en cuestión de minutos.
La vida en un barranco
Del otro lado de la fila montañosa que separa la costa pacífica del Valle de El General, un derrumbe en el cerro Nara partió a la mitad la milpa de don Joaquín Sánchez, de 56 años, y dejó un barranco sin fondo en el sitio donde él debería estar recogiendo maíz para pagar el alquiler de la tierra y redondearse un jornal que ahora es tan inalcanzable como su cosecha en el precipicio.
"Me quedé sin ninguna ayuda para seguir adelante. Me siento como quien dice triste. Torcidamente no tengo básicamente nada, solo mi familia", ocho hombres y tres mujeres que han vivido en una casita de madera donde el viento se escurre por las endijas.
Luego de tres horas de camino en la montaña, al iniciar el recorrido, don Joaquín nos recibió en el corredor de su casa. Los colmillos de tres serpientes no le causaron tanto daño como el aislamiento y la ruina heredados por el huracán César.
"En adelante pues qué puedo hacer, ver de a'ónde Dios me depara para mantenerme, es lo único que me toca."
Don Joaquín y su familia han subsistido durante el último mes con el dinero que les dio la venta de un ternerito --reservado para ocasiones más felices-- y los alimentos caídos del cielo: desde los helicópteros que han abastecido a las poblaciones incomunicadas.
Relatos de barro
A dos horas de Santa María de Dota, una trocha de 22 kilómetros intransitables nos abrió paso hasta Zapotal de Providencia, donde está el hogar temporal de Arnoldo Céspedes, de 43 años, y Margarita Bonilla, de 40. Ellos, a diferencia de don Joaquín, decidieron abandonar junto a sus ocho hijos la que fuera su casa por 21 años.
"La vida mía era de sembrar para ir pasándola, pero desde que pasó el temporal no he podido normalizarme. En parte, le agradezco a Dios que no les haya pasado nada a mis chiquitos, pero me siento adolorido. Uno la ha pulseado mucho, aunque fuera con pobreza", nos dijo, recostado en el portal, donde un rótulo reza: Los ojos del Señor velan sobre este hogar.
Al fondo quedó el barranco y, en el portillo de la vivienda, las tierras rojas de un terraplén que les perdonó la vida la madrugada del domingo.
Tocados por un barniz mágico, donde la desesperación de los primeros días cedió a la solidaridad y al trabajo, lugareños como Arnoldo se esfuerzan por volver a la normalidad.
Tanto es así que en Ciudad Cortés, por ejemplo, todavía la población está limpiando el barro. Lo más dramático es el hospital destruido, que deberá ser levantado en otro sitio, llamado Macho Monte, a 3 kilómetros del centro de Ciudad Cortés.
Allí, también, presenciamos una fila de 200 personas que, diariamente, se instalan en las afueras de la Cruz Roja para recibir comestibles.
Varios kilómetros antes, en Parrita, cuentan los vecinos que el lodo llegó hasta un metro de altura; tardaron una semana en quitarlo.
Y en Rivas de Pérez Zeledón, ¡ni qué decir! Solo quienes lo conocieron antes de César pueden tener idea de la magnitud de la emergencia que vivieron sus pobladores.
Allí, las labores de reconstrucción no han avanzado como el pueblo quisiera. Marvin Fallas, director de la escuela de Rivas, nos comentó que han levantado puentes gracias al esfuerzo de los lugareños. "El Gobierno no nos ha dado ni un cable. Ya no podemos hacer más."
La ayuda llega
Aunque el Gobierno ha destinado en esta primera etapa cerca de ¢14.000 millones, todavía quedan múltiples necesidades por cubrir.
La ayuda ha fluido de la Unión Europea, la Cruz Roja Internacional y países hermanos como México y Honduras.
A pesar de que esto no lo saben Luz Céspedes y Gerardo Mora, padres de seis hijos en Providencia de Dota; Gamariel Cruz, en Santa Rosa de Pérez Zeledón; y Omar Villalobos y sus ocho hijos, en Savegre; están agradecidos con la comida, la ropa y las herramientas que les han caído del cielo.
La reactivación de la economía de la zona sur, amenazada por los problemas de infraestructura, ocupa el lugar número uno dentro de las prioridades del Gobierno. Le siguen la habilitación de los sistemas de salud dañados en comunidades como Parrita y Ciudad Cortés, y la reconstrucción de las escuelas.
"No nos queda más que tener fe. Nosotros pondremos nuestro trabajo y que el Gobierno nos ayude con el resto", sentenció con fuerza, Víctor Julio Cordero.
Perfil de la tragedia
Cerca de ¢40.000 millones en pérdidas provocó, indirectamente, César. El siguiente es un recuento de los principales daños y de las acciones inmediatas para reactivar la zona sur:
Daños:
- 571.367 habitantes afectados.
- 157 puntos de carretera.
- 170 puentes destruidos o dañados.
- 2 acueductos.
- 1.417 viviendas dañadas.
- ¢17.400 millones en pérdidas de arroz, en Osa.
- 4.969 hectáreas perdidas en Pérez Zeledón, Buenos Aires y Osa.
- Se estima que se perderán 3.000 fanegas de café y 54.600 kilos de hortalizas en Pérez Zeledón.
- Se contemplan ¢2.000 millones en el Presupuesto Extraordinario para la reconstrucción de la zona.
- Compra de seis puentes Bailey mediante la donación de $1 millón de México.
- El sector vivienda ya aportó ¢1.983 millones.
- Se piensan destinar más de ¢15.000 millones en caminos.
- Solo quedan aisladas El Brujo y El Aguila.
- Habilitación de una trocha en el kilómetro 120 de la interamericana Sur (Tajo Payner).
- Para reconstrucción de escuelas, ya se destinaron ¢500 millones aportados por el MEP y la Oficina de la Primera Dama.
- En salud, se han destinado para comenzar ¢1.407 millones.
- El 12 de setiembre llegarán 12 puentes Bailey.