Música: Adolphe Adam. Coreografía original: Jean Coralli y Jules Perrot. Libreto: Theophile Gautier y Vernoy de Saint-Georges. Escenografía y vestuario: Antonio López Mancera. Iluminiación: Víctor Flores. Montaje coreográfico: Laura Echevarría, Clara Carranco y Jorge Cano. Orquesta Sinfónica Nacional. Dirección: Enrique Patrón de Rueda. Compañía Nacional de Danza de México. Director: Cuauhtémoc Nájera. 17, 18 y 20 de abril en el Teatro Nacional.
Giselle es uno de los más fabulosos vehículos que poseen las bailarinas para mostrar aquello de lo que son capaces, tanto técnica como estilística e interpretativamente. Es además una prueba de fuego para cualquier compañía y cualquier director artístico.
La versión mexicana está basada en la que interpretó la cubana Alicia Alonso en 1943, o mejor, es la de Alonso con algunas modificaciones.
La Compañía de México presentó tres funciones con dos elencos diferentes. Sin duda, la interpretación más afortunada de Giselle fue la de Laura Morelos (17 y 20). Técnicamente, la suya fue una ejecución más clara que la de Tihui Gutiérrez (18), quien ni en el ensayo general (16), ni en la noche del viernes pudo salir airosa de las dificultades técnicas del rol. Sus problemas en la variación del primer acto fueron serios, no pudo establecer un ritmo adecuado ni equilibrio para sus balottés, produciéndose no sólo un angustioso tambaleo, sino un desfase con la música, que no pudo ser resuelto en toda la diagonal. Una pena. Para el II acto Tihui no pudo establecer una diferencia clara con la interpretación del I acto y el contraste entre ambos se perdió. Tal vez Giselle no es un rol al alcance de esta joven.
Laura Morelos, el 17, ofreció un digno primer acto suficientemente limpio y un II acto convincente. El II acto del domingo mejoró, fue más pausado, tranquilo, con mejor fraseo, más control del adagio y un mejor legato. Esta ejecución deja entrever amplias posibilidades para esta bailarina. Tiene espacio donde crecer, es sensible, habrá que ver su Giselle en un par de años. Ambos Albrechts, salieron convenientemente bien librados de su tarea. Aunque Jesús Corrales pareciera más fuerte técnicamente, ambos hacen un trabajo digno, necesitando los dos darle más realeza al primer acto y más nobleza al segundo.
La Myrtha de Guiselle Gómez, el jueves, fue la mejor, sin pretensiones y con aplomo sacó limpio un rol complejo y difícil. Sandra Bárcenas el viernes y el domingo tuvo problemas con sus arabesques pero pudo recuperarse y mostrar una Myrtha decente. Los roles de las dos Wilis siempre estuvieron a la altura. Lo mismo ocurrió con el resto de los personajes.
Giselle es un ballet donde nada tendría sostén sin un cuerpo de baile sólido y ahí radica la fuerza mayor de la Compañía Mexicana. El cuerpo de ballet hizo en las tres funciones un buen trabajo, siempre limpio, cohesionado y sumamente uniforme. Resalto aquí el trabajo del cuerpo de baile, el cuerpo de una compañía; sin él los ballets completos serían imposibles y el crecimiento de los solistas no podría producirse. Y es que, es en el cuerpo de baile donde los solistas pulen y mejoran su estilo y su disciplina de conjunto, su fraseo y su noción de espacio. Son poquísimas las primeras figuras que en el mundo del ballet no han estado aunque sea unos meses en el cuerpo de baile. Y este cuerpo de baile mexicano parece destinado a seguir creciendo. Con un promedio de edad de 22 y 23 años, el futuro del conjunto mexicano parece asegurado.
Ahora bien, la mayor debilidad de esta Giselle mexicana está en la versión que ejecutan, ya que esta incurre no sólo en arreglos o adaptaciones sino en mutilaciones, porque solo mutilación puede llamarse al hecho de que la variación de Giselle del segundo acto no esté ni musical ni coreográficamente completa. Cómo hubiera disfrutado viendo a Laura Morelos atacar la serie de arabesques al final de sus entrechats; con su aplomo, creo que hubiera producido una buena imagen de incorporeidad, tan requerida por este rol.
Y qué decir del juego de brazos de las Wilis frente a la tumba de Giselle antes de su aparición. Esa, con la escena de la madre de Giselle en el primer acto y la escena de los campesinos al inicio del II acto parecen las más groseras -por lo obvias- partes de todo el ballet; de este maravilloso ballet donde lo obvio y lo grosero no conjugan con el espíritu y menos con la plástica y el estilo romántico.