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Aunque casi dos décadas después de la cirugía, Rosario es una estudiante universitaria de 28 años, comunicativa, vanidosa y alegre, para ellas sigue siendo la morenita de ojos saltones que les enseñó a luchar por la vida.
María del Rosario Rodríguez Segura nació con una malformación congénita en el hígado y desde sus primeros meses de vida padeció las consecuencias del mal funcionamiento de ese órgano.
Sufría una insuficiencia hepática que provocaba una mala irrigación de la bilis. La baja estatura y el color amarillento de su piel, así como la inflamación del rostro y el estómago fueron síntomas tristemente usuales para ella durante casi toda su infancia.
Como profesional en medicina que es, la madre de
“Todos los que tenían esos síntomas hacían cáncer, y ella no fue la excepción. Tenía tumores desde los seis años; fue muy difícil, pero yo no quería que le hicieran una biopsia. Si se hubiera sabido que tenía cáncer, posiblemente no la hubieran operado. El doctor me dijo: ‘Su hija va a morir de cáncer, porque no soportaría un tratamiento de quimioterapia’. Le dije que Dios hace las cosas perfectas y yo sabía que mi hija iba a vivir”, recuerda la médica general.
Ya el destino le había dado un duro golpe. Su segunda hija también vino al mundo con varias malformaciones y solo sobrevivió unos meses.
La pérdida de esa pequeña motivó a toda la familia a luchar con más fuerza por la vida de
Sobrevivió varios años enfrentando las dificultades de su padecimiento –retención de líquidos, inflamaciones, piel escamosa, comezón y poca movilidad–, hasta que, en 1992, un examen médico le diagnosticó una muerte pronta y segura.
Fue entonces cuando la familia de Rosarito comenzó una campaña maratónica para lograr que a su hija se le hiciera un trasplante hepático.
La principal opción era realizarle la cirugía en Estados Unidos, pero para ello necesitaban recaudar $170.000 (unos ¢25 millones de aquella época) .
Comenzaron con pequeñas alcancías y afiches que colocaban en pulperías o locales comerciales en pueblos vecinos.
“Si salía a hacer un mandado, le pedía a la gente que me topaba que, por favor, llevara una foto de
Aunque tenían todas las buenas intenciones del mundo y se toparon con almas realmente caritativas, en los primeros seis meses de la campaña, solo lograron reunir ¢500.000, un poco más de lo que habían gastado en papelería y gasolina.
Lejos de desanimarse, el nombre de la niña comenzó a oírse con fuerza más allá de San José y la televisión se convirtió en la mejor vía para alcanzar la millonaria meta. Los programas del doctor Abel Pacheco, las transmisiones de toros y los conciertos de reconocidos artistas, prácticamente hicieron suyo el lema “Ayudemos a
“Toda la familia se involucró en la campaña y recorrimos muchos rincones del país, pegando afiches y dejando alcancías. Fuimos a programas de televisión, conciertos y partidos de futbol; en cuanto evento público había, ahí estuvimos. En la romería recogimos tantas monedas que se quebró el chasis del carro en que íbamos; en las corridas de Zapote, logramos hacer ¢2 millones en una noche”, recuerda la doctora.
Gracias al gran corazón de los ticos, en solo cuatro meses las alcancías de la campaña se llenaron, y en febrero de 1993,
Habían alcanzado su primera meta; no obstante, faltaba la más importante, y la espera para que apareciera un donante de hígado se extendió dramáticamente.
“Como pasaban los meses sin que hubiera un donante, yo le di la mitad de mi hígado el 1.° de junio, pero no funcionó, el organismo hizo un rechazo total. El 4 de julio, el doctor me dijo que estaba agonizando, que fuera a verla por última vez. Me negué a hacerlo; le dije que Dios me había dicho que todo iba a salir bien. Sonó el teléfono y le aseguré que esa llamada era para avisarle que habían encontrado un órgano y así fue”, cuenta doña Rosario.
Esa tarde de julio,
La operación fue todo un éxito, pero varias horas después, los médicos tuvieron que intervenir a la niña para controlarle una hemorragia, algo que, sin imaginarlo, marcaría su vida.
“Le colocaron un teflón para sostener el tejido del hígado, eso provocó un absceso y hubo necesidad de darle tratamiento con antibióticos hasta que se lo retiraron, pero ya sus oídos se habían dañado seriamente”, explica la doctora.
Aunque apenas empezaba su adolescencia cuando perdió más del 80% de audición, Rosario logró adaptarse para llevar una vida normal desde entonces. Se convirtió en una experta en leer los labios y, con ayuda de un audífono, logró comunicarse con las demás personas.
Se graduó de la escuela y sacó el bachillerato mediante la educación abierta. Estudió estética, computación, diseño de páginas
Ahora está dedicada a tiempo completo a universidad. Va a clases tres veces por semana; sin embargo, su condición especial la obliga a retrasar un poco su futura graduación.
“Estoy en el tercer cuatrimestre, pero me faltan algunas materias, porque solo tomo los cursos prácticos o de laboratorio, y los teóricos los dejo para después, para cuando pueda escuchar conferencias o clases magistrales”, afirma la joven bajita.
La alegre josefina está en la lista de los posibles receptores de un implante coclear en el Hospital México. Tanto ella como su familia aseguran que, de ser elegida para la cirugía, su vida será otra. “Va a poder oír la televisión, la misa, una conferencia... Hoy su mundo es entre ella y un interlocutor. Con el implante, se abrirá a todos los sonidos a su alrededor”, razona doña Rosario.
Vive en su casa de siempre, en San Antonio de Desamparados, con su madre y su abuela, doña Albertina.
Desde hace seis meses, es novia de David Mora Arroyo, un joven esparzano que conoció en un curso de computación y con quien comparte otra de sus grandes pasiones: el cine.
Casi dos décadas después de la operación, los problemas de Rosario se limitan a la aparición de esporádicas alergias o males estomacales. Además, debe tomar diariamente pequeñas dosis de Prograf (FK-506), que ayudan a que su organismo no perciba al hígado como un cuerpo extraño.
Aún muestra –con la fuerza de siempre– su gran afición por las mascotas. Ya no tiene a aquel famoso pollo blanco que fue parte de la campaña de televisión, y que regalaron años después a una vecina, pero tiene en su casa a dos perros, dos gatos, un conejo blanco y varios periquitos de amor.
Debajo del maquillaje y la ropa de moda, conserva también la mirada pizpireta que tenía en su infancia; mas los años han pasado y hoy son poquísimos los que la reconocen en la calle.
A pesar de ello, guarda en su corazón el agradecimiento eterno para las miles de personas que, con una moneda o dos, hicieron posible un milagro en la vida de aquella niña llamada