Desde que era un travieso cachorro de seis meses, Milagro estuvo amarrado por un cable de electricidad que no llegaba ni a los dos metros de largo.
Cuando este hermoso perro de herencia lupina (posiblemente Alaskan Malamute o Husky) creció, el cable no lo hizo, y lentamente se encarnó en su cuello, algo como una decapitación lenta.
Durante casi dos años, Milagro sobrevivió atado bajo el sol, la lluvia y el viento. Quienes pasaban cerca de él, le daban la espalda. Parecía que el mundo no tuviera ningún interés en él. Pero un día, una mujer muy singular cambió su vida.
Lilian Schnog, la presidenta de la Asociación Humanitaria para la Protección Animal (AHPPA) recibió una llamada telefónica, en la que alguien denunciaba el caso de crueldad animal.
Al llegar al sitio, Schnog y su equipo se encontraron con un cuadro patético: un perro blanco, moribundo y semimutilado. Lo montaron en la ambulancia desnutrido, con el cuello en carne viva y casi incapaz de caminar, pues tanto tiempo sin poder moverse le había atrofiado los músculos.
En Costa Rica, existen muchos Milagros. Pero el maltrato perpetrado por ciertos seres humanos en contra de incontables animales ha tenido el poder de desvelar algo extraordinario: otros seres humanos, principalmente mujeres, dedican sus vidas, casi siempre sin remuneración alguna, a corregir tales abusos y a mejorar la calidad de vida de los animales
Con pocas excepciones, las organizaciones que velan por el bienestar animal revelan el mismo patrón una y otra vez. Se trata del liderazgo de una o varias mujeres –muchas de las cuales son extranjeras– en el ámbito de los esfuerzos nacionales por transformar la calidad de vida de los animales. Y los resultados están a la vista.
Muchos las califican de locas, pero ellas afirman que su misión trasciende lo que otros puedan pensar y decir de ellas.
Mujer pionera
La historia nacional de la protección animal no podría escribirse sin incluir el nombre de Lilian Schnog, una holandesa de 62 años que llegó a Costa Rica hace más de 20.
Schnog vino al mundo en Curazao y, desde pequeña, ella y sus hermanos acostumbraban rescatar animales de la calle.
Cuando llegó a Costa Rica, Schnog se llevó la grata sorpresa de que su casa quedaba a pocos kilómetros de uno de los escasos albergues de animales que entonces había en el país.
“Yo no soy muy religiosa, pero hay un Dios, porque mi casa estaba a solo 5 ó 10 minutos de este refugio”, sostiene Schnog. Empezó a trabajar como voluntaria en el refugio de San Rafael de Heredia –que igualmente fue fundado por otra mujer extranjera–, dando de comer a los animales, peinándolos, limpiándolos y ayudando a colocarlos en hogares, como mascotas adoptadas.
En 1991, transcurridos cinco años de trabajar ahí y después de la muerte de la fundadora, la Sociedad Mundial para la Protección Animal descontinuó su respaldo económico al albergue.
La medida impulsó a Schnog a comprar el refugio haciendo una gran inversión personal. Así, en 1991, formó la Asociación Humanitaria para la Protección Animal de Costa Rica (AHPPA).
Desde entonces, la AHPPA, bajo el liderazgo de Schnog, ha logrado ampliar la infraestructura del refugio, cuenta con el único crematorio del país para animales, y tiene tres veterinarios contratados a tiempo completo.
Los esfuerzos de la AHPPA también abarcan la castración en comunidades de muy bajos recursos.
No obstante, utilizan una estrategia diferente a la usada en los refugios en Estados Unidos. Para dejar a un animal, las personas deben pagar los gastos del mismo. “Aquí la gente ya no quiere al animal porque nació un bebé; no quieren al animal porque tiene garrapatas; no quieren al animal porque está enfermo. El dueño del animal debe asumir responsabilidad por él”, lamenta Schnog.
Claro está que mantener el refugio tiene un costo elevado y la AHPPA ha tenido que echar mano de mucha creatividad para hacer frente a los gastos.
Durante años, han realizado cenas elegantes cuyas entradas se vendían a elevados precios. Doña Lilian y el resto de los miembros de la junta directiva, cocinaban y asumían los costos de los platillos que servían a los invitados; todo de su bolsillo.
La AHPPA ha liderado los rescates en zonas de desastre. Después del terremoto en Cinchona, fueron de los pocos que ingresaron con helicóptero, incluso brindando transporte a funcionarios del Servicio Nacional de Salud Animal.
