Este es el título que Benedicto XVI da a su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del 1 de enero. Define el perfil de las personas y de las instituciones que construyen el don hermoso de la paz. El ser humano está hecho para la paz. La paz es su vocación innata. Trabajan por la paz los que mantienen un compromiso renovado y concertado en la búsqueda del bien común y los que respetan un principio moral fundamental: el derecho y el deber a un desarrollo integral, social, comunitario que forma parte del diseño de Dios sobre la humanidad.
Cuando Jesucristo proclama “bienaventurados” los que trabajan por la paz no está pensando en una situación de recompensa para el futuro; está dirigiéndose a las mujeres y a los varones de hoy. Las bienaventuranzas son la buena noticia de un reino instaurado por Cristo en el hoy de la historia y que está llamado a desarrollarse hasta el final de los tiempos. La bienaventuranza de los que trabajan por la paz consiste en el cumplimiento de una promesa dirigida a quienes se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia y el amor. El mundo ve a estas personas como ingenuas, alejadas de la realidad. Es todo lo contrario. Son personas con los pies bien puestos en la tierra que saben fiarse de Dios. Tienen fe. Saben que no están solas y que Dios –el siempre fiel– está con ellas. Viven la experiencia de compartir la vida misma de Dios porque la paz nace del encuentro confiado del hombre con Dios. Esta paz es, a la vez, don mesiánico y tarea humana que presupone un humanismo abierto a la trascendencia. La paz es don que brota de Dios y que permite vivir con y para los demás.
Comunión y participación. La ética de la paz es ética de comunión y participación. Presupone que las diferentes culturas superen antropologías y éticas basadas en presupuestos teórico-prácticos subjetivistas y pragmáticos. Implica que las relaciones de convivencia no se inspiren en criterios de poder o de beneficio. Pide que la cultura y la educación no se centren únicamente en los instrumentos, en la tecnología, en la eficiencia. Requiere el desmantelamiento de la dictadura del relativismo de una moral totalmente autónoma que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada ser humano. Busca la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose en un fundamento cuya medida no la crea el hombre sino Dios. Concierne a la persona humana en su integridad e involucra todo su ser. Se trata de una paz con Dios viviendo según su voluntad: paz interior con uno mismo, paz exterior con el prójimo, y paz con toda la creación. Se oponen a la ética de la paz los que niegan la verdadera naturaleza del hombre en sus dimensiones constitutivas, en su capacidad intrínseca de conocer la verdad, el bien y a Dios mismo. Sin la verdad sobre el hombre –inscrita en su corazón por el Creador– se menoscaba la libertad y el amor, perdiendo la justicia el fundamento de su ejercicio.
Construir la paz. Para ser un auténtico trabajador por la paz es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo con Dios. Solo así podrá vencer “el germen de oscuridad” –la negación de la paz- que amenaza el corazón del hombre bajo toda forma de pecado: egoísmo, violencia, codicia, poder, dominación, intolerancia, odio, estructuras injustas' La realización de la paz depende, en gran medida, del reconocimiento de que en Dios somos una sola familia humana. Esta paz se estructura mediante relaciones interpersonales e institucionales, apoyadas por un “nosotros” comunitario que implica un orden moral interno y externo. La paz es un orden vivificado por el amor: hace “sentir como propias” las necesidades del prójimo, participa a los demás de los propios bienes, y difunde la comunión de los valores espirituales. Descubre la realidad positiva de que todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y que está llamado a crecer y a construir un mundo nuevo. Esto es posible porque Dios mismo se ha encarnado y entrado en la historia, haciendo surgir una nueva creación. Jesucristo es el primer y principal factor del desarrollo integral de los pueblos y de la paz.
Es preciso construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía que presupone una escala de valores y bienes que se pueden estructurar teniendo a Dios como referencia última.El mundo político necesita el soporte de una nueva síntesis cultural que supere tecnicismos y armonice las múltiples tendencias, con vistas al bien común como conjunto de relaciones interpersonales e institucionales al servicio del crecimiento integral de los individuos y de los grupos. Requiere una reflexión científica que asiente las actividades económicas y financieras en un sólido fundamento antropológico y ético. Precisa una estructuración ética de los mercados monetarios, financieros y comerciales, que han de ser estabilizados y mejor controlados de modo que no se cause daño a los más pobres.
La ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia insinúa la condición de que el crecimiento económico se ha de conseguir a costa de erosionar la función social del Estado, los derechos y deberes sociales. Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados es el derecho al trabajo porque el desarrollo económico se hace depender de “la absoluta libertad de los mercados”, donde el trabajo es una mera variable dependiente de mecanismos económicos y financieros. El trabajo es un bien fundamental para la persona, la familia y la sociedad. Para salir de la actual crisis financiera y económica (que tiene como efecto un aumento de desigualdades) se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar la crisis como ocasión de discernir una nueva visión de la economía. El modelo económico que ha prevalecido es el de “la maximización del consumo individualista y egoísta”, dirigido a valorar a las personas solo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. No obstante, el verdadero éxito es el que se obtiene con el don de sí mismo –de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa– como manifestación auténtica del principio de gratuidad y de la lógica del don. El que construye la paz se configura como aquel que instaura –con sus colaboradores y compañeros, con los clientes y los usuarios– relaciones de lealtad y de reciprocidad, realizando la actividad económica como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras.
Pedagogía de la paz. Toda persona y comunidad están llamadas a trabajar por la paz. La paz es la realización del bien común de las diversas sociedades. Las vías para construir el bien común son también las vías a seguir para obtener la paz. Todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia. El papel de la familia como célula base de la sociedad es decisivo desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. La familia tiene como vocación natural promover la vida; acompaña a las personas en su crecimiento y las potencia mutuamente mediante el cuidado recíproco. La familia cristiana lleva consigo el germen del proyecto de educación de las personas según la medida del amor divino. En la familia nacen y creen los que trabajan por la paz, los promotores de una cultura de la vida y del amor. En la familia es donde se aprende la pedagogía de la paz.
Proponer una pedagogía de la paz presupone: a) Cultivar una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados; enseña a amarse; educar para la paz es vivir con benevolencia más que con simple tolerancia; supone una pedagogía del perdón porque el mal se vence con el bien y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama a todos sus hijos. b) Amar, defender y promover la vida humana en su integridad –desde su concepción, en su desarrollo, y hasta su fin natural– en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y trascendente; quien quiera la paz no puede tolerar los delitos contra la vida; cada agresión a la vida provoca daños irreparables a la paz. c) Defender la estructura natural del matrimonio como la unión de un hombre y de una mujer, frente a los intentos de equipararla –desde un punto de vista jurídico– con formas radicalmente distintas de unión que contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad; esta estructura está inscrita en la misma naturaleza humana, es común a toda la humanidad y se puede conocer por la razón. d) Promover la libertad religiosa de las personas y de las comunidades para que puedan testimoniar la propia religión, anunciar y comunicar su enseñanza, organizar actividades (educativas, benéficas o asistenciales) que permitan aplicar los preceptos religiosos, ser y actuar como organismos sociales (estructurados según principios doctrinales y los fines institucionales que les son propios), y mostrar los signos de identidad de su religión.
La pedagogía de la paz es un trabajo lento porque supone una evolución espiritual, una educación de los más altos valores y una visión nueva de la historia humana. “La vida en plenitud es el culmen de la paz”.