El “meneillo” vespertino del pasado Jueves Santo me hizo recordar que pronto se cumplirán 100 años del terremoto que desmembró y despobló a Cartago, la vieja señora que a principios del siglo XX conservaba cierto garbo arquitectónico y la alcurnia de haber sido capital de Costa Rica.
Cartago no era ajena a los terremotos. Vivía sacudida casi permanentemente, sin hablar de los fundados temores que inspiraban los volcanes Irazú y Turrialba con sus erupciones. Dos veces antes, en septiembre de 1841 y en mayo de 1851, las fuerzas sísmicas se habían ensañado con ella y la habían dejado en ruinas.
Para el tercer terremoto, según testimonio de la época, se habría necesitado la pluma de Edgar Allan Poe relatando el horror. Faltaban pocos minutos para las siete de la noche del 4 de mayo de 1910 cuando se sintió el sismo, estimado entre 7 y 7,9 grados en la escala de Richter. La duración fue de 16 segundos, tiempo suficiente para que Cartago se viniera al suelo y su población, calculada en 13.000 habitantes, se redujera en unas 700 almas. Halley. El año de 1910 no había comenzado en Costa Rica bajo los mejores auspicios. El paso del cometa Halley tenía atemorizada a la desinformada población costarricense. La gente dio rienda suelta a su “pensamiento mágico” cuando a principios de abril Halley comenzó a aparecer en el cielo junto con Venus durante varias madrugadas luminosas.
Como para dar razones de peso a los alarmistas, el 13 de abril se inició una “temporada” de temblores que puso a trabajar horas extras al Observatorio Nacional. El fuerte temblor de ese día hizo sonar campanas y paró relojes en las iglesias. Muchos edificios se cuartearon o cayeron, con el respectivo contingente de damnificados. Un creciente nerviosismo se apoderó de todo el país. Circulaba ya el dato de que el 8 de mayo nuestro planeta y la cola del cometa estarían muy cerca, lo cual acarrearía mayores desgracias. ¿Castigo divino? Cuando el 4 de mayo la tierra vuelve a temblar con fuerza inaudita, solo faltan cuatro días para las ceremonias de traspaso de poder de Don Cleto González Víquez a Don Ricardo Jiménez Oreamuno. Las “voces del odio” de la época alientan el desconcierto. Afirman que el terremoto es “castigo divino” para el país que eligió a un anticlerical como Jiménez.
El llamado “Brujo del Irazú” entablaría la primera de sus tres presidencias con el trauma emocional y económico de la destrucción telúrica, de manera parecida al reciente caso del nuevo presidente de Chile.
Olvidando sus antagonismos políticos todavía humeantes, González Víquez y Jiménez Oreamuno se apersonaron en Cartago sin esperar mucho. Recorrieron a caballo las zonas de mayor desastre, que ya comenzaban a atraer a familiares de los afectados, muchos curiosos, y una buena dosis de saqueadores sin escrúpulos.
Don Cleto tenía un interés particular en el tema. Se encontraba terminando su estudio sobre Temblores, terremotos, inundaciones y erupciones volcánicas de Costa Rica, que publicaría ese mismo año con la imprenta Alsina. El Presidente saliente trató de tender un cordón sanitario y limitar el libre tránsito hacia Cartago, pero las medidas no tuvieron el efecto deseado. ¡Y volvió a ser! Fue así que Don Ricardo, con la motivación especial de ser oriundo de esa provincia promovió, como uno de sus primeros actos de gobierno, un decreto que suspendía el orden constitucional en territorio cartaginés, decreto que fue ratificado rápidamente por el Congreso.
Como resultado, el rescate de Cartago fue confiado a un grupo de personas que actuó bajo un régimen militar de excepción. Este programa abarcó campamentos de refugiados, sistemas de centinelas, de sanidad e higiene, limpieza, servicio eléctrico, carreteras, administración, cocina, orden y seguridad y construcciones, entre otras actividades propias de compañías militares. También se instaló un tranvía para acarrear escombros y un equipo especializado conformó una sección dinamitera que hizo volar los edificios más dañados. Listo. “Se puede afirmar que al 31 de diciembre de 1910”, comenta el historiador Franco Fernández Esquivel en su entretenida y bien ilustrada obra Terremoto (Uruk Editores, 2008), “Cartago no tenía ningún edificio en ruinas, las calles estaban limpias y muchas de ellas con mayor amplitud y debidamente rectificadas, y la mayor parte de los cartagineses contaban con una infraestructura que les permitía edificar sus nuevas casas y los edificios públicos necesarios”. Ocho meses fueron suficientes'
La reconstrucción de Cartago no quedó tan bien documentada visualmente como su destrucción. Varios de los mejores fotógrafos de la época, como Harrison Nathaniel Rudd y Amando Céspedes Marín, así como el profesor Alberto Rudín, tomaron sus cámaras el 5 de mayo de 1910, caminaron hasta Cartago o abordaron el tren para capturar la macabra devastación sufrida por la Vieja Metrópoli. Algunos ilustradores también hicieron su aporte. (Véase ilustración más arriba).
Es muy probable que Rudd, quien rondaba los 70 años, se haya hecho acompañar en Cartago por sus dos jóvenes aprendices, Manuel Gómez Miralles y Fernando Zamora. Poco después del terremoto Rudd se regresa a su Estados Unidos natal y Gómez Miralles abre su primer estudio a fines de octubre de 1910, dando inicio a su variadísimo archivo de casi 50 años de vida costarricense, en el que figuran reportajes de otras tragedias nacionales.