Sao Borja (Brasil), 24 jun (EFE).- Brasil sepultó hoy al líder socialdemócrata Leonel Brizola, muerto el pasado lunes a los 82 años y un político, que, por no haber cambiado nunca sus banderas y su estilo, era considerado el último de los caudillos del siglo XX.
Una multitud despidió hoy al viejo caudillo en el cementerio de la sureña y pequeña ciudad de Sao Borja, separada de Argentina por el río Uruguay.
El ingeniero que se atrincheró en una gobernación para impedir un golpe de Estado en 1961 y que llegó a ser uno de los mayores enemigos del régimen militar (1964-85), murió defendiendo las mismas ideas con las que ingresó en la política hace cinco décadas.
Fundador y presidente del Partido Democrático Laborista y uno de los vicepresidentes de la Internacional Socialista, era considerado un "dinosaurio" por su insistencia en proyectos nacionalistas en medio de un mundo globalizado y en su "socialismo moreno".
En las dos ocasiones en que disputó en vano la presidencia (1989 y 1994), así como cuando fue elegido gobernador de los estados de Río de Janeiro (1982 y 1990) y de Río Grande do Sul (1958), Brizola se presentó como el heredero del laborismo brasileño.
Fue sepultado en el mismo cementerio en que están los restos de los otros dos grandes caudillos de ese laborismo brasileño, los ex presidentes Getulio Vargas y Joao Goulart, sus mentores políticos.
Vargas gobernó Brasil de 1930 a 1945 como dictador. A semejanza de caudillos de su época, como el argentino Juan Domingo Perón, creó un andamiaje de leyes laborales y de beneficios para los obreros, que aún perduran.
Gracias a ello, Vargas regresó democráticamente en 1950 a la presidencia, por un voto popular sin precedentes entonces en Brasil, pero, en medio de un movimiento civil para que renunciara y sin apoyo de los militares, se suicidó de un tiro en el corazón en 1954.
Siete años después el izquierdista y entonces vicepresidente Joao Goulart llegó al poder, tras la repentina renuncia del jefe de Estado, Janio Quadros, y gracias al triunfo de un movimiento civil capitaneado por Brizola contra la derecha y los militares, que veían la llegada del comunismo con un dirigente identificado con la revolución cubana y amigo de la China de Mao.
Brizola, entonces gobernador de Río Grande del Sur, al frente del llamado "movimiento de la legalidad", alcanzó dimensión nacional, pero la causa por la que luchaba -reformas sociales, económicas y políticas de izquierda- chocó finalmente con los tanques en 1964, cuando triunfó el golpe militar.
Disfrazado de monja, Brizola cruzó la frontera con Uruguay rumbo a un exilio que acabó 15 años más tarde, con la amnistía de 1979, cuando retorno a Brasil simbólicamente por la localidad de Sao Borja para recoger las banderas de Vargas y Goulart.
Luchador tenaz contra la dictadura, Brizola parecía una de las figuras llamadas a protagonizar la transición a la democracia, pero los articuladores de ese proceso, impulsado por los militares, se encargaron de debilitarle en todos los flancos.
Sus detractores llegaron al punto de, en el proceso de legalización de los partidos, dividir en tres lotes el viejo movimiento laborista de Vargas, y de intentar un fraude en las elecciones de 1982 en que fue elegido gobernador de Río de Janeiro.
Los socialistas llegaron finalmente al poder en 2002 con la elección de Luiz Inácio Lula da Silva, pero Brizola pasó a ser un crítico de la política neoliberal y "fondomonetarista" del mandatario que apoyó y uno de los principales opositores del actual gobierno.
Esa ruptura explica los abucheos y los gritos de "traidor" con que el jefe de Estado fue recibido el martes pasado en Río de Janeiro, donde se presentó en el velatorio de Brizola para rendir homenaje a quien fuera candidato a vicepresidente en la llave que encabezó en 1998 y a quien lo apoyara en otras campañas electorales. EFE
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