Peter Pan no se fue volando al “País de nunca jamás” sino que terminó en un basurero, tan irreconocible que su cadáver lo mandaron a un depósito de indigentes y fue sepultado en una fosa común –en Nueva York– bajo el nombre de Juan Nadie.
Sin Campanita ni Wendy, rodeado de adictos, perdonavidas y despojos vivientes, el célebre actor infantil de los años 40 y 50, Bobby Driscoll, fue desterrado del mundo mágico de Disney por haberle ocurrido lo impensable: crecer.
Driscoll dio voz e imagen a Peter Pan, uno de los más reconocidos personajes del taller de fantasías de Disneylandia, en la película homónima filmada en 1953 cuando tenía 16 años, demasiado viejo para interpretar a un niño que nunca creció, por miedo a las responsabilidades de la madurez.
Igual que el Moloch de los fenicios, Hollywood se rejuvenece con la sangre de los niños actores, inmolados en el fuego de las marquesinas.
Así le ocurrió a Robert Cletus Driscoll, nacido en Iowa en 1937. Era dueño de una memoria prodigiosa y un encanto singular, capaz de encarnar papeles infantiles sin ser repelente ni sabihondo.
Robert tenía cinco años cuando, en 1943, lo llevaron a vivir a Los Ángeles, en busca de mejores aires para curar la asbestosis que padecía su padre, Cletus Driscoll, un joven vendedor que siempre quiso ser actor. La madre, Isabelle Kratz, era maestra y un día se le ocurrió llevar al niño a la peluquería. Alguien lanzó una profecía: “este niño es tan listo que debería estar en el cine” y la madre no tardó en conseguir una prueba en los estudios Metro Goldwyn Meyer (MGM), donde audicionó para Angel Perdido,un drama familiar protagonizado por Margaret O’Brien, otra niñita tan aventajada y presumida como buena actriz.
A partir de ese filme Bobby desplegó sus talentos. “Una estrella a los seis años, ganador del Óscar a los once, con treinta películas a su haber, la mayoría de ellas junto a las máximas figuras de Hollywood” recordó Kenneth Anger en Babilonia II.
Su proverbial capacidad para memorizar los diálogos y la espontaneidad y naturalidad de sus gestos fueron un imán para los estudios y las luminarias de la época. Compartió carteles con Anne Baxter, para la Fox, en Sunday dinner for a soldier; la Paramount lo juntó con Lilian Gish en Pensión histórica y con Alan Ladd en OSS; Universal lo fichó para So goes my love; Columbia Pictures lo emparejó con Joan Fontaine y Charles Boyer en The Happy Time y en 1946 lo escogieron para La canción del sur; fue el primer personaje de carne y hueso que actuó con los dibujos animados del tío Walt y engordó los bolsillos de la compañía Disney.Anger asegura que “Bobby hacía maravillas con el gruñón de Disney y algunos comentaban que el jefe parecía haberse enamorado del chiquillo”. Si hubo o no romance, al viejo caricaturista le quedó el buen recuerdo bancario de las inmensas taquillas que produjeron las cinco películas que filmó Driscoll para ese estudio, apostilló aquel.
El éxito fue tan apabullante que ganó un Premio Especial de la Academia como el actor juvenil más destacado en 1949, por sendos filmes: So dear to my heart y La ventana.
Filón dorado
El que no oye consejo, no llega a viejo. “¡No se puede huir de los problemas: no hay lugar alguno más allá”, le aconsejó James Baskett, en el papel del tío Remus, al pequeño Bobby, durante la filmación de La canción del sur, un filme por el que le pagaron $400 semanales.
Driscoll no estaba para sermones y siguió su vida. Para 1950 interpretó el memorable papel del niño-pirata Jim Hawkins en La isla del tesoro, y ya ganaba cuatro veces más por semana: $1.750. Era una mina de oro para Disney; los productores no hallaban dónde ponerlo y se deshacían en elogios con el precoz actor, reseñó Rafael Dalmau en Los pecados del cine.Al finalizar la película sus padres lo sacaron de la Hollywood Professional School, una institución especializada en preparar niños actores y lo enviaron a una pública: University High School. ¡Grave error!