En su propiedad, Schnog tiene nueve perros, sesenta conejos y seis vacas, pero ha soltado a numerosos animales silvestres. “Mi esposo aguanta y sabe que es mi pasión, y sí acepta que yo esté haciendo esto, aunque no es fácil. Él sabe que esto es mi vida”, añade.
En abril, Schnog recibió un reconocimiento en Las Vegas, Nevada, por parte de la Sociedad Humanitaria Internacional. Reconocieron su dedicación a mejorar las condiciones de los animales en Costa Rica. Es la primera vez que un representante de nuestro país gana este premio.
Los más necesitados
También Karin Hoad se ha dedicado a los animales toda su vida. Cuando vivía en Estados Unidos, su país de origen, trabajaba tanto con animales domésticos, como silvestres.
Hace tres lustros, Karin, de 69 años, y su esposo Robert Hoad, llegaron a Costa Rica con la intención de ayudar: querían fundar una escuela ambiental para trabajar con niños y animales.
Pero su trabajo abarca mucho más: poseen un refugio para los animales más necesitados del país.
“No aceptamos a cualquier callejero. Aquí solo llegan los que están en muy mal estado: los que están ciegos, las hembras embarazadas, los cachorros, animales que tienen sarna y los más viejos”, especifica Hoad.
El proyecto de esta pareja, Animales de Asís (Francisco de Asís es el patrón de los veterinarios y de los ecologistas), ya tiene casi diez años de existir y alberga a más de 60 animales.
Hoad describe su trabajo como uno principalmente administrativo: atender el teléfono, llevar a los animales a la Escuela de Medicina Veterinaria de la Universidad Nacional (donde asisten a muchos de los animales que se hospedan con ella), y organizar en eventos para obtener fondos.
Sin embargo, es una administradora poco usual.
A la par de su escritorio, hay una casita de plástico con una perra recién parida y numerosos cachorros. A la vuelta, se divisa un perro mal herido en proceso de recuperación.
Y cada vez que Hoad atiende a un visitante en la puerta, la sigue una perrita ciega que se llama Shirley. Siempre tiene a su lado a aquellos animales que requieren una supervisión constante.
Los demás están en uno de los dos edificios, a unos 75 metros, recibiendo atención médica por parte de alguno de los tres médicos veterinarios que allí trabajan.
Al igual que la mayoría de las asociaciones protectoras, Animales de Asís subsiste a punta de donaciones, y por lo general, estas son limitadas.
“Lo más difícil es decirle ‘no’ a la gente, que ya no hay campo para más animales. Pero poner demasiados en una jaula es un riesgo para los demás”, lamenta Hoad.
Esta pareja no tuvo hijos, pero sí los acompañan 14 perros y un gato. Y algunos de estos duermen con ellos por las noches.
“Estamos acostumbrados a que ellos pasen largos ratos dentro de la casa, como parte de la familia que son”, dice la mujer.
Hoad considera notorio el cambio que se ha venido dando en el país en los últimos años.
Según explica, cuando ella llegó, los perros deambulaban sin correas en las calles y en muchos lugares ni siquiera se podía conseguir alimento.
“Ahora, hay mucha gente que los ama”, opina Hoad con una sonrisa.
Proyecto de hogar
Patricia Artimaña Miescher vive en una pequeña casa rural en Piedras Negras, en el cantón de Mora. Ante la pregunta de si vive sola, se ríe...
No exactamente.
Todas las mañanas, cuando se levanta a las 5 a. m., la esperan sus “bebés”. Son 68, cada uno tiene cuatro patas, y todos son adoptados. La totalidad de ellos estaba en la calle antes de conocerla.
Aparte de los canes, tiene cinco caballos, un cabro, un conejo, una chancha y muchas aves, desde chompipes y patos, hasta gansos. Ella asegura que, “con tiempo y campo, una se deja llevar”.
No queda duda: Artimaña es una amante de los animales.
De nacionalidad francesa, llegó a Costa Rica hace 13 años para trabajar con una organización internacional.
De inmediato, la situación de los animales en el país le saltó a la vista y se apoderó de su corazón.
Todo empezó con un perro; luego llegó otro y otro más. Al pasar el tiempo, decidió fundar formalmente una asociación para recaudar fondos. La llamó El Arca de Noé.
En principio, su idea fue establecer un refugio para animales callejeros y maltratados.
Pronto, la fama de “la señora de los perros” corrió por la comunidad, y en vez de llegarle de dos en dos, le comenzaron a llover de diez en diez. El diluvio de animales le inundó la propiedad hasta que ella se percató de que era insostenible.
