La vista citadina - y principalmente llena de cemento - que se abría ante el balcón, hubiera sido suficiente para propiciar una velada romántica, pero esa noche el futbol desvió la atención hacia los televisores.
Los trajes de tonos conservadores eran escasos y en su lugar los colores rojos - típicos de los partidos- , se ventilaban disimuladamente por el bar Terranova.
Por aquí una camisa y por allá unos zapatos rojos, por todos lados los ojos dirigidos a los mismos lugares: las pantallas.
La posición estratégica de los televisores fue sin duda una ventaja que facilitó captar las miradas desde la posición más natural del espectador, o sea, sin dolor de cuello al final de la noche.
Entre ángulos de 90 grados - que son los que imperan en el bar, comenzó la acción del partido de la tricolor. Al ritmo de los pases y los saques comenzaron a correr también las bebidas, los comentarios de emoción y una figura femenina vestida de blanco que atendía a los clientes corriendo de un lugar para otro.
Los minutos apenas habían transcurrido, cuando un caballero moreno se acercó con un papel a preguntar si el número apuntado allí correspondía a la placa de nuestro carro. La búsqueda continuó hacia otras mesas dejándonos la tranquilidad de que alguien cuidaba nuestros vehículos.
Mientras en la barra se agrupaban quienes tenían más canas, más libras y menos pelo, en las mesas los grupos eran de jóvenes cuya falta de cabello era más un asunto de voluntad que de edad, aunque hay que reconocer que esa noche abundaron quienes hicieron de su cabello un adorno en la cabeza.
En el balcón se ubicaban algunas parejas, que a pesar de estar separadas del local por un vidrio, no perdieron el hilo del partido. Tampoco lo hicieron los más jóvenes que llegaron tarde y se agruparon en la entrada para presenciar el espectáculo de tacos sobre la gramilla.
Dosis de energía
Conforme transcurrían los minutos incrementaba la ansiedad que en nuestra mesa tomó forma de hambre. Un plato surtido de bocas fue la principal víctima de ella, hasta que el paladar se topó con algunos trozos de grasa disfrazados de chicharrones, que hicieron que el hambre adquiriera carácter vegetariano.
Envueltos en sudor, los vasos se deshidrataban y los minutos se estiraban en espera de un gol.
El juego llegó hasta el fin. En las pantallas los tacos se detuvieron empapados de nostalgia, pero en las mesas los vasos asumieron la responsabilidad de disimular el mal sabor del juego.
Los oídos se alegraron con los sones de Celia Cruz, Thalía y otras artistas, mientras los ojos se mantuvieron en las pantallas observando a las cantantes o algunas atrevidas modelos que sin ningún recato bailaban exitadas y con poca ropa.
La música continuó esa noche conectada a las imágenes de los televisores, conectada también a las mentes que luego de una fatigada jornada buscaban el descanso y la compañía del ocio.