Los miembros de la familia Bonaparte desempeñaron por varios años un papel trascendente en el desarrollo de la política europea, pues Napoleón, al alcanzar con las armas y con su astucia e inteligencia el máximo del poder, repartió entre ellos y sus allegados los territorios y el mando de los países que sometía.
De los 13 hijos que había tenido María Letizia Ramolino (esposa de Carlo y verdadera fundadora y jefe de la familia Bonaparte) solo sobrevivieron ocho; todos fueron favorecidos con títulos nobiliarios: José (Pepe Botellas), llegó a ser rey de España; Napoleón, emperador de Francia; Luciano, príncipe de Canino; Elisa, gran duquesa de Toscana y condesa de Comprignano; Luis, rey de Holanda; María Paulina, princesa Borhese; María Annunciata Carolina, reina de Nápoles y Jerónimo, rey de Westfalia.
La influencia y el poder que tuvieron fue tan grande que dio lugar a la creación del término Bonapartismo, que posee dos significados: uno específico y otro genérico. Específicamente se utiliza en Francia para adjetivar al partido -hoy carente de toda importancia política- que propugna la sucesión al trono de los descendientes de la familia Bonaparte. Genéricamente sirve para designar a los regímenes que guardan cierta semejanza con el establecido por Napoleón, como son aquellos que, herederos de revoluciones y tras nacer bajo el signo de la libertad y la eliminación de opresiones, vuelven a introducir formas autoritarias y conservadoras, a pesar de que dicen mantener algunos de los principios ideológicos a que debieron su impulso.
Carolina María Annunziata, como el resto de sus hermanos, nació en Ajaccio, Córcega. Cuando Napoleón llegó a ser primer cónsul la casó con el general Murat, héroe de las campañas de Italia y Egipto, y la elevó al rango de gran duquesa de Berg. En 1808 el Emperador nombró a los esposos Murat reyes de Nápoles. Dotada de gran talento, en el ejercicio de tan alta responsabilidad Carolina supo atraerse la adhesión y el amor del pueblo. Tomó parte muy activa en la administración del reino, y lo gobernó en calidad de regente durante las ausencias del cónyuge. Se rodeó de sabios y eruditos, protegió las artes y las letras, fundó gran número de instituciones benéficas, restauró el famoso Museo de Nápoles y, con su propio dinero sostuvo una casa de educación para cerca de trescientas niñas.
En 1815, cuando tuvo lugar el derrumbe del imperio napoleónico, cayó también el trono de Nápoles; mas la prudencia de Carolina consiguió evitar que la revolución se esparciese por las calles, ya que pactó con el comodoro Champbell (comandante de la flota inglesa) y logró que fuesen respetadas las propiedades de los napolitanos.
Ese mismo año quedó viuda, pues Murat fue fusilado al intentar una acción bélica a favor de Napoleón. Fijó entonces su residencia en Baimbourg, cerca de Viena, y vivió retirada bajo el nombre de condesa de Lipona (anagrama de Napoli). En 1838 se trasladó a París donde tuvo la satisfacción de contemplar que la misma Cámara de Diputados que había censurado la conducta del general Murat, alabase la suya y le concediese una pensión vitalicia.