En una época cuando