Es Sábado Santo, y la noche, grande, húmeda y vacía, nos invita a cenar en cualquier sitio. El único problema es que la belleza de un San José desierto, animado por fuerzas invisibles, tiene un alto precio. San José se vuelve un fin en sí mismo: no hay a dónde ir.
Por cultura y por suerte, los chinos parecen los únicos que se mantienen a salvo de los rigores de nuestra idiosincrasia y, aun en Semana Santa, abren sus negocios y exhiben sus menús como banderas de diferencia religiosa.
La pureza gris de la ciudad sumada a la ilusión de una cena con palillos, aunque solo sea para presumir, es razón suficiente para abrir la ventana del auto y dejarse ir sin necesidad de saltar.
De todo lo que se puede probar o aprobar en las inmediaciones de La Sabana, está Flor de Loto, el restaurante chino al que llegamos esa noche. En la puerta, una mujer nos invita a pasar. El restaurante, más apacible que el estanque de un monasterio, conserva el rumor ciego de actividades de cocina, de cubiertos que se rozan, de vapor bajo las ollas.
Con el salón vacío es más difícil acomodarse, así que nos sentamos donde cae la luz, en una especie de escenario para dos. Todo lo que nos rodea es una imagen conocida: mesas para cuatro, manteles rojos y decoración en serie. Saber que uno llega al lugar que imaginó tiene sus ventajas: una de ellas es que no pierde el tiempo conversando sobre el paisaje y va directo al grano, lo cual siempre aumenta las ganas (de comer).
Más allá del wantán
En general, uno tiende a pensar cosas muy generales, y sucede con la comida china. Sin embargo, una de esas generalidades es fundamental para asistir con ánimo al banquete: la comida china es buena por principio pues tantas personas no pueden estar equivocadas.
Mientras, al otro lado del mundo, más de mil millones de seres sueñan con el plato de comida que estamos a punto de pedir, el mesero se acerca con una discreción felina y pronto regresa con té de jazmín y limonada.
Si por error uno llega a creer que, en cuestiones culinarias, China es una sola, basta con abrir el menú de Flor de Loto para confirmar que no. Durante unos 15 minutos, nos quedamos flotando entre las páginas, con centenares de versiones de arroces, camarones, cerdos, pollos y verduras, en tal cruce de posibilidades que pronto los pollos comienzan a tener tallo y los cerdos altísimas dosis de vitamina A.
Finalmente, aparcamos en dos entradas: calamares con vainicas chinas y una porción de tacos chinos. De rigor. Aprovechamos la presencia del mesero para ser aconsejados sobre los platos fuertes, pero nuestra indecisión es tal que el mesero está a punto de tomar asiento.
Un plato de camarones al vapor con verduras, repleto de colores y bambú, es suficiente para mí. Un trozo de lomito cuyo jugo arde todavía sobre el sartén de hierro, es suficiente para mi partenaire, quien sigue mirando el menú en actitud sospechosa.
Todo llega, vuela y se va, pero hay un orden racional de los recuerdos: la exquisita salsa de los calamares, el punto ideal de las vainicas chinas, el exceso de grasa de los tacos chinos, la hiperabundancia rural de los platos fuertes.
El banquete fue tal, que nos quedamos sin postre. Sin embargo, el deber también es una fuente de conocimiento inesperado porque, de esa noche, recuerdo sobre todo la compañía.