Es lamentable la abusiva utilización de la Biblia para denigrar a las personas homosexuales. Lo que en ella se diga sobre el tema no debería ser normativamente determinante en un país democrático como Costa Rica, regido por la Constitución y las leyes. Por eso, escribo con la intención, únicamente, de invitar a quienes como yo leen con fe las Escrituras, para que reconsideren su postura.
La condena religiosa del homosexualismo establece su autoridad moral en la Biblia. Muchos no discuten si aquello les parece razonable o cruel. Aducen que simplemente no pueden cambiar lo ahí escrito. Aun siendo nuestro país mayoritariamente católico, este discurso es propio del fundamentalismo protestante, cuyo bastión es la lectura literal del texto bíblico.
Lectura deshonesta. Esa lectura literal, que tan celosamente dicen respetar cuando califican como pecado la homosexualidad, es deshonestamente selectiva: no se lee así cuando la Biblia ordena arrancarse el ojo-heterosexual por desear a la mujer ajena, ¡pues abundarían los tuertos! No se lee así cuando manda a vender todos los bienes y darlos a los pobres. No se lee así cuando el jubileo exige perdonar las deudas y devolver las tierras a sus poseedores originarios (¿o vamos a sacar a los indígenas de Talamanca y devolverles las tierras que fueron suyas?).
El literalismo bíblico echa mano solo de aquellos textos que le convienen para ejercer dominio sobre otros. Esto es consustancial a la concepción cruzada del cristianismo, que otrora estuvo empeñada en recuperar lugares santos como demostración de superioridad sobre el mundo musulmán y hoy procura imponer una dominación jurídica que reafirme su pretendida superioridad moral en espacios sociales, principalmente en el ámbito de lo público.
¿Qué dice la Biblia? Primero, debe aclararse que el término homosexual no aparece en ella, pues la palabra se acuñó recién en el siglo XIX. Eso provoca un problema de traducción de los textos, en los que lo que aparecen son comportamientos sexuales que hoy asociaríamos con la noción de homosexualidad, pero inescindiblemente entremezclados con prácticas que ni le son propias ni exclusivas, como la pederastia y la esclavitud sexual.
Aun así, esos comportamientos no son tema relevante en la Biblia. Solo seis textos los abordan y ninguno desarrolla teológicamente el punto. Ningún evangelio, ni palabra de Jesús, los menciona. Si bien esos seis pasajes son condenatorios, deben ser estudiados, pues lo que podría estarse censurando no es la relación entre dos personas del mismo sexo per se, sino conductas asociadas a ello en contextos específicos.
Sodoma y Gomorra. Por ejemplo, el relato de Sodoma y Gomorra. Tenemos grabado en la mente que su pecado fue el homosexualismo (igual pensamos que Adán comió una manzana aunque eso no dice la Biblia). Por el contrario, para los profetas (Is 1.10-17; Ez 16.49-50) aquellas ciudades fueron destruidas por su injusticia social e indiferencia hacia los pobres (pecados que sí son centrales en la Biblia y que hoy no parecen inquietarnos tanto).
El hecho de que el piadoso Lot ofreciera a sus hijas para que fueran víctimas de abuso sexual en lugar de sus huéspedes, sugiere que el relato habría sido una advertencia contra el quebrantamiento de las leyes de hospitalidad (muy importantes en el antiguo Oriente Medio) y demuestra lo distantes que están nuestros cánones morales modernos de los usos y costumbres de aquellos tiempos.
Por eso es aventurado utilizar la Biblia para erigirse en paladín de nuestra familia tradicional. ¡En ese molde no cabría ningún patriarca de Israel! Deberían considerarse las polémicas de Jesús contra los principios familiares de su cultura y la tensa relación que mantuvo con su propia familia. Solo los códigos domésticos de las cartas pastorales (pseudoepigráficas), sustentarían el conservadurismo familiar en boga, pero, en atención a estos, una vocera de esta tendencia como Sarah Palin debería renunciar a sus aspiraciones de poder y reducirse a silente sumisión.
Finalmente, hay una razón general que explica la reprobación bíblica de los emparejamientos entre personas del mismo sexo: en una cultura inicialmente seminómada, en la que la supervivencia como identidad cultural, como pueblo, se juega en la conservación de la tierra (que tiene que labrarse y defenderse militarmente), no es de extrañar que las dos mayores tragedias sean el exilio y la esterilidad, las dos mayores bendiciones sean la tierra y la prole, y que la homosexualidad se valore como un comportamiento sexual socialmente reprochable. El pecado era el malgasto de semen en una precaria situación demográfica.
No le pido que cambie de opinión, solo que revise lo que cree y por qué lo cree. Los grandes pecados de la homofobia cristiana son, a nivel humano, falta de empatía y comprensión; a nivel cognitivo, falta de honestidad intelectual y rigor en el estudio. Estar equivocado en lo que siempre se ha creído es una posibilidad. Lastimar a otras personas a partir de ello sería, para un seguidor de Jesús, un contrasentido.