ESTE TORO NO ES DE LIDIA ni de monta: es, definitivamente, de aventura. Y, con 120 metros de caída libre, lanzarse en el rappeling (descenso en cuerda) de la catarata Toro Amarillo es un viaje excitante que cualquiera desearía hacer.
Más que una belleza silvestre, el embudo natural que encierra la catarata del río Toro es un purificador de almas. Entre el bosque, el clima juega todas sus cartas: sol, sombra, humedad, lluvia... Quienes llegamos desde una ciudad, olvidamos aquí los problemas del trabajo y las tensiones del estudio.
La catarata está en los Bajos del Toro, dentro del Parque Nacional Juan Castro Blanco, y se abre como un libro natural en el bosque húmedo. El ambiente de paz que abraza a los visitantes de esta zona del cantón de Valverde Vega es matizado por el constante golpear de las aguas al precipitarse sobre las rocas.
La catarata es la joya de este joven parque (nacido en 1992). Las cabezas de agua caen como una lluvia de plata entre un manto verde que esconde especies animales como el quetzal, el pavón, el armadillo, el tepescuinte, la danta y el mono cariblanco.
Manos al mecate
Una vez que recibimos las instrucciones de seguridad, iniciamos una caminata entre los bosques para llegar hasta la base de operaciones. Junto a un guindo se ubican Ricardo Hernández y su equipo de trabajo (cinco jóvenes de la Asociación de Búsqueda y Rescate).
"Una mano va tomando la cuerda frente a sus cabezas; la otra debe estar detrás, diagonal a la cintura. De esta última depende la velocidad con que bajen del peñasco", explica uno de los guías.
Nudos de todos los tipos y formas van y vienen. Cascos, arneses, cuerdas, comunicaciones por radio, descensos de prueba y una repasada final de las instrucciones tranquilizan el ambiente, en especial a los primerizos.
Las cuerdas utilizadas para llegar a suelo firme se amarran a fuertes árboles y, por medio de un arnés, son unidas a los exploradores. Se dispara una bengala roja y cruza los cielos del Toro dando el gran aviso: el equipo de descenso está listo.
Con todo en su lugar, nada más falta el paso definitivo para así, de un solo salto, matar la ansiedad, el temor o las dudas: ¿qué sentiremos al bajar asidos de una larguísima cuerda?
De pronto, los pies se despegan de la tierra y, en cuestión de segundos, estamos colgando. Colgamos a 100 metros del suelo: la vista de la catarata y su entorno es sencillamente alucinante. No se necesita nada más; estamos en el lugar correcto. El aire fresco y el panorama de la zona entran al torrente sanguíneo para desplazar las inseguridades de las que éramos presas.
Mientras se baja, tres guías situados estratégicamente (al principio, en el medio y al final) supervisan que todo marche en orden. La forma en que se coordina el equipo durante la bajada, hace el bajar más confiable y placentero. "Lo ideal es que hagan el descenso despacio para que disfruten de todo lo que se ve desde arriba", comenta Hernández.
Al tocar tierra, se escuchan comentarios muy similares entre sí: "Es muy tuanis porque es completamente diferente de lo que se hace con regularidad. Además, corre la adrenalina y se vive una experiencia diferente. ¡Lo volvería a hacer!", afirma Gabriela Garro, de 18 años. Por su parte, Anaité Álvarez confiesa que el estar en contacto con la naturaleza la motiva a practicar el rappeling siempre que tiene la oportunidad.
Terminadas las emociones, a pocos metros de la llegada está el último reto: 700 escalones de un empinado sendero nos aguardan para llegar hasta donde todo comenzó. Pero usted no se preocupe porque dicho trayecto está diseñado para que todas las personas lo terminen y, además, nos espera un delicioso almuerzo con comida tica en el restaurante Catarata del Toro. Excelente desenlace para esta historia de emociones.
En fin, si usted es de los que no descansan buscando deportes extremos, la catarata Toro Amarillo es la próxima cita en su agenda. Una última recomendación: si usted no ha practicado el rappeling, ¡hágalo! (el consejo no lo toman quienes lo hicieron: estamos seguros de que se volverán a colgar).