
Unos días antes de su gran inauguración, el hechicero de la tribu Hualapai, ataviado con su traje típico y una corona de plumas sobre su cabeza, desfiló por la plataforma y comenzó a mover un colorido sonajero al ritmo de la música nativa que sonaba por los altavoces.
A su manera, le estaba dando la bendición al Skywalk (Caminata por el cielo), una imponente pasarela de acero y cristal en forma de herradura que se extiende 20 metros desde la ladera de la meseta del Cañón del Colorado, en el estado de Arizona, y está suspendida a casi 1.200 metros del suelo.
Semejante obra de arquitectura fue inaugurada el pasado miércoles, en medio de una gran expectativa. No solo porque se convertirá en lugar de visita obligatoria para quienes aman la naturaleza y sienten placer en el vértigo, sino también por la polémica que despertó su construcción. Si bien es cierto el Skywalk cuenta con el beneplácito de los líderes de los Hualapai (dueños de una gran parte del Cañón del Colorado), los indígenas más ancianos aún están muy molestos.
Según ellos, esa plataforma de cristal no hará otra cosa que poner en peligro los sitios sagrados donde yacen los antepasados de esa tribu.
Los ecologistas también han lanzado su voz de condena, pues consideran que se está lastimando la belleza natural de la zona. “La Torre Eiffel es una maravilla de la arquitectura, pero ¿quiero una torre en el Gran Cañón? No”, dijo a la agencia de noticias AFP, Kieran Suckling del centro por la Bio Diversidad.
A estas quejas también se une la preocupación de la seguridad de la plataforma, porque se construyó sin las inspecciones y garantías de seguridad federales y estatales de los Estados Unidos, debido a que se encuentra en una reserva.
Pero entonces, ¿por qué se aprobó el Skywalk? De acuerdo con un reportaje publicado por el diario español El País , tan polémica idea se fraguó en la mente del empresario de la construcción David Jin, de Las Vegas.
Convencido de que su plan sería un éxito, en 1996 este hombre se reunión con el jefe de la tribu de los Hualapai y le ofreció un trato: él pagaría los $30 millones que costaría la construcción de la plataforma y les cedería a los indígenas la propiedad, a cambio de que la tribu le entregara el 25 por ciento de los beneficios que ingresen por turismo. De cumplirse el acuerdo, los Hualapai, –unas 2.200 personas acostumbradas a vivir en pobreza – se verían realmente beneficiados. Mientras tanto, el empresario recuperaría su inversión en un plazo de tres años, para luego, disfrutar de las ganancias a manos llenas.
Los números no dan para equivocaciones. Pasear por el mirador costará $25, aunque con gastos de esparcimiento, consumo ysouvenirs, la compañía de Jin espera que cada visitante deje un promedio de $75. Esa cantidad, multiplicada por el medio millón de turistas anuales, sobrepasa cualquier expectativa.