El animal más bello del mundo era una depredadora de hombres; los atisbaba, los acosaba, los cebaba en su cubil y los engullía con el deleite de una leona en celo.
Como una diosa griega, Ava Gardner combinó su divinidad con las pasiones humanas. A ratos era distante e inaccesible; de repente podía enamorar y enamorarse, emborracharse como un pirata y portarse como una callejera.
El esclavista de estrellas y magnate de los estudios MGM, Louis Mayer, le pagaba $50 semanales y afirmaba: “No sabe actuar, no sabe hablar, pero es magnífica.”
Emergió del sumidero en que la tenían relegada y filmó 57 títulos, la mayoría para el olvido, pero solo necesitó diez para convertirse en un mito viviente. Forajidos (1946); El gran pecador (1949); Mundos opuestos (1949); Pandora y el holandés errante (1951); Magnolia (1951); Las nieves del Kilimanjaro (1952); Mogambo (1953); La condesa descalza (1954); 55 días en Pekín (1963) y La noche de la iguan a (1964).
Nació y se crió en una plantación de tabaco en Carolina del Norte (1922); arrolló su primer cigarrillo a los cinco años; a los ocho fumaba como una chimenea, a los 18 no sabía si ser actriz o secretaria y nadie apostaba a que esa puritana sería el máximo símbolo erótico de la Babilonia del cine.
Libre, temperamental, enérgica, aventurera, promiscua y apasionada protagonizó broncas por dondequiera que paseó su escultural cuerpo; lo mismo retozó con celebridades que con “macarras”, gitanos noctámbulos y toreros'sí'muchos toreros.
Su ebúrnea piel deslumbraba; tenía unos ojazos verde esmeralda; pómulos prominentes, boca ancha y sensual; un cuerpo firme y fuerte: se movía con la insolencia de una gata y la gracia de una bailarina. Su presencia encrespaba la presión sanguínea, erizaba los vellos y generaba una frenética ansiedad sexual.
“Era una mujer inquieta, atormentada, que corrió sin rumbo por la vida buscando la felicidad en un amor que nunca pudo encontrar” escribió el periodista Joe Hyams, en la revista Look.
La vida privada de Gardner suplantó a la del celuloide; utilizó a los hombres como simples juguetes de placer y, a pesar de las decenas que tuvo, ninguno logró llenar su soledad, incapaces de comprender una mujer más fuerte que ellos.
Ava era Venus
Admiraba a los hombres, sus cuerpos, sus risas, su fragilidad y los adoraba en la cama. Nunca fue mujer de uno solo, pero tampoco era que tenía una cuadrilla de amantes.
Envuelta en un laberinto de pasiones se casó tres veces: sus esposos fueron Mickey Rooney, Artie Shaw y Frank Sinatra; pero hubo muchos más que se extraviaron en las curvas y ángulos de su cuerpo de ninfa: desde el millonario Howard Hughes hasta el cómico Walter Chiari, pasando por el torero Luis Miguel Dominguín.
Era solo una quinceañera cuando entró en “shock” al ver a Clark Gable quitarse la camiseta en Sucedió una noche (1934) y lo amó platónicamente, sin saber que el destino se lo pondría a bocajarro como su galán en Mogambo.
Recién llegada a Hollywood, en 1941, conoció al diminuto Mickey Rooney, el eterno héroe adolescente que todas las madres soñaban como yerno. Él filmaba Hijos de la farándula y estaba disfrazado de Carmen Miranda, con pestañas postizas, enaguas, sujetador, sandalias y los labios pintados de rojo. De inmediato le pidió una cita pero ella lo rechazó y este la bombardeó con rosas y orquídeas, cenas, cócteles y regalos, según narra el escritor Mario Ordóñez en el libro Beberse la vida.
La carne es flaca. Se casaron en 1942 y el matrimonio acabó al año, aunque Ava reconoció que solo duró 15 días. Gardner quería un marido tierno pero Mickey vivía rodeado de una corte de aduladores. El divorcio le dejó 25 mil dólares, un auto, joyas y varios abrigos de piel.
La consoló el multimillonario Howard Hughes, al que solo le interesaban cuatro cosas: el dólar, la aviación, el cine y las mujeres tetudas. Una noche se enteró de que Ava la pasó bailando con un torero mexicano y le dislocó la mandíbula de un derechazo; ella ripostó y le rompió una estatua de bronce en la crisma. Como reconciliación, Hughes le regaló un Cadillac y un barril lleno con helado de naranja. A las patadas, duraron 20 años.
