Luis Edo. Díaz
Allí estábamos, frente a frente. ¿Quién lo iba a decir? Dos metros me separaban de
Entre miles de romeros, por unos minutos fui la persona más próxima a la Virgen.
Sí. Este oficio otorga ciertas ventajas, y ayer fue una ellas.
Por intermediación de don Carlos Alberto Oreamuno, uno de los historiadores oficiales de
“Vaya, salúdela”, me dijo mientras me señalaba una puerta para poder entrar por detrás al altar.
Me quedé callado y lo pensé antes de hacerlo. Por un lado, no quería interferir con el momento más íntimo de los miles de peregrinos que tenía a mi espalda. También me pregunté si era merecedor de tan inusual invitación.
Me decidí y caminé por uno de los pasillos de la basílica. Salí justo al lado del trono donde está colocada la imagen de la Virgen.
Al inicio, me quedé oculto a un costado de
Esperé sentado. Tomé un tiempo para observar atentamente a los romeros de Coto Brus, a quienes acompañé los últimos ocho días.
Los miré y vi sus rostros llenos de lágrimas y de una inmensa devoción. Sentí cómo ellos, estando a más de 15 metros de la Virgen , la percibían tan cerca como la tenía yo en ese preciso momento.
Ahora que lo pienso, creo que solo dilataba el momento de encontrarme frente a ella.
Era un ahora o nunca. O me decidía a ponerme en pie frente a la Virgen, o me iban a sacar del lugar.
Cuando vi que los policías ya me tenían ‘confianza’, me levanté del asiento y me fui al frente del altar.
Estábamos cara a cara y sentí un intenso escalofrío.
¿Qué podía decirle a