En múltiples ocasiones, le dejaron hembras embarazadas en la entrada de su propiedad y una vez le botaron un saco con 18 cacharros adentro.
“Yo pensé que recogiendo perros estaba ayudando, pero más bien empeoraba la situación. Ahora me doy cuenta de que eso fue un error”, reconoce Artimaña, quien ha llegado a la conclusión de que los albergues de animales le dan una salida fácil a los dueños irresponsables y tienen un efecto contraproducente.
“La castración y la educación son lo único que controlarán la sobrepoblación. Pero mientras la gente cambia, necesitamos rescatar perros porque, de la noche a la mañana, no se va a arreglar el problema”, justifica.
Ella ya no recibe animales, pero da alternativas a las personas que le piden auxilio, por ejemplo, les sugiere las actividades de adopción o les facilita el proceso a través de sitios web.
Son las mismas opciones que utiliza ella para intentar disminuir la población animal en su hogar.
Porque alimentar 68 bocas no es barato... Por un tiempo, algunas compañías productoras de comida para perro le donaban alimento, pero hace un tiempo descontinuaron la asistencia.
Cada mes, Artimaña invierte más de ¢300.000 de su sueldo solo para alimentar a los perros.
Mas el cuido que da a sus “bebés” no se detiene ahí. Artimaña tiene contratada la ayuda de Melvin Polanco Rodríguez, quien, a sus 24 años, procura satisfacer las necesidades de higiene y alimentación de los animales. Todos los perros son cepillados tres veces por semana y bañados cada dos meses.
Igualmente se asegura de atender las necesidades sociales y afectivas de las mascotas. Artimaña destaca que lo más importante en los refugios es pensar en el bienestar animal y no en la comodidad de los humanos.
En su propiedad, los animales tienen un espacio amplio para desenvolverse y muchas mesas y sillas donde se pueden trepar, y así reproducir la jerarquía que tanto caracteriza a estos animales en la naturaleza.
Los animales no viven por un lado y ella por el otro. Viven juntos. Y revueltos. “Me gusta tenerlos en la casa porque, en especial a los perros, que son dependientes de los humanos, necesitan el calor de la casa y necesitan ser sociables al momento de la adopción. Requieren de espacio para desarrollar sus hábitos naturales”, recalca Artimaña.
Cada uno de los animales tiene su nombre, y ella los recuerda todos, sin siquiera tenerlo que pensar dos veces... Blacky, Wanda, La Mimi, La Tutti, La Gigi, Berny, Bianquita, y un largo etcétera.
Pero el trabajo de Artimaña va mucho más allá del refugio personal. Los fines de semana organiza campañas de castración en zonas aledañas.
Quienes la conocen bien, aseguran que lo de ella es un amor genuino hacia los perros, algo que puede comprobarse con solo visitar su residencia: por falta de afecto, besos y abrazos, no pueden quejarse esos animales.
“Esa mujer, por un perro, da la vida”, asegura Melvin Polanco, quien recuerda la vez que una serpiente terciopelo mordió a uno de los perros. Era cerca de la medianoche y Artimaña salió corriendo para intentar salvarle la vida. Volvió de la clínica veterinaria en la madrugada, con las manos vacías. Para ella, no era solo uno más.
“Es mi misión en la vida. Yo voy morir cuidando perros”, sonríe Artimaña, quien, según relata su papá, tiene la misma pasión desde que empezó a caminar: “”Juntaba a todos los animales que se encontraba”.
El compromiso es ayudar y yo, desde pequeña, lo disfruto mucho. ¿Para qué dejar de hacerlo?”, agrega ella.
Herencia canina
Es muy probable que, al entrar en la sala de Gisela Vico Pesch, le llamen la atención los juguetes de perro que hay por doquier, así como muchas las camas y seis cobijas bordadas con nombres curiosos: Dominó, Kiwi, Samba, Jade y Bolincha.
Sin embargo, con solo recorrer en compañía de un sinfín de cuadrúpedos la distancia que separa al portón principal de la puerta de la casa, es fácil adivinar a quién pertenecen todos esos accesorios. Los ladridos no dejan lugar a la confusión.
Dominó es un perro de 12 años que abruma con su inmenso tamaño. Ahora es un animal regordete con un hermoso pelaje café. Pero no siempre fue así.
A Dominó lo rescataron en octubre del 2006 en la orilla de un riachuelo que pasa cerca del Parque de la Paz. Podían contársele todas y cada una de sus costillas.
Durante el primer mes de recuperación, comía hasta cinco veces al día, pues su sistema digestivo estaba colapsado. Hubo que purgar su cuerpo de bolsas, trapos, piedras y cuanta basura pasó por ese río.
