José Sanchís Sinesterra es, sin duda, todo un personaje. Bajo, sexagenario, "cafeínomano" y con el humor en la punta de la lengua. Este dramaturgo y director valenciano se explica él y explica su vida como si se tratara de la trama de alguna de las tantas obras que tiene en proceso.
Sanchís estuvo en el país la semana pasada, protagonizó charlas, conferencias y el taller inaugural del ciclo Una mirada dramatúrgica , auspiciado por el Centro Cultural Español. Viva le pidió que se explicara.
¿Ser dramaturgo se convierte en un drama?
Tiene sus dramas, claro, y quizás el mayor es el de no poder controlar el destino final de sus textos. El dramaturgo, como todo creador, tiene la idea de comunicarse con su público de manera inmediata pero, en el teatro, la transformación a la que directores, actores y tantos otros someten el texto puede hacer que el resultado no se parezca, en nada, al que uno imaginó.
Varios directores sostienen que el mejor autor es el que está muerto; varios dramaturgos como usted no resisten la tentación de convertirse en directores y hacerse cargo hasta el final de sus propios textos ¿Cree que sea posible resolver el conflicto director-autor?
Ese conflicto es la vida misma del teatro. Resulta fundamental y creo, además, que es irresoluble. La situación se agrava con los directores y actores vedette que intentan robarle el show a la palabra.
Usted defiende el teatro de autor pero ¿se puede, realmente, hacer teatro al pie de la letra?
La literalidad, al pie de la letra, como tu dices, es imposible porque las palabras y no solo en el teatro contienen solo la mínima parte del sentido. La totalidad de los significados está mediatizada por quién dice las cosas, y por cómo, dónde y a quién se las dice.
"Sin embargo, yo insisto en el respeto al rigor del libreto teatral, porque creo en la doble naturaleza del texto dramático, no solo la naturaleza escénica, sino también la literaria".
Pero, hablando del teatro como literatura, el asunto es más grave porque se imprime poco y se vende menos...
Y se lee mal.
¿Mal? ¿Cómo se debe leer el teatro?
Es difícil porque, entre otras cosas, existe una escasa educación en cuanto a la lectura de un texto dramático.
"Un lector ideal es un director en potencia. Tiene que tener cierta experiencia como espectador de teatro y ser capaz de imaginar escenas porque, así como en las novelas el referente es el mundo y se utilizan indistintamente los tiempos (pasado, presente y futuro), en el teatro el referente es el escenario y las acciones transcurren en un presente, en un perpetuo movimiento".
¿Entonces, el teatro no tiene futuro?
Que va... futuro tiene muchísimo, sobre todo en una sociedad como la actual que está cada vez más mediatizada, pues es fundamental que la gente acuda a un lugar, se reúna con otra gente, se cuestione, se emocione, sea testigo y aplauda o critique lo que está ocurriendo.
Es decir, que la gente vaya al teatro como si fuera a una reunión política...
Sí, para mí la actualidad es algo artificial, creada por los medios de comunicación, por quienes fijan qué debe o no saberse. "Yo no me puedo quitar la irritación que me produce el devenir de la sociedad, por eso busco hacer un teatro poco gratificante, que obligue al público a cuestionarse, a desconfiar, a leer entre líneas.
"Mis obras buscan siempre circunstancias que están un poco fuera del espacio y el tiempo, para hablar de una circunstancia actual. Desde este punto de vista, creo que el teatro sigue siendo potencialmente subversivo".
Hablando de sus obras:Sangre lunar, que usted leyó en nuestro país, comparte el argumento conHablé con ella, la última película de Pedro Almodóvar ¿qué puede contarnos de esta coincidencia?
Yo comencé a escribir la obra en 1996, basado en una noticia periodística que me impactó: una muchacha de 19 años, guapa, inteligente, quien por un accidente quedó en estado de coma irreversible.
"Los padres se empeñaron en mantenerla en vida vegetativa durante 10 años y un día se dieron cuenta que estaba embarazada. Alguien la había violado.
"En el año 2000 terminé el texto y alguien me cuenta que esta historia es parte de la película que Almodóvar iba a filmar. Igual no creo que pase nada porque presumo que mi texto también va a estar en estado de coma por un tiempo. Le veo un futuro dudoso porque no creo que le interese ni al teatro estatal ni comercial, y las salas alternativas no tienen medios para escenificarla tal como la escribí. De pronto, lo que me va a crear esta coincidencia es incomodidades en las entrevistas que me hagan... ya buscaré alguna frase ingeniosa para este embrollo".
Usted, además de director y dramaturgo, es maestro de autores ¿qué y cuánto enseña en cada uno de sus talleres?
-Yo no imparto talleres sino que los comparto. En mi familia hay una gran tradición pedagógica y cuando yo entré a la universidad a estudiar filosofía ya hacía teatro. De pronto descubrí a los teóricos del teatro y me di cuenta de que el teatro era también pensamiento. Quedé maravillado y, muy caradura, con solo 20 años, fundé el aula de teatro en la Facultad de Filosofía.