Hay un gitano que es bueno para el boxeo. Hay apuestas ilegales en el medio pugilístico. Hay un perro que es todo un personaje cuando se atraganta con cualquier cosa (diamantes incluidos). Por supuesto, hay un robo de diamantes. Hay unos cerdos que comen cadáveres. En medio, hay unos pandilleros violentos que hacen reír con sus fechorías.
Esos son los ingredientes de una película gangsteril llevada con el pulso de la comedia y que -ahora- nos llega dirigida por el inglés Guy Ritchie (el filme es una coproducción angloestadounidense). Se titula Snatch: Cerdos y diamantes.
Se trata de una cinta que cree que todo es divertido, siempre divertido, y por aquí subraya todas sus secuencias, al punto que -en ocasiones- produce lo contrario (por querer ser graciosa a toda costa).
Eso sí, al director Guy Ritchie hay que reconocerle su creatividad visual y su empeño con el montaje: explora constantemente con expresiones del lenguaje cinematográfico en búsqueda de originalidad. Esto le viene de su formación como realizador de anuncios comerciales y de distintos videos musicales.
Snatch es una palabreja más bien intraducible; por eso le agregaron lo de los cerdos y los diamantes, porque estos últimos son el eje del relato y los puercos son una referencia ineludible en los ajetreos pandilleros de sujetos con apodos a puro estilo descriptivo: Cuatrodedos, Cabeza, Cuchilla, Turco, Tío Bueno, Gitano Un Golpe, Diente de Bala, entre otros.
Para cada pandillero hay un buen actor (lo mejor del filme), ahí están, entre tantos: Benicio del Toro, Dennis Farina, Vinnie Jones, Rade Serbedzija y Brad Pitt (quien sabe ser buen histrión además de guapo natural).
Snatch: Cerdos y diamantes camina con ritmo arrollador, cámaras lentas, pantallas divididas, retrospecciones, voz en off del narrador, excesos visuales, diálogos fuertes, coherencia narrativa y con un discutible juego de comedia y violencia (¿es bueno tomarse la violencia tan en vacilón?). Que es cine diferente, lo es.