Ahí fue blanco de todo tipo de burlas por sus anteriores papeles artísticos. “Yo realmente temía a la gente. Los otros chicos no me aceptaban. Me trataban mal. Traté desesperadamente de ser uno más de la pandilla. Cuando me rechazaban me defendía, se volvían agresivos y tenía miedo todo el tiempo” , confesó Driscoll.
De nuevo lo matricularon en la primera escuela y ahí obtuvo un título en 1955, pero ya su carrera había comenzado a declinar a causa del consumo de drogas.
A falta de buenos guiones como adolescente probó en la televisión, pero le fue horrible y solo obtuvo un rol de criminal en la serie M Squad, protagonizada por Lee Marvin.
La industria que lo había elevado a los altares de la fama, lo arrojó al abismo del olvido. Buscó empleo en el teatro, pero tampoco lo contrataron. En 1965 filmó su última escena en Dirt, una película experimental de 12 minutos.
Pobre ángel
Los problemas del juvenil actor comenzaron a los 16 años. Recién había filmado Peter Pan para Disney y a esa edad le ocurrió lo normal: se convirtió en adolescente y dejó de ser un buen negocio. El rostro se le llenó de “espinillas”, de niño encantador pasó a joven arisco y peleón.
En 1956 Driscoll cayó de bruces. Huyó a México para casarse con su novia Marilyn Jean Brush; tuvieron que regresar y un año más tarde hubo boda en Los Angeles, tuvieron tres hijos pero el matrimonio terminó a las patadas. Ese mismo año él y un amigo fueron detenidos por posesión de narcóticos.
Dos años después hizo pareja con Frances Farmer, que apenas salía del hospital psiquiátrico donde la lobotomizaron y tenía 16 años de inactividad artística. The party crashers fue la última película para ambos.
La caída era imparable. En 1959 la policía lo encerró por drogadicto; un año más tarde se enfrentó a una pandilla de matones, zurró a uno de ellos y los amenazó con una pistola. Los maleantes lo acusaron de agresión con un arma mortal. A ese delito le agregó asalto a una veterinaria, falsificación de cheques y finalmente, derrapó en la prisión de Chino State, según Anger.
Ante el juez que lo mandó seis meses al Centro de Rehabilitación para Drogadictos, declaró: “Lo tenía todo. Ganaba $60 mil al año, me daban trabajo y buenos papeles. Entonces empecé a emplear todo mi tiempo libre en pincharme. Tenía 17 años. Compraba sobre todo heroína. Ahora nadie quiere contratarme por mis detenciones.”
Cuando fue liberado, en 1967, desapareció en los bajos fondos del East Side de Nueva York, el paraíso perdido de drogadictos y hippies que vivían acelerados y a puñalada por bollo de pan.
El 30 de marzo 1968 dos niños que jugaban en un edificio abandonado del East Side de Nueva York hallaron los restos de un hombre joven, en medio de objetos religiosos y basura. El cadáver carecía de identificación, tenía numerosos pinchazos en los brazos y en la sangre rastros de metedrina, una anfetamina que –según los médicos– crea una sensación deexaltación y perdida rápida de la conciencia.
Quienes la usan padecen ilusiones de persecución, depresión, extenuación excesiva y tendencias suicidas.
Un análisis forense reveló que las vísceras correspondían a las de un anciano, más que a un adulto de 31 años; como el rostro tenía profundas marcas y nadie reclamó el cuerpo, tras tomarle las huellas lo enviaron a un cementerio común en Hart Island, allá por el Bronx.
Diecinueve meses después, personal de Disney y la policía neoyorkina ordenaron exhumar los restos del desconocido, quien resultó ser Bobby Driscoll, desaparecido de la escena pública en 1967, días después de salir de la prisión.
Al conocer la noticia su madre dijo: “La droga lo cambió. No se bañaba, se le estropearon los dientes' Tenía un coeficiente mental altísimo, pero los narcóticos le afectaron el cerebro”.
El hechizo de su cara infantil hizo del cine su santuario, lleno de paganos olores a sándalo, jengibre y miel. En esa tierra de las ilusiones vive Bobby Driscol – en un mundo de sueños– como Peter Pan: el niño que se negó a crecer. 1