Cada vez que doña Albertina lava la ropa, la dobla bien y la guarda en su ataúd. A don Evaristo le pasa diferente. Por la noche, antes de irse a dormir, le echa un ojito al féretro que tiene en un cuarto de su casa, para asegurarse de que las gallinas no volvieron a hacer nido en él.
Don Gustavo, en cambio, no tiene problemas con gallinas ni ropas. El ataúd que él mismo construyó, cuelga de las cerchas del techo y, cada vez que puede, lo lija y lo limpia para que esté listo cuando llegue la hora.
A estos tres vecinos de Upala, Alajuela, la muerte no los asusta, mucho menos cuando se trata de la suya propia. Desde hace algunos años, guardan en algún rincón de su vivienda el ataúd donde serán enterrados el día que emprendan su viaje al más allá.
Por precaución, comodidad y hasta ahorro, decidieron adelantar el trámite, realizar por su cuenta una compra que a otros les puede resultar muy difícil, pero que ellos hicieron con la naturalidad de quien va a la pulpería.
Un compañero
Hace más de una década, cuando su padre murió, a Albertina Guerra Oporta, se le clavó una espinita. Fue una muerte tan repentina que no les permitió tener nada listo. El cuerpo debió esperar todo un día en la morgue mientras los dolientes iban de Upala hasta Liberia en busca de un ataúd.
“Me quedó la idea de que si sucedía algo así conmigo, iba a ser un problema. No padezco de nada, pero ya a uno viejo, en cualquier momento le llega la hora. Desde ese día, me dije: ‘cuando yo muera, ya voy a tener preparado todo, para que no haya necesidad de que alguien esté corriendo o molestándose’ ”, recuerda.
Buscó a un amigo carpintero y le hizo el singular encargo. “¿Es que te vas a suicidar, mujer?”, le preguntó en son de broma, antes de comenzar la tarea. Ya había hecho varios antes –aunque ninguno con tanta antelación– así que, en cuestión de días, construyó un cofre en madera de roble por el que cobró ¢60.000.
El precio le pareció justo a Albertina, quien fue personalmente a recogerlo. Desde entonces lo guarda en la sala de su casa, como un mueble más que la ha acompañado vaya donde vaya.
Primero vivió en San José de Upala y hace unos años se mudó a una humilde casita de madera en Bijagua. Junto con la ropa, ollas y mascotas –una perrita blanca y un gallo pinto–, cargó su ataúd.
“Desde 1980 me separé de mi esposo y, a mis 69 años, me manejo sola, como hombre y como mujer”, asegura.
Hoy, el fino cajón de roble ocupa el centro de la sala. Si bien ya cumplió más de diez años, está en perfecto estado. Un mantel de algodón lo protege del polvo y le da la apariencia de una mesa gigante, aunque, por ahora, no es mesa sino ropero. Bajo la tapa, Albertina guarda cobijas, sábanas, paños y algunas prendas que usa de vez en cuando.
“El ataúd no tiene forro, y ¿para qué? ¿Sabe dónde tengo el forro listo? Allá arriba en el cielo. Porque si no tuviera a Jesús en mi corazón, sería un desastre. No sé por qué tanta gente se preocupa tal vez por la plata, por el estudio; pero donde va el rico, va el pobre y el estudiado”, sentencia.
Poco a poco
Hace ocho años que Gustavo Shión Alemán comenzó a construir un ataúd y aún no lo termina. Cada vez que puede, lo sacude y lo vuelve a colgar del techo de su casa. Fue también hace ocho años que Gustavo se despertó a mitad de la noche. Quiso levantarse para ir al baño y el mundo le dio vueltas.
A la mañana siguiente, esperó solo el bus y se fue para la clínica, en Upala. Lo inyectaron y le dijeron que no tenía nada, pero desde entonces su vida no es igual.
“Cuando tenía tres años de edad, mis padres me trajeron de Nicaragua para Méjico de Upala. Mi papá me enseñó carpintería con un serruchito y desde chavalo la he pulseado duro; hacía casas de madera, muebles y embarcaciones”, asegura.
Antes lo llamaban de muchos lugares para que ayudara en la construcción, pero esos tiempos pasaron. Ahora, con 82 años, vive solo en su ranchito y pocos lo buscan; sobrevive con una pensión de ¢70.000 y algunos trabajos en madera que logra vender. Cree que la enfermedad le ha ido ganando terreno, mas no le teme a la muerte. “Esta cajita la comencé hace tiempo, la hice para negociarla y se me fue quedando. Ahora con mi estado de salud, me dije: ‘Esta es para mí’ ”, afirma con voz pausada. Mientras llega la hora, el féretro de cedro espera cerca de la cocina. “Falta lijarlo y barnizarlo. Supongo que habrá que darle una sacudida cuando se vaya a usar”, añade.
El quinto ataúd
“Yo pagué a hacer cinco ataúdes y cinco bóvedas, y las tuve listas durante 15 años. Fue un gran ahorro: los dos ataúdes me habían costado ¢25.000 y las bóvedas, ¢250.000. Los usamos con mi mamá, mi señora, una hermana, un hijo. Hará unos cinco años que murió el último y ahora solo me queda esa cajita que ve ahí”.
Apenas termina de hablar, don Evaristo Rodríguez Rodríguez señala con los labios el cajón de cedro que guarda en un cuarto de su casa. Como, poco a poco, la vida fue dejándolo solo, el viejo recinto es ahora una especie de bodega. Ahí, entre cajas, muebles dañados, sacos plásticos y gallinas que se cuelan por las hendijas para hacer nido, el quinto ataúd aguarda bajo una alfombra.
“Solo lo tengo preparado. Ya llegué a 85 años y tal vez alcance los 90, porque siempre me dicen que estoy con toda la pata”, dice.
Llegó a Upala en 1948, cuando no había más que siete casas. Fue agricultor, ganadero y cazador. Aunque le sobrevive una hija, hace un lustro que se “la juega solo”. Cocina lo que se come y paga para que le limpien la casa y le laven su ropa. La muerte no lo inquieta, y vive tranquilo y sonriente, porque “‘la cajita’ es un ahorro para cubrir los gastos el día que Dios me llame”.