
El estreno de la película mejicana El búfalo de la noche (2007) vuelve a poner el nombre del escritor Guillermo Arriaga en la palestra, no solo porque es el autor de la novela en que se basa el filme, sino también porque esta vez ha ejercido más control sobre el rodaje. Es coguionista y productor.
A Arriaga no le gusta que lo llamen “guionista”, él se dice “escritor de cine”. ¡Guionista al fin! Su actitud tiene muy poca lógica y mucho de faroleo, pero no le negamos ese derecho a pavonearse.
En todo caso, sus guiones son muy buenos, y es lo que vale. Solo recordemos estos títulos: Amores perros (2000), 21 gramos (2004), Los tres entierros de Melquíades Estrada (2005), Babel (2006) y ahora El búfalo de la noche (2007).
De ellos, este que comentamos hoy es el más endeble y es, precisamente, el título que Guillermo Arriaga controló de principio a fin.
El problema con El búfalo de la noche (película) es que resulta drama desdramatizado, con pasiones narradas sin pasión alguna, es cinta totalmente epidérmica que deviene en colección anodina de actos sexuales, sin inhibición alguna en sus imágenes.
El tiempo narrativo del filme corre bien, es cierto, y se estructura de manera interesante con el ir y venir del relato: buen manejo de la retrospección y del adelanto temático. Sin embargo, esa sintaxis visual nos da la malsana y pretendida sensación de que el filme, por sí solo, se presenta como obra importante. O sea, es largometraje que también se pavonea.
Con partitura funcional de Omar Rodríguez López, con ejemplar fotografía de Héctor Ortega, acoplada a la constante cámara en mano, lo cierto es que el guion peca por frívolo y acartonado, al igual que el tratamiento del relato. En esa onda se meten los histriones por la mala dirección actoral.
El peor trabajo es de Diego Luna, quien no logra superar lo que dice o no dice su rostro aniñado, “cuando más exhibe Diego es cuando le hacen el encuadre desnudo en la cama, con toda su intimidad en plano abierto”, nos confiesa una espectadora amiga luego de ver esta película.
Sus genitales dicen más que sus signos histriónicos. ¡Lamentable! Su actuación es tan aséptica como la trama ahí aventurada.
Lo cierto es que, por esta actitud tan a flor de piel de la película, se pierde el aliento narrativo, cuando pudo ser convite espléndido y magnífico de drama con resuello de tragedia.
Este largometraje, sin ser plano cinematográficamente, es emocionalmente hueco, y aquí no sabemos a quien culpar de esa contradicción, si a Guillermo Arriaga o al director venezolano Jorge Hernández Aldana.
Lo cierto es que a este bisonte le llega bien la prestancia, pero sin cornamenta, especie de pedantería culta, que se autohalaga sin decoro, cine incapaz de ir adentro de sí mismo sin que podamos juzgarlo como mal cine. Solamente es cine escurridizo, como una liebre o como el fuego fatuo.