Ana María Parra A.
Si las campanas no suenan, aquí no pasa nada. Eran las 7 p. m., y el parque principal de Liberia parecía un hormiguero. En el quiosco casi todos los abuelos llegaban y se sentaban en sus orillas, mientras en los teléfonos públicos la fila era larga, la chiquillería tenía ocupados los poyos y la "niñería" corría de un lado a otro jugando a perseguirse. "¿A qué hora es el baile? Diay, ya están atrasados" se comentaban de poyo a poyo dos señores mayores.
Es que aquí, si las campanas no suenan ¡no pasa nada! Y las campanas hablaron: a las siete y unos minutos el talán talán desde la iglesia anunciaba que la misa había acabado, entonces ¡sí!, hora de acción.
Ni lerdos ni perezoso, los muchos integrantes de la Marimba Orquesta Maribel, toda una leyenda en Guanacaste, estaban con saxos, dos marimbas, timbales, batería, bajo, cencerro y voces principales prestos a tocar. Un presentador explicó lo que sucedería: "vamos a revivir el baile del peseteado, vamos a recordar los grandes salones de El Mango, Sardinal, Santa Cruz, Nicoya, Hojancha y Nandayure. Vamos a imaginar que estamos en La Reynalda y que esos mecates son los tablones de dos pulgadas que delimitaban el salón". Así fue, las Fiestas Cívicas de Liberia 2005 terminaron oficialmente el domingo y lo hicieron, por primera vez en su historia, recreando el baile que unos 35 años atrás, o más, era el centro de diversión de los jovenzuelos guanacastecos de aquel entonces.
La Reynalda ya no existe, tampoco el Yomalé, pero aquella noche de domingo la explanada que existe entre el parque de Liberia y la iglesia católica volvió a ser, por unas horas, como aquellos salones.
Un rectángulo de mecates hizo las veces de los tablones, y las aceras y las gradas de la iglesia eran las sillas y mesas. Para cuando el baile arrancó estaban repletas de adolescentes, niños, adultos y abuelos.
El baile del peseteado de aquella noche fue a beneficio de la Escuela de Enseñanza Especial Adelita Muñoz y la mecánica, recordando los viejos tiempos, fue la siguiente: las parejas tocaban la pista y maestras de la escuela se acercaban con un gran pañuelo tomado por las puntas -como si fuera un saco- y el caballero, por ser caballero, depositaba unas monedas. Billetes no, solo "menudo" se aceptaba en este baile, como antes, cuando en La Reynalda o en el Yomalé debían pagar una peseta (25 céntimos ya extintos) para bailar un par de piezas.
¡A pista! .Yo te invito a bailar, yo te invito a gozar, gozar, con el baile del polvo que nació en Villarreal la la la la la, con esa media cumbia arrancó la Marimba Orquesta Maribel y así, frente al gentío todavía tímido, don Jesús Salazar Ramírez se tiró a pista. Él solito bailaba y todo el mundo lo miraba, él solito y sus 64 años de edad.
Almidonados y compuestos estaban casi todos los que llegaron al baile, sobretodo la gente mayor.
Un par de piezas más y se escucharon aplausos desde las gradas de la iglesia: la primera pareja salía a bailar, y era un paso doble. Eran don Modesto Miranda Jiménez y su esposa Flor Alburola Baltodano, maestros pensionados, liberianos y buenos bailarines. Aquello era como estar en el pasado.
Poco a poco se fue sumando la gente y en un abrir y cerrar de ojos, la callejuela estaba casi llena. Parejas y grupos de niños bailaban cumbiones, sones, y pasos dobles. Eugenia Valderomar y Julio Sotela; Marielos Espinoza Caravaca y Luis López Santana; Antonio Medina y su hija Givell y hasta Mario Alberto y Ana Ligia, dos estudiantes de la escuela especial anfitriona del baile, fueron tan solo algunas de las muchas parejas que a la calle se tiraron y a mover el esqueleto se afanaron. La Marimba Orquesta Maribel cedió micrófonos para otro buen representante de la zona, Pikín y La Nueva Sétima y así llegaron muchas más cumbias y otras canciones alegres.
Pleito, pleito. De repente entre los bailarines aparecieron hombres con sus sombreros de sabaneros y mujeres con su amapola en la cabeza, su blusa de un solo vuelo y faldas típicas de sencillas flores. Bailaban en parejas bien animados; de repente uno de los galanes se acercó a otro y de un empujón lo mandó a volar. Sin ninguna demora se sacaron los sombreros que azotaban con furia contra la calle como dos gallos de pelea que se muestran las espuelas.
Las mujeres intervenían y hasta un policía se metió para separar a los varones. Por unos minutos se armó el caos, pero era fantasía; se trataba de un pleito recreado por el grupo cultural La Iguanita.
Así era en aquellas épocas, y público y policia se fueron de "güichos". Luego le llegó el turno a las mujeres Iguanitas, ellas también se agarraron de las mechas, pero todo fue de mentirillas.
Música para acá, música para allá, Liberia seguía bailando entre cumbias y danzones, pasos dobles y muchos otros sones. A las 9:30 de la noche el baile, así en plena calle estaba de lo más y mejor. Las fiestas de Liberia se despidieron horas más tarde cuando a las 12 medianoche el cielo se llenó de luz gracias a bombetas y pólvora.