Quienes toman unos cuantos tragos y se desinhiben, bailan como nunca, o se ponen sentimentales, agresivos o temerarios, son bebedores que están abusando del licor, y corren el riesgo de caer en alcoholismo, si no aprenden a tomar con moderación.
Popularmente se dice que a esas personas les da el "guaro vaquero" o "guaro galán", pero, en realidad, lo que ocurre es que el alcohol altera el funcionamiento de su cerebro y los hace perder el control sobre su conducta.
En consecuencia, el bebedor puede incurrir en actos peligrosos, como sucedió el pasado 2 de noviembre en La Unión de Cartago, cuando un hombre que había ingerido licor en exceso chocó su automóvil, provocó una balacera, y mató a una persona.
Las pruebas de alcoholemia determinaron que él tenía 1.43 miligramos de alcohol en la sangre lo cual equivale a unos 10 tragos, pero el abuso de alcohol no necesariamente se relaciona con el consumo de grandes cantidades. Para algunos, por ejemplo, basta ingerir dos tragos para embriagarse y perder el control.
"La persona que abusa del alcohol está a un paso del alcoholismo, pero es difícil que lo reconozca porque la mayoría de los ticos no considera que la embriaguez sea un problema, sino que la celebran. De hecho, el consumo ocurre en ambientes sociales, con los amigos, y el que abusa suele presionar a los demás para que tomen con él", advierte Guiselle Amador, médica especialista en farmacodependencia y coordinadora del área técnica del Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA).
La advertencia cobra especial relevancia este mes de diciembre pues muchos celebran el fin de año con mucho alcohol. El abuso del licor representa una de las principales causas de accidentes de tránsito. También está presente en muchos episodios de violencia doméstica y homicidios.
Se estima que un 10 por ciento de la población nacional consume de forma excesiva.
Síntomas del exceso
El Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría , que se utiliza como base para valorar trastornos relacionados con el alcohol, establece tres grados en relación con el consumo: uso, abuso y dependencia.
El uso se refiere al consumo moderado que no causa repercusiones físicas, sociales, emocionales o conductuales en la persona. Como parámetro se incluye aquí a los bebedores que toman cuatro tragos, o menos, una o dos veces al mes; es decir, no más de ocho tragos o cervezas mensuales.
Quienes sobrepasan esa cantidad o empiezan a percibir efectos adversos, aún con un consumo inferior, ya incurren en el abuso.
Por lo general, asegura Amador, los primeros problemas se presentan en el ámbito familiar pues los padres, la pareja y los hijos del bebedor son los primeros en sufrir las consecuencias de sus excesos. Después comienzan los conflictos en el trabajo.
"Son los típicos bebedores de fin de semana, que se embriagan viernes y sábados, pasan enfermos el domingo y, el lunes, llegan tarde a trabajar porque apenas se están recuperando. A pesar de las consecuencias, días después vuelven a hacer lo mismo porque ya empezaron a perder el control", señala Amador.
El siguiente paso es la dependencia, que no se define por la cantidad o frecuencia del consumo, sino por la pérdida de control sobre lo que se ingiere, la necesidad de tomar cada vez más, y un patrón de recurrencia en el que la persona intenta en varias ocasiones dejar de tomar, sin lograrlo. Estos son síntomas del alcoholismo.
"Los alcohólicos desarrollan una dependencia física que les hace sentir la necesidad de tomar, aunque sepan que el alcohol les hace daño. Además, tienen una preocupación constante por el licor y presentan síndrome de abstinencia cuando intentan dejar de consumirlo", explica Luis Sandí Esquivel, médico especialista en psiquiatría y exdirector del IAFA.
Niveles de tolerancia
¿Por qué ciertas personas muestran una conducta explosiva o experimentan cambios drásticos en su conducta, aunque ingieran una cantidad relativamente reducida de alcohol? Según Sandí, esto puede estar relacionado con la estructura cerebral de la persona, con su temperamento, o con los problemas emocionales.
Al parecer, las personas que han sufrido algún trauma craneal pierden el control con mayor facilidad cuando están bajo los efectos del alcohol. "Por ejemplo, el uso de fórceps durante el parto puede causar un daño cerebral que altere el temperamento del niño", dice el médico.
También hay casos de personas que tienen conflictos emocionales muy reprimidos, los cuales afloran de manera violenta cuando se pierde la capacidad de controlarlos por causa del alcohol.
"El alcohol desinhibe lo que estas personas reprimen mientras están sobrias. Por eso, cuando toman, se tornan violentas, lloran, hacen cosas que jamás harían en condiciones normales, e, incluso, adoptan actitudes vulgares o soeces que ofenden o agreden a otros", añadió.
A juicio de Sandí, cualquier persona que pierde el control de su conducta cuando ingiere alcohol debe aceptar que tiene alguna alteración y que debe dejar de beber.
Por su parte, Guiselle Amador considera que algunas personas pueden aprender a moderar el consumo del alcohol, sin necesidad de dejarlo. Para ello, dice, es necesario tener en cuenta el peso, la edad y el sexo de la persona, para determinar cuáles son sus límites. (Vea recuadro Consumo limitado ).
"En España y otros países se han hecho programas basados en la moderación, que han tenido gran éxito y lograron disminuir la cantidad de accidentes de tránsito. En Costa Rica se ha intentado aplicar esto, pero algunos sectores se han opuesto", advirtió la médica.
Ante esto, parece que la responsabilidad queda en manos de cada persona, para evitar que lo que comienza como una celebración, termine en una tragedia.