Me encontré con Shakespeare en mi adolescencia, no por vía de la lectura sino gracias a la película Hamlet, protagonizada por Laurence Olivier. Nunca olvidaré la escena en la que el fantasma del rey Claudio se le aparece a su hijo Hamlet y le pide que vengue su muerte, provocada, no por el veneno de una serpiente como se dijo, sino por el que le administró su propio hermano, el tío de Hamlet, el mismo que ahora, tras haber esposado a la reina viuda, ocupa el trono de Dinamarca. Antes de desaparecer, el fantasma se despide: "Adiós, ¡adiós! Hamlet, recuérdame". El príncipe jura venganza y a partir de ahí teje una tragedia que concluirá, tras muchas muertes, incluida la suya propia, con la caída del reino en poder de un príncipe extranjero.
Ya fuera del cine, mi primera reflexión consistió en preguntarme por qué Claudio, quien, muerto, debería ser cuando menos clarividente, vino a perturbar a Hamlet de una manera que -él tenía que saberlo- conduciría al reino entero a la tragedia.
"¿Qué ganó con eso?", pensaba yo, "¿por qué incitó a una venganza que acabaría con su hijo, su corte y su reino?" El fantasma se me antojaba un irredimible egoísta al que la añoranza del poder perdido lo llevó a provocar la destrucción de su patria.
Era el torpe razonamiento de un mocoso, y de haber llegado a oídos de un crítico literario habría provocado tan solo sonrisas de burla: lo que Claudio no le perdonaba al fratricida no era que lo hubiera despojado de su reino y de su mujer, sino el hecho de que, habiéndolo matado mientras dormía, no le dio tiempo de arrepentirse de sus pecados y, en consecuencia, lo envió a las llamas del infierno.
Puede suponerse que el angustioso "recuérdame" indica que, para el asesinado Claudio, permanecer en la memoria de alguien le aliviaría en algo los rigores del infierno; pero aquí surge la idea de que el rey fantasma fue víctima de su propia mala pata, pues lo que logró con el afán de venganza que instiló en su hijo fue acortarle a este la vida hasta el punto de no permitirle tener una descendencia que los recordara a ambos.
Todo fue, pues, más que inútil, destructivo. Y si lo peor del infierno se inaugura con el olvido no puedo menos que pensar en el alma del político que, sabiéndose de antemano incompetente, vino en busca del poder y, después de burlarse de su pueblo, de irrespetarlo, arruinarlo y humillarlo, se aleja hacia la niebla del olvido y ruega: "Adiós, ¡adiós! pueblo mío, recuérdame... recuerda... recuer... re...".