Archivo

África mía, África de San Pedro

EscucharEscuchar

Viajero. No había terminado de bajarme del taxi cuando ya el oído sabía que algo diferente pasaba en el Jazz Café. Sí, cada lunes, por la serie Mundoloco, aquel lugar del refinado blues y jazz se pone casi tribal, pero esta vez era diferente, un poco más profundo. No se trataba de latinos retomando escuelas ajenas, era un propio africano mostrando lo que conoce por derecho y lo que por derecho le corre por las venas: la tradición africana que le es natural a Badu N’Diaye, tan natural como ser de Senegal. Con toda propiedad puede decirse que sabe lo que es ser tribal, un conocedor de los misterios del antiguo Imperio Malinke. Él, con toda causa de sangre, porta sus ropas africanas y a media lengua –el español parece que no es su fuerte, mejor mastica el italiano– logró el lunes en el Mundoloco demostrar que la música sí que no necesita de palabras. Con el show de Badu N’Diaye y sus tambores de Senegal –lo acuerpan algunos ex-Amonsulú– este hombre bajito y de fuertes brazos logró que la gente -varios extranjeros incluidos- tomara el Jazz Café como una pista y bailaran tan descalzos como el mismo Badu lo hace al tocar. Más que un jolgorio, aquello era un trance, una especie de fiesta-ritual donde el cuerpo, y especialmente las piernas, se vuelven tan flexibles como las de las marionetas. ¡Otro color, otro sabor le da Badu al Jazz cuando se mete a lo Mundoloco ! Los tambores del senegalés parecen ser lo más real que de África pasa por “Chepelandia”. Por algo más de dos horas de sonido tamboril hubo un África mía, del que estaba por allá, y del que saltaba un poco más acá.








En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.