E historias como esta se repiten una y otra vez. A Samba la tiraron de un carro cuando estaba embarazada. A Jade la quemaron con agua hirviendo. Y a Bolincha la rescataron de la negligencia de sus dueños, quienes tenían a decenas de perros encerrados en un cuarto pequeño, donde las feroces peleas y la alimentación insuficiente conducía a que incluso los animales se comieran entre ellos.
Vico lleva a los animales en la sangre. Los siete perros que posee actualmente (el cachorro recién llegado aún carece de una cobija propia), son una cantidad muy conservadora de mascotas en comparación con las que tiene su hermana, que son 20. O su mamá, dueña de 25.
Mas la adopción de perros es solo una parte de lo que esta mujer de 34 años hace por los animales.
Siendo una adolescente, en 1990 Vico empezó ofreciéndose como voluntaria en la Asociación Nacional Protectora de Animales (ANPA).
Siguió colaborando ahí mientras cursaba su carrera de Derecho, y su dedicación desinteresada con la causa pronto la llevó al puesto de presidenta de la Asociación, cargo que ejerce desde 1999.
Aparte de ayudar con la asesoría legal y con denuncias por maltrato o tenencia irresponsable, Vico invierte buena parte de su trabajo en recoger fondos para la organización, desde donaciones individuales, hasta empresariales. También trabaja con el equipo de ANPA en temas de castración y educación, el fuerte de la Asociación desde que tomaron la decisión de cerrar el refugio, al considerar que no resolvía la raíz del problema.
Además, escribe artículos para la revista de la Asociación y elabora folletos con fines educativos.
Vico dona su tiempo y su trabajo a la organización y, en este ámbito, es reconocida ampliamente en escala nacional como protectora de animales y como una mujer totalmente comprometida con dicha causa.
Distintos enfoques
El movimiento en favor de los animales en el país ha crecido a brincos y saltos en los últimos 15 años. El aumento en la cantidad de organizaciones y asociaciones dedicadas a estas labores así lo demuestran.
No obstante, no todas comparten las mismas estrategias y enfoques para enfrentar el reto.
Olga María Rodríguez Herrera tiene casi 20 años de trabajar internacionalmente con la Sociedad Mundial para la Protección Animal (WSPA, por sus siglas en inglés), en temas de educación.
Ella y su equipo de trabajo en la Asociación Promotora del Bienestar Animal, también han apostado por la educación y capacitación de personas de todas edades.
“Nuestra labor principal no es recoger perros. Si las personas que capacitamos tienen esa intención, los asistimos encantados. Pero lo principal es educar para la convivencia respetuosa con todo tipo de animales”, manifiesta Rodríguez.
Mientras tanto, la Unidad Especial de Rescate y Protección Animal (Uespra) se dedica a atender emergencias de rescate de toda clase de fauna; recibe denuncias de maltrato y prevención.
La Uespra es una de las pocas organizaciones a cargo de un hombre. Su presidente y fundador, Édgar Castrillo, atribuye su activismo al hecho de que ha logrado desarrollar su sensibilidad de una manera que no siempre se promueve entre los varones.
“Soy de los pocos hombres líderes en el movimiento por la protección animal y he trabajado con muchas mujeres. Pero no se trata de características de género, sino de educación. Me he librado del machismo y he participado en esta lucha junto a las mujeres”, añade Castrillo.
La Asociación Preservacionista de Flora y Fauna (Apreflofas), a cargo de su presidenta, Angerline Marín Alfaro, trabaja en educación ambiental, aunque también participa en investigación e incidencia política.
Tampoco faltan los esfuerzos regionales, como los que realiza la Asociación Pro Rescate Animal de Puntarenas, que promueve la castración en las comunidades de esa provincia.
En Internet, la estudiante de arquitectura Karla Cedeño, de 21 años, planteó, administra y financia un sitio de ciberadopciones (www.adopcionescr.com), que ofrece información e imágenes de perros que están buscando hogar.
Por ahora, el variado abordaje de estas organizaciones en cuanto a la protección de los animales converge en un mismo punto: el económico.
Las organizaciones humanitarias han sufrido por la furia de la crisis y luchan por encontrar donaciones, casas adoptivas y hasta casas-cuna.
Entretanto, Lillian Schnog insiste en que todo el tiempo que se invierta o esfuerzo que se haga, valen la pena.
“Mucha gente pasó por la vida sin saber por qué estaba aquí. Yo necesito sentir que Dios me puso aquí por algo. Aunque yo solo aporte una gotita, creo que los animales en Costa Rica tienen una mejor vida”.