En el interín conoció al músico Artie Shaw, que tenía a cuestas cuatro divorcios, uno con la tempestuosa Lana Turner. Shaw le endulzó el oído y le dijo que era la mujer más perfecta que había conocido. Se fue a vivir con él y destapó la olla de los grillos. En Hollywood no se valía “vivir en pecado”. Presionados por los cotilleos pasaron ante el juez en 1945 y fueron de luna de miel a Nueva York, solo porque el músico actuaba allí.
Ava solo había leído un libro en su vida Lo que el viento se llevó , y Artie decidió ser el Pigmalión de la granjera. La matriculó en clases de literatura, economía, música clásica y la sentó a leer libros y más libros. Tres veces por semana debía ir a consulta con un psicoanalista; la humillaba frente a sus amigos y era un maníatico que no soportaba verla descalza.
Al año, antes que la anulara como persona, Ava presentó la demanda de divorcio, recuperó su apellido de soltera y renunció a los bienes de Shaw.
Ya conocía a Frank Sinatra porque fue el amante de su amiga Lana Turner. Este la impresionó con su voz “como un atardecer hermoso o un coro de niños cantando villancicos.”
Se casaron en 1951 y duraron seis años de gritos y besos; cada uno juraba ser el amor del otro, pero apenas se soportaban, cuenta Kitty Kelly en A su manera , una biografía de Sinatra.
Era una deslenguada. Una vez un periodista le preguntó por qué estaba casada con “ese enano de 50 kilos”. Ella respondió que Sinatra tenía tres kilos de peso y “47 de pene”.
Sinatra era un insufrible que envidiaba el éxito de Ava, gracias al cual pagaba todo, hasta los regalos que este le hacía tras cada descomunal pleito. Aunque se divorciaron en 1957 siguieron siendo buenos amigos y Frank pagó el millón de dólares que costaron los tratamientos médicos de Gardner en 1986.
Al parecer estuvieron a punto de tener un hijo pero Ava decidió abortar en Londres. Tiempo después reconoció: “Si hubiese tenido un hijo, al menos tendría una persona a la que amar, sin temor a separaciones o fracasos. Estuve tentada de adoptar un niño. Si no lo hice fue por temor a no saber educarlo.”
Frustrada por su fracaso con Sinatra desembarcó en España en 1954 y ahí montó un carrusel de amantes que incluyeron cantaores, bailaores de flamenco y toreros.
¡Oooléee!
Yno de ellos fue al que más amó: Luis Miguel Dominguín.Verse y desearse fueron uno solo. Ava solo obedecía a sus instintos. De acuerdo con Antonio D. Olano en Dinastías, era celosa, posesiva, insaciable y brutal. Luis Miguel la aporreó dos veces.
Dominguín nunca se creyó la suerte que tuvo con la Gardner y la dejó en la cuneta para casarse con Lucía Bosé, madre de Miguel Bosé. Ava marchó a Pakistán para filmar Destinos cruzados.
Para olvidar al diestro tuvo un romance con el boxeador y cómico italiano Walter Chiari, pero este nunca pudo aceptar que ella no era suya y que solo Ava Gardner podía poseer a Ava Gardner. Chiari había sido novio de Lucía Bosé.
Antes de Dominguín le sacó varias suertes a Mario Cabré, poeta, actor y “mataor”. Ava escribió en sus memorias: “me desperté y ahí estaba Cabré, que no resistió las ganas de contarlo a los cuatro vientos.” Ella lo dejó como un trapo viejo y lo tildó de idiota, egoísta, cínico y oportunista.
Sus fiestas en el Palacete La Bruja le granjearon fama de devoradora de hombres, que arrastraba a su alcoba a quien le gustara, ya fuera el “botones” del hotel o un desprevenido parroquiano.
En el plató de La Biblia ligó a George C. Scott y ambos compartieron la pasión por el licor; cuando estaban de buenas eran puros “apapachos”, pero de malas Scott la apaleaba.
Tuvo una aventura de tres meses con Robert Taylor, el Lancelot de Los Caballeros del Rey Arturo (1953), que estaba casado con Barbara Stanwyck, aunque distanciados porque lo habían sorprendido a la entrada de un lupanar.
Ava vivió a salto de cama. En sus correrías amorosas mantuvo relaciones simultáneas con Peter Lawford, Mel Thorme, Fernando Lamas y John Huston. Alternó con Turhan Bey, el cantante Billy Daniels y el abogado Greg Bautzer.Su último año, 1990, lo pasó sola en Londres, paseando a su mascota Morgan, viendo caer las hojas en un parque y al cuidado de su fiel empleada Carmen Vargas.
Apuró la vida a tragos, como los martinis que tanto le gustaban. Paseó su vida por el mundo de los sueños, para comprobar que los sueños'sueños son.1