En medio de fotos marchitas por el tiempo, la invitación a su boda se mantiene intacta, como si la ceremonia se hubiera celebrado ayer.
“Santa Basílica de Barbacoas, Puriscal, 6 p. m. del 6 de julio de 1941”, dice la tarjeta que guardan con enorme aprecio.
Aquel soleado domingo, Francisco Quintana Castillo y Francisca Morales Mora subieron al altar para decirse “sí”, tras un año de noviazgo.
Aquel año se hizo largo, aunque se diga que el amor acorta distancias. Cada sábado, Paco viajaba en bicicleta desde la Catedral Metropolitana hasta Villa Colón, para luego avanzar cuatro kilómetros a pie hasta Barbacoas de Puriscal, donde vivía su amor, Paquita.
La travesía comenzaba en la madrugada e incluía sol, sudor y el polvo que se desprendía de las calles sin asfaltar (como todas las vías en aquella época).
Pasaban horas antes de que los tórtolos se encontraran cara a cara. Siempre estaban vigilados de cerca por alguien más, pues la temporada de cortejo incluía chaperón, algo que para entonces era casi una ley.
Cuando las manecillas indicaban las 8 p. m., el suegro se asomaba para mostrarle al joven el camino a la puerta. Era un señal de despedida. La cita concluía súbitamente y, a aquella hora, él debía hospedarse en una pensión cercana para volver a San José la madrugada siguiente.
“Siempre lo tallaban a uno, así que todo ese año estuvimos bien cuidados”, cuenta Paco, quien conoció a su novia en una actividad del colegio María Auxiliadora, donde ella estudiaba.
Si Francisca tenía un pretendiente, él se lo espantaba, “y así nunca pude quitármelo de encima”, cuenta ella sonriente.
“Él es muy chiquitico y eso me agradaba mucho. A mi casa llegaba todo sudado, con las camisetas de basquetbol, y creo que me gustaba como olía”, agrega. Él la conquistó poco a poco y un día de tantos, sin mucho rodeo, le pidió matrimonio. El 6 de julio de 1941, las campanas repicaron para darle la venia a la nueva pareja de marido y mujer. Dieciocho años tenía ella y 21, él.
Pequeño pero matón, a Paco lo conocían como Gallo de pelea, pues era todo un atleta: boxeador y basquetbolista. También se dedicó al canto, su otra gran pasión. No tenía ni 20 años, cuando ya ostentaba el título del “primer cantante de orquesta popular de Costa Rica”, y rápidamente se hizo fama interpretando temas en guarachas, paso doble o boleros.
Quintana trabajaba en la empresa Taca, como mecánico, pero luego abrió su propio taller.
Así, el sustento llegaba a casa gracias a las noches de canciones y los días de fabricación de portones y rejas.
Casi nueve meses después de la boda, nació Francisco, el primero de los Quintana Morales, y el tercer tocayo del hogar.
Vivían “en el alto” de la casa de los Quintana, en calle 1.°, avenidas 8 y 10. Ahí también nació Catalina, la segunda hija. La joven madre, ama de hogar, se dedicó a criar a sus retoños conforme fueron llegando.
Más tarde se pasaron a la vivienda donde todavía habitan, en ciudadela Calderón Muñoz, cerca de barrio Córdoba.
El vecindario aún no existía cuando doña Francisca dio a luz a Ricardo, Rónald, Julio, María y Orlando Enrique, para completar un septeto de hijos.
Pasaron los años y los esposos se convirtieron en abuelos de 30 nietos y en bisabuelos de 27 más.
Hace rato se acabaron sus días de conciertos en el hotel Costa Rica, El Sesteo y La Orquídea. Ya no hay más partidos de básquet en el extinto Frontón Jai Alai; sin embargo, hasta hace poco, a sus 84 años de edad, Paco tenía las fuerzas para encaramarse al techo a hacer reparaciones. “Ya no me dejan hacerlo, ni los hijos, ni mi esposa”.
Bendecidos
Ahora tiene 91 años y Francisca, 89, y ambos lucen felices y saludables. Aunque rozan la novena década de vida, se mueven de un lado a otro sin mayores dificultades y se expresan lúcidos y hasta bromistas.
Son enamorados de los paseos y de los mandados. “Cada vez que podemos, alguno de los hijos o nietos nos llevan en la ‘cacharpa’ a hacer compras”.
Él todavía se sienta al piano a cantar, como en los viejos tiempos. “Con los años, lo único que uno pierde es la actividad, y un poco de habilidad con las piernas”, afirma seguro Paco.
Hoy, muchas parejas cumplen bodas de oro; otros tantos, los 60 años de matrimonio; pero siete décadas de casados es cosa bastante inusual, más si siguen pareciendo las dos mitades de una misma naranja.
Ya ha pasado casi medio siglo desde que celebraron sus bodas de plata... “No crea que ha sido fácil”, dicen los dos. “La paciencia es lo que nos mantiene juntos”, continúa Francisca.
“Yo diría que la fórmula para mantenerse unidos es no discutir. Cuando me enojo, prefiero irme el rato que sea necesario; porque hasta que a uno se le pase la molestia, se pueden resolver los problemas hablando con tranquilidad”, razona Paquita.
Por su parte, don Paco asegura: “Los dos tenemos defectos, pero entre nosotros no son importantes; los disimulamos. Yo he aprendido a aguantar los regaños todos los días y sé que ninguna mujer lo regaña a uno para hacerle daño, sino para hacerle bien”.
Hace varios años, se perdió la fotografía que se tomaron los novios en su primer día de casados. No obstante, los protagonistas del retrato acumulan incontables imágenes de estos 70 años de vida en pareja que empezaron un 6 de julio.
Nadie creería, a estas alturas, que Paco y Paquita incluso se caían mal cuando se conocieron, en 1940.