“Madre de tres hijos. Divorciada. Americana. 30 años de experiencia como actriz de cine. Capaz aún de moverse; más amable de lo que dicen los chismes. Se ofrece para trabajo en Hollywood (ya estuvo en Broadway)”.
El anuncio, publicado en la Revista Variety , lo pagó Bette Davis en 1962 cuando tenía 54 años. Le faltó agregar sus 11 nominaciones a los premios Óscar; ganó dos de ellos, filmó casi 80 películas y fue prima donna en todas.
Tras su muerte por un cáncer de seno, el 6 de octubre de 1989 en Francia, The New York Times escribió: “No se parecía a nadie; andaba como nadie y nadie hablaba como ella”.
Triunfó en el diabólico mundo de Hollywood a puro talento y sarcasmo; sin ser bella ni sexi, dejó a las otras los papeles de mujeres lánguidas y fáciles.
Nada ni nadie se interpuso en su carrera, primero en el teatro y después en el cine, donde caracterizó a mujeres frías, duras y encarnó todos los prototipos femeninos de la época. En su biografía, Esto y aquello , escribió: “Yo adoro los papeles de perra malvada. Hay un pedazo de perra en cada mujer”.
Menuda, bajita, pelo rubio, pecho esponjoso, barbilla enhiesta, tenía la piel fina y transparente, debido a las quemaduras ocasionadas en la niñez por las velitas de un árbol de Navidad.
La naturaleza la dotó de unos enormes ojos azul pálido y desorbitados que ocultaba tras unas pestañas como redes, con los cuales atrapaba a quienes tenían el valor de mirarla.
La expresividad de esa mirada fue el tema de Los ojos de Bette Davis , canción escrita por Donna Weiss y Jackie DeShannon, y grabada en 1981 por Kim Carnes, quien la llevó a los primeros lugares de popularidad y ganó un Grammy.
Bette, en realidad Ruth Elizabeth Davis, se granjeó fama de mujer difícil. En la pantalla era combativa, insegura, grandiosa, disciplinada y con una energía desbordante, así la describió Ed Sikov en Amarga Victoria, libro que expuso los detalles más escabrosos de su particular existencia.
Si en el escenario era “incombustible, despótica y altiva”, la verdadera Bette era todo lo contrario. Torcida para el amor, poseía un corazón suave que la arrastró a una vida de perros y cayó en las redes de maridos agresivos y productores que la explotaron.
Casada cuatro veces, pero con un nutrido grupo de amigos con derechos, tuvo una hija a los 40 años y adoptó dos niños, Margot y Michael. Su familia fue una cruz, la madre –Ruth Favor– derrochó el dinero y gran parte se fue en los gastos psiquiátricos de Bárbara, hermana envidiosa que le reclamó haberle robado la oportunidad de ser actriz.
A pesar de todo dijo: “Yo soy como los gatos, aunque me vapuleen y luego me tiren, siempre caigo de pie”.
Como ella sola
Su padre, Harlow Morrel Davis, la odió antes de nacer. Cuando cumplió 10 años, en 1918, Morrel dejó la familia al garete y rodaron de casa en casa en su natal Massachussets. Ruth matriculó a sus hijas en buenas escuelas y las mantuvo con su oficio de fotógrafa. En la adolescencia, Bette trabajó como sirvienta y acomodadora en un cine.
En el centro preuniversitario Cushing, fue una excelente alumna y llegó a presidir el Consejo Estudiantil, por su carácter reivindicativo y ambicioso.
Cuando presenció El pato salvaje , de Henrik Ibsen, descubrió su vena artística, pero fracasó en sus primeros intentos teatrales. Eva Le Galliene la corrió de su academia por “falsa y frívola”.
Ilusionada con debutar en el cine se fue a California, en 1930, con $57 en el bolsillo y la promesa de los Estudios Universal de pagarle $450 semanales.
Rodó su primera película, Hermana mala , junto a Humphrey Bogart al que consideró un borracho grosero y latoso. Esos primeros escarceos marcarían sus relaciones con los hombres. De ellos, escribió: “las mujeres fuertes solo se casan con hombres débiles.”
Harmon O’Nelson, su primer marido, era un músico blandengue y soñador que nunca soportó tener una esposa famosa y la obligó al aborto ante la verguenza de no poder mantener al retoño.
En 1935 ganó su primer Óscar por Peligrosa , en el papel de Joyce Heath, una actriz que destroza la vida de todos los que la rodean. Repitió en 1938 con Jezabel ; interpretó a Julie Marsden, una sureña capaz de todo por recuperar a su prometido, interpretado por Henry Fonda, de quien dijo: “era tan íntegro que daba asco.”
