En la recta final del tiempo de adviento, también vivimos la recta final de las “carreras” propias de estas fechas.
Niños que se ríen, padres que corren, villancicos que se escuchan y luces que prenden y apagan sin cesar.
Y ojalá también sea este el tiempo bueno para ser solidarios, gastar con medida y meditar en el dato esencial de esta época del año y que determina la razón de su peculiar singularidad: la encarnación cercana del Hijo de Dios.
En el marco de una gran profundidad teológica, Lucas nos pone ante la inauguración de la etapa final de la historia de la salvación. Dios visita a los suyos, aún en el seno de su propia madre.
En este relato –de lo que llamamos normalmente “la visitación”– Lucas manifiesta la naturaleza significativa del encuentro de dos futuras madres muy particulares: la madre del precursor y la madre del Mesías esperado desde lo más lejano de los tiempos.
Dos futuras madres. En el texto lucano de hoy, ambas futuras madres alaban a Dios por cuanto ha hecho en y por medio de ellas.
El evangelista presenta a Isabel como a punto de dar a luz a un niño con una misión precisa: disponer a un pueblo ante el advenimiento del Señor.
“Saltó la criatura en su vientre”, escribe Lucas. Como había pasado antes con Rebeca.
Juan, aún en el seno de su madre, reconoce la presencia de su Señor y, por acción del Espíritu Santo, Isabel interpreta y explicita las razones de todo aquello: alaba a María por su colaboración en la liberación de su pueblo y la alegría reinante en su vientre refleja el regocijo ante el cumplimiento evidente de las promesas de Dios a los suyos.
La perícopa se cierra con una alabanza a María y de su condición de creyente modelo: ella confió en Dios, puso de su parte, asumió con valentía el rol que se le asignó en la historia salvífica.
Lo demás, lo que está por suceder, iremos mirándolo poco a poco en los días que vienen hasta llegar a la noche santa de Navidad al caer la tarde del día 24.
Mientras llega el ciclo de Navidad-epifanía hemos de estar atentos al tiempo de adviento que nos resta.
Llegadas las primeras vísperas de Navidad, procuremos vivir esos días gozosos en espíritu cristiano, lo cual significa, ni más ni menos: alegría, plenitud, regocijo.
Navidad “ha de ser para nosotros un nuevo especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia entren hasta el fondo de nuestra alma” (S. Josémaría Escrivá).
Queridas amigas, queridos amigos, que me honran leyendo este comentario semana a semana: ¡Les deseo una muy feliz Navidad!
Pbro. Mauricio Víquez Lizano