Estamos viviendo como nación una situación similar a la que se presenta en el film de Buñuel “El ángel exterminador”. En dicha obra un cúmulo de parejas de clase alta llega a una cena en una casa elegante, pero las cosas no transcurren armoniosamente y los conflictos afloran con creciente intensidad; cuando hastiados de la situación pretenden salir de la casa no pueden hacerlo: una fuerza extraña impide entrar o salir.
Ante la falta de salida, los conflictos aumentan. Al borde de la desesperación, después de muchos intentos fallidos por salir y varios hechos de violencia criminal, uno de los participantes llama a la calma y les pide a todos volver a la mesa y colocarse donde se habían sentado en un inicio. Lo hacen y se rompe el hechizo que los mantenía aislados y pueden salir de la casa.
Apegados al pasado. Como nación nos sucede algo parecido, nos apegamos a las soluciones del pasado y nos cuesta reconocer los nuevos caminos institucionales que se abren. Ante los problemas sociales e institucionales crecientes repetimos recetas aparentemente radicales, pero que, en vez de aliviar la situación, contribuyen a profundizar la crisis que vivimos.
En el mundo contemporáneo las cosas están cambiando vertiginosamente no solo en el ámbito de la tecnología dura, sino también en el de la organización y gestión. No hemos sabido tomar nota de cómo estos cambios exigen ajustes del sistema institucional y, ante la dificultades crecientes, en vez de ajustar el sistema y reorientar la gestión con una nueva visión, seguimos “dándole coces al aguijón”.
Acostumbrados, como hemos estado dentro del viejo ordenamiento, a resolver problemas con el régimen de derecho, el control administrativo y la economía nos olvidamos que son medios para lograr el fin buscado y no un fin en sí mismo; que son disciplinas que deben integrarse en la vida sociopolítica y no actuar por separado. Existen para servir a la sociedad no para ser servidos por ella. Cada uno es un medio no un fin en sí mismo, cuando se convierten en fines se transforman en desviaciones que alteran el sistema. Las más frecuentes en nuestro medio son las legalistas, economicistas y administrativistas-moralistas que conducen hacia un callejón sin salida.
Las desviaciones legalistas y moralistas tratando de resolver los problemas con más leyes y reglamentos han creado una tramitología enmarañada donde florecen intereses de los mandos medios y la corrupción. La desviación economicista que reduce los problemas del desarrollo a la inversión, especialmente extranjera, opera dentro de un marco sociológico simplista donde el factor humano se reduce a dos categorías “ganadores” y “perdedores”, deja por fuera las inversiones sociales, indispensables en esta época de alta tecnología.
Desviaciones. Estas desviaciones presentadas como soluciones mágicas a los problemas nacionales distraen la percepción pública del agotamiento del sistema institucional existente y retrasan los cambios necesarios. Pero estas desviaciones no son casuales ni tienen necesariamente un origen perverso, aunque son aprovechadas por oportunistas y corruptos, se encuentran enraizados en nuestra cultura. Provienen de los modelos organizacionales del mundo de pequeñas y medianas empresas tradicionales en que nos forjamos los costarricenses. En este universo familiar y artesanal los controles se ejercen fundamentalmente sobre las personas y los procedimientos y no sobre los resultados y procesos sistémicos, como se hace en las grandes empresas modernas. Por eso, cuando hay problemas serios en el funcionamiento del Estado costarricense, recurrimos a intensificar los controles sobre las personas y procedimientos. Solo que como estos ya no funcionan o tienen alcances muy limitados, ponemos nuevos niveles de control y creamos más plazas para los controladores de los controladores. Se trata de un círculo vicioso que estrangula cada vez más la gestión pública hasta llevarla a su paralización. Esta situación no cambiará mientras no se agote el viejo paradigma, haciendo evidente la naturaleza de la nueva realidad.
En la campaña electoral pasada, el tema de la reforma institucional estuvo ausente. En la prensa nacional muy pocos analistas como Cerdas, Meoño, Saborío y el suscrito nos referimos al tema y nuestras críticas y propuestas solo generan un silencio incómodo. ¿Estarán maduras las condiciones para encontrar la salida hacia el futuro o tendremos que desgastarnos aún más probando las viejas recetas? Al fin de cuentas “el objeto capacita”, lo que significa que la realidad terminará por imponerse y generar una nueva organización institucional, pero ¿cuál será el costo económico y político si no tomamos previsiones oportunamente?