Durante la filmación, conoció al amor de su vida, el director William Wyler, quien la modeló y la convirtió en una verdadera estrella. Wyler le pidió matrimonio en una carta, pero ella, de caprichosa, la abrió una semana después y este ya se había casado con otra.
Fue amante de Howard Hughes, archimillonario y bien parecido, pero chusco e impotente. Para su mala suerte, Harmon los encontró en la cama; los chantajeó y tuvo que pagarle $70.000.
Ningún hombre le bastaba. Así fue con el segundo marido, Arthur Farnsworth, con quien se casó en 1940. Él iba un día por la calle y cayó al piso presa de terribles dolores de cabeza. Parecía un ataque de epilepsia y murió días después. La versión real fue que Arthur tenía una amante; el marido los pescó, le dio una paliza y eso le causó un fatal coágulo en el cerebro.
A los 40 años, estaba sola, quería un hijo y había jurado “casarme de nuevo si encuentro un hombre que tenga $15 millones, me ceda la mitad y me garantice que estará muerto dentro de un año.”
Probó con William Grant Sherry. Moreno, alto, guapo, con un carácter ígneo que intentó ponerle la cincha a esa yegua desbocada. Tenía 10 años menos que ella y era celoso como Otelo.
Se casaron en México y, en el viaje de bodas, tuvieron una pelea en el auto; él la tiró a la calle y, en el hotel, ella le lanzó un cenicero a la cabeza. Con él, tuvo a su única hija: Bárbara.
A como pudo se deshizo de Sherry y se casó con Gary Merrill, actor secundario bastante feo, pero de buen carácter e inteligencia. Ella lo amó con pasión y tuvo un periodo de estabilidad emocional, que la llevó a adoptar una niña, Margot, quien tenía un severo retraso mental.
La frustración de Merril por no poder ser una estrella, las peleas por el estado mental de Margot, el declive en la carrera de Bette y su alcoholismo, minaron el matrimonio y terminaron en divorcio.
La mujer marcada
Solo los genios tienen enemigos. Y Bette Davis tenía muchos, alentados por la acidez de sus opiniones y la envidia que suscitaba su talento.
Recién iniciada en las lides actorales se topó con Miriam Hopkins, famosa actriz bisexual, que la odió porque era la única que le hacía sombra en la compañía teatral de George Cukor. Davis tuvo un romance con Anatole Litvak, marido de Hopkins. Ambas coincidieron en Vieja Amistad y se dieron de cachetazos, incluso los periódicos publicaron fotos de ellas con guantes de boxeo.
La enemistad creció más cuando Bette obtuvo el rol principal en Jezabel , ofrecido a Miriam a cambio de que cediera los derechos literarios de la obra, previo pago de $12.000.
Bette tuvo encontronazos con Glen Ford y Errol Flynn. El primero le dijo a la prensa que él le había ayudado para un papel en Un gánster para un milagro ; la Davis montó en santa cólera y le espetó: “Ese hijo de perra no me hubiera ayudado ni a salir de una cloaca”. Con Flynn filmó Las vidas privadas de Elizabeth y Essex , y este se divertía pellizcándole el trasero.
La rival más enconada fue Joan Crawford, lesbiana reprimida que estaba enamorada de Bette; le mandaba flores, perfumes, la invitaba a comer y la cortejaba como si fuera un hombre, según Rafael Dalmau en Los pecados del cine .
Ante los avances de Joan le dirigió lo más selecto de sus invectivas. “Ha dormido con todas las estrellas de la Metro, menos con la perra Lassie” o “No la orinaría ni aunque estuviese ardiendo en llamas”. A la muerte de Crawford, en 1977, manifestó: “Uno nunca debe decir cosas malas sobre los muertos, solo se deben decir cosas buenas' Joan Crawford está muerta, ¡Qué bien!”
En ¿Qué fue de Baby Jane? , en 1962, le dieron vida a dos hermanas ancianas que se odiaban a muerte y se hacían la vida imposible una a la otra.
Después de este filme, la carrera de Bette declinó y se incrementaron sus problemas de salud. Desde niña, tuvo accidentes raros: casi muere quemada en un auto; padeció crisis nerviosas; un perro le mordió la nariz; un decorado le abrió la cabeza; cayó a un pozo de tres metros y se fracturó la columna; se aplicó gotas de acetona en lugar de colirio y casi muere ahogada en un rodaje.
Pero nada duele como un hijo malagradecido. Por eso, recibió un duro golpe en 1985 con la publicación de My Mother's Keeper , biografía firmada por su hija Bárbara, en la cual la trataba de egoísta, alcohólica e insensible.
Vivió cuesta arriba. La mujer alimaña, la diva devorada por la loba y la mala con el corazón de nitroglicerina ascendió al pináculo del star system a punta de arañazos porque siempre eligió el camino difícil. 1