Dos maestras y un homeópata fundan en una pequeña ciudad argentina una fábrica para materiales de construcción alternativos y dan trabajo a desempleados.
La idea suena muy idílica, pero no para Dante Muñoz, un arquitecto y profesor de la Universidad de Buenos Aires.
La fábrica, ubicada en Lobos, una población de 30.000 habitantes, es una de las 35 cooperativas que Muñoz asesora en la provincia de Buenos Aires.
Su cátedra ha desarrollado ladrillos de plástico achatarrado mezclado con cal, arena y cemento.
El arquitecto no piensa solamente en los materiales: "En el Tercer Mundo, la protección del medio ambiente no tiene sentido sin que al mismo tiempo se pueda combatir la pobreza".
"Si desarrollamos materiales ecológicos, éstos no sólo deben disminuir el consumo de energía en la vivienda o proceder de materiales reciclables.
Deben ser baratos y a la vez generar puestos de trabajo como medio para combatir el hambre", añade.
Negocio "social"
El arquitecto y su equipo concibieron el modelo de la fábrica social: ayudan a desempleados a montar talleres y a iniciarse en el mundo del trabajo sin capital propio.
Las empresas forman una red, y cada cooperativa nueva recibe materiales en lugar de crédito; la cooperativa puede venderlos y devolverlos posteriormente a su "acreedor" cuando inicia su producción.
Las maestras Leticia Moreno y María Cristina Valsechi y el médico Marcelo Michi compraron dos máquinas viejas para prensar chatarra y ladrillos.
Dado que necesitaban material plástico para la producción, hicieron un trueque: la fábrica pone a disposición de una escuela ladrillos para construir un gimnasio.
A cambio, los alumnos ayudan a recoger basura.
"La gente recoge residuos porque ve lo que hacemos con ellos", explica Moreno.
En el taller, que desde marzo se convirtió en fábrica, ya se han almacenado tantos residuos que se podrían cubrir casi 50 hectáreas.
En los Lobos, los alumnos tocan el timbre de las casas y reparten bolsas de recolección.
Los ladrillos convencionales para construir una vivienda de 42 metros cuadrados cuestan $480 (unos ¢195.360). Pero, en el caso de los ladrillos reciclados, el cliente sólo debe abonar $173.
En el futuro, la fábrica también convertirse en un centro cultural.
Además, pronto dispondrá de un laboratorio ecológico móvil para controlar la calidad del agua y del suelo en los barrios humildes.