Sobrevivió a una matanza de 200 personas durante la sangrienta toma del pueblo de Mitú, en noviembre de 1998, pero el subintendente de la Policía, Jhon Frank Pinchao, no logró escapar de un flagelo que –tal como lo pensaría muchas veces en los años siguientes– era peor que la muerte: el secuestro por parte de las FARC.
Dos años después, gracias a un documental del periodista Jorge Enrique Botero, el país entero comprobó que Pinchao y sus compañeros estaban vivos, pero las condiciones de su cautiverio causaron conmoción e impotencia: las imágenes los mostraban viviendo en auténticos campos de concentración –al típico estilo nazi– , compartiendo jaulas y atados del cuello unos a otros con cordones que les ponían los guerrilleros.
Aquello removió el dolor en las entrañas no solo de los parientes de estos policías, sino de centenares de familias que comparten en Colombia la tragedia de tener en cautiverio a un ser querido o amigo cercano.
Pasaron siete años hasta que Jhon Frank Pinchao logró , el pasado 28 de abril, lo que casi nadie: culminar una fuga con éxito, la que había planeado durante año y medio.
Tras caminar 18 días en la selva, en condiciones impensables, Jhon Frank sobrevivió para contar su historia... y también para ofrecer la primera prueba, en cuatro años, de que Ingrid Betancourt, la secuestrada más conocida del mundo, sigue viva...
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Colombia es una nación secuestrada. Las dos principales guerrillas izquierdistas (FARC y ELN) y los paramilitares que las combaten (AUC) han convertido las zonas rurales en un territorio sin ley que escapa a las fuerzas de seguridad del Estado.
Las densas selvas del vasto territorio colombiano, de más de un millón de kilómetros cuadrados, se han convertido en la guarida de unos y otros grupos que, en pos de conquistar más enclaves, incurren en matanzas indiscriminadas y, de paso, en todo tipo de violaciones a los derechos humanos.
Pero, paralelamente a la conquista de territorios, está el “botín” que constituyen las personas que han sido secuestradas por los diversos grupos de poder en un fenómeno que ha arreciado en los últimos 15 años, y que no tiene parangón en el mundo. Se calcula, que unos 5.000 prisioneros, entre civiles, policías y extranjeros están secuestrados.
Basta ingresar al sitio web lasvocesdelsecuestro.com –organización que vela por los derechos de quienes permanecen en cautiverio– para sumirse en el estupor: hay un lúgubre listado que saca a estas personas del anonimato y cita no solo sus nombres, sino su edad, ocupación, lugar y fecha del plagio, tiempo de cautiverio y cuál es el ente ejecutor del secuestro, aunque a menudo aparece la leyenda “No se sabe qué grupo lo tiene en su poder”.
Pero una de estas 5.000 almas no es, ni ha sido, anónima en absoluto. No lo era antes de su secuestro, cuando figuraba como candidata presidencial de Colombia, y no lo fue, mucho menos, después del 23 de febrero del 2002, cuando fue capturada por las FARC en un hecho que, a la postre, la convertiría en la persona secuestrada más célebre del planeta. Y es que Ingrid Betancourt parece haber nacido predestinada para ser una figura insólita.
En Colombia, pudo pensarse que fue simplemente un plagio más. Pero no. Su imagen tenía connotaciones que trascendían su condición de exsenadora o la candidatura a la presidencia que ostentaba el día de su rapto.
En el último lustro antes de su secuestro, esta mujer –hoy de 45 años– se había convertido en un figurón que desafió –y rompió– muchos estereotipos en su país, y también había cautivado a una buena parte de Europa.
Polémica de pies a cabeza, era percibida en Colombia como una figura aguerrida y comprometida, capaz de usar estrategias estrafalarias para convencer a los electores desencantados.
Algunas de sus iniciativas –por ejemplo, repartir pastillas de Viagra a los conductores en los semáforos, como un llamado simbólico a “parar” la corrupción– también fueron criticadas por quienes creían que a Ingrid le interesaba más convertirse en una show girl de la política, que producir resultados.
Pero los constantes ataques frontales que profería desde su curul contra las cúpulas más poderosas del gobierno y contra los carteles del narcotráfico, le ganaron la admiración y el respeto del pueblo de Colombia y, al otro lado del Atlántico, de su otra patria, Francia.
Aquel día de febrero del 2002 y en la misma semana en que se rompía el proceso de paz con las FARC –considerada la guerrilla más antigua y poderosa del continente–, la política colombo-francesa y su aspirante a vicepresidenta, Clara Leticia Rojas, de 40 y 39 años en aquel momento, cayeron en manos de la guerrilla en una carretera del Caquetá, al sur de Colombia.
Un año después, en el 2003, Ingrid sorprendió al país y al mundo en un video que envió la guerrilla, como prueba de que estaba viva. Vestida con guerrera militar, la excandidata hablaba con serenidad y firmeza sobre las condiciones de su liberación.
Sus familiares y allegados políticos presionaban al gobierno de Álvaro Uribe para que cediera al intercambio “humanitario”, por medio del cual las FARC ofrecían canjear soldados y civiles secuestrados a cambio de algunos de sus guerrilleros. Pero Ingrid emergió desde la selva para desautorizar la inclusión de civiles en el intercambio, con lo cual la primera perjudicada era ella.
En cambio, instó urgentemente al canje entre soldados del ejército por miembros de las FARC. “Nosotros tenemos una obligación moral y es responderles a esos muchachos que han puesto su vida al servicio de la nación y ahora están prisioneros de la guerrilla. Esa es una obligación moral superior porque esas personas, a diferencia de los civiles, estaban en combate. Es un riesgo asumido por la institución cuando envía a nuestros muchachos al combate”.
Una vez más, la dirigente se mostró consecuente con sus ideales a pesar de su sacrificio personal. Pese a su largo cautiverio, sus palabras no dejaron margen de duda: “Sé que lo que les estoy diciendo es duro para ustedes, y también es duro para mí, pero si queremos sembrar la paz en Colombia, debemos actuar en función de nuestros principios, no en función de nuestros intereses”.
Esto ocurrió en setiembre del 2003. Desde entonces, reinó la incertidumbre sobre su paradero y su supervivencia. Hasta que el policía Jhon Frank Pinchao salió de la selva, el 28 de abril.
¡Un milagro!
Los habitantes de Mitú que hacían fila en el Banco Agrario reconocieron a Jhon Frank en la estación de Policía y pensaron solo en una palabra: ¡milagro!
En medio de la sorpresa corrieron a difundir la buena nueva y hasta improvisaron carteles de bienvenida. Habían transcurrido ocho años, seis meses y 15 días desde que las FARC lo confinaron con otras 60 personas en la espesa selva de Vaupés, donde ni siquiera los invisibles rayos del sol penetran. Pinchao estaba débil, flaco y demacrado, pero vivo y alegre, como quien deja atrás el infierno.
La noche que Jhon Frank decidió fugarse, sabía que se jugaba el pedazo de vida que le quedaba, en busca de su libertad. Según una crónica del hecho, publicada en la revistaSemana , el policía logró despojarse de las cadenas que lo unían al exsenador Luis Eladio Pérez y se echó a correr agazapado bajo la fuerte lluvia que caía esa noche. La visibilidad era nula. Corrió hasta el amanecer, cuando el cansancio lo venció. A partir de entonces invirtió las jornadas: caminaba de día y dormía de noche, intentado avanzar al margen del río. Para ganar calor corporal y protegerse de los picaduras de los insectos, se metió hojas de palma por debajo de la ropa y entre las botas. Y para sobrevivir en su travesía, consumió, inicialmente, las harinas que había logrado camuflarse en los bolsillos y los calzoncillos. Cuando ese alimento se le agotó, tuvo que echar mano de los frutos que encontraba en la selva.
Una comunicación interceptada por la guerrilla alertó al Ejército sobre la fuga. Las unidades militares que estaban en la zona fueron notificadas y se inició la búsqueda. La suerte del subintendente se enderezó al encontrar un nativo que navegaba por el río Apaporis en una canoa. Con su auxilio, Pinchao se sacó 20 gusanos que tenía sembrados en la carne viva de la mano y logró refugiarse en la canoa hasta que se encontraron con un grupo de comandos al mando del capitán Carlos Arturo Reyes.
Tras ser llevado a Mitú, el subintendente fue embarcado en un vuelo rumbo a Bogotá.
Ahí empezaron sus revelaciones. Dijo que hacía dos años y nueve meses la guerrilla había fragmentado el grupo grande de secuestrados y que él desde entonces estaba con Ingrid Betancourt, ocho militares, los tres norteamericanos y el exsenador Pérez.
Con el presidente Álvaro Uribe y su ministro de Defensa revisaron un mapa del sur del país, donde permaneció en cautiverio.
Su intervención terminó cuando rompió a llorar al mencionar las represalias que debían estar sufriendo sus compañeros por su fuga.
Contó que muchos de los secuestrados han intentado escaparse y que, cuando la guerrilla los recaptura, después de haber vagado dos o tres días por la selva, reciben atroces castigos. Les quitan las botas y los dejan caminando descalzos; los encadenan en parejas, día y noche, durante meses, contó.
Confirmó un rumor que se había extendido desde hace tiempo: que Clara Rojas, asistente de Ingrid Betancourt, tuvo un hijo con un guerrillero (no especificó en qué condiciones), el que se llama Emanuel y tiene 3 años.
Pero fueron sus revelaciones sobre la situación de Betancourt las que pusieron el tema de la liberación de Ingrid como un asunto prioritario en los gobiernos de Colombia y Francia.
Pinchao aseguró que esta ha intentado fugarse en cinco ocasiones, por lo que sus captores, como castigo, la encadenan del cuello junto a otro cautivo durante las noches.
Duermen en troncos cubiertos por plásticos. El resto del tiempo, el castigo consiste en caminar descalza por el perímetro del campamento.
El policía también dijo que ella se dedica todo el día a leer, con la escasa luz que se filtra entre la maraña de selva de la zona.
De acuerdo con su relato, las FARC dividen a sus secuestrados en grupúsculos aislados para que cualquier intervención militar no suponga un duro golpe. Retienen a un total de 56 personas, 32 de ellos policías y militares, más senadores, diputados, gobernadores... A Betancourt la acompañan en el campamento una decena de militares, tres estadounidenses –Marc Gonsalves, Keith Stansell y To Howes–; y el senador Luis Eladio Pérez.
El senador padece diabetes, y a veces se le paraliza un brazo.
Hay compañerismo entre los capturados. Todos intentan turnarse en los masajes para que recupere la movilidad. Gonsalves tiene hepatitis. Ingrid superó la misma enfermedad hace algo más de un año.
Pinchao le contó a la madre de Ingrid: “La cambian de campamento más o menos cada dos meses y los trasladan en marchas extenuantes. Pero ella se mantiene firme. Hace gimnasia todos los días. Pasa leyendo libros. A veces lee para los guerrilleros, que son casi todos analfabetos. Escribía mucho en un cuaderno, pero hace unos días tuvo una depresión, se enfadó y lo rompió”.
Luego, le dijo que por la mañana escuchaba por radio los mensajes que su madre le envía a través de laRCN . La madre rompió a llorar, en un episodio reseñado por algunos medios.
El esposo de Betancourt, Juan Carlos Lecompte, y los hijos del primer matrimonio de ella, Mélanie y Lorenzo Delloye Betancourt, de 22 y 19 años, se han mantenido en pie de lucha perenne todos estos años en sus gestiones para liberarla. Tras las últimas noticias, se trasladaron a Francia para relanzar su grito de auxilio ante la comunidad internacional.
Bebé cautivo
Otra arista que ha conmovido a la sociedad colombiana es la historia de Emanuel, cuyo padre es un guerrillero, y su madre, Clara Rojas.
Y es que el hasta ahora desconocido rostro del pequeño muy pronto se convertirá en la cara de las legiones de víctimas del secuestro en Colombia, pues será el eje de una campaña internacional del presidente Álvaro Uribe para llamar la atención sobre su sufrimiento y presionar a los victimarios para que los liberen.
Desde que nació, el menor ha sido criado obligadamente en los brazos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Pinchao desgarró los corazones con su descripción de cómo la madre y el hijo son mantenidos aparte. “No dejan al bebé con ella, la dejan verlo y eso es todo, pero es la guerrilla la que lo cuida”, narró Jhon Frank. Las noticias de su nacimiento y su extraordinaria crianza han provocado un examen de conciencia en este país.
“No podemos seguir viviendo de esta manera, en donde un niño es atropellado desde su nacimiento; no tiene derechos”, dijo Iván Rojas, tío del pequeño.
Sacando provecho de la amplia simpatía por Emanuel –diversos programas televisivos abren con llamados para su liberación–, el gobierno de Uribe anunció que lanzará, en días, una campaña internacional acerca de cómo las FARC tratan a sus rehenes.
La oficina del vicepresidente no pudo suministrar detalles de la campaña, pues aún está en preparación.
Las últimas dos semanas se han dado movimientos sin precedentes por parte de Uribe para lograr que las FARC liberen a sus rehenes, encabezados por Ingrid Betancourt.
A pedido del nuevo presidente francés, Nicolás Sarkozy, Uribe está excarcelando unilateralmente hasta a 180 supuestos guerrilleros de las FARC, con el compromiso de que dejen la guerrilla.
El martes liberó al más alto comandante guerrillero preso, Rodrigo Granda, esperando que actúe como intermediario con las FARC.
Pero, una vez más, las negociaciones parecen estancarse sin haber empezado: Granda rechazó ese papel y las FARC, en comunicados, reprocharon la iniciativa de Uribe al calificar como traidores a los guerrilleros que renunciaron al movimiento a cambio de su libertad.
Las FARC exigen al gobierno una zona desmilitarizada como primera condición al canje de prisioneros.
Entretanto, miles siguen sufriendo... y soñando con una utopía. Con volver a abrazar a los suyos. Igual que Pinchao. Este tuvo, eso sí, que pasar un trago amargo al reencontrarse con su hijo Alejandro, a quien prácticamente no conocía.
Al verlo, el subintendente se deshizo en lágrimas y se abalanzó a colmarlo de besos, pero el pequeño lo rechazó. Fue una reacción natural que el amor demolió en pocos minutos. Pasado un rato, Alejandro notó que su papá tenía una sudadera del mismo color que la suya. “Mi papá y yo somos gemelos”, dijo de repente, y mientras los presentes sonreían con el comentario, el niño se acercó a la cama de hospital y abrazó a su papá.
Con todo y todo, Jhon Frank y Alejandro son más que afortunados. Su reencuentro es el sueño de miles de familias en Colombia para quienes la incertidumbre y el sufrimiento diario son una forma de vida. ¿Están vivos sus seres queridos, algunos de ellos secuestrados hasta diez años atrás? Y de estarlo... ¿en qué condiciones sobreviven? ¿Les quedará acaso algo de sus vidas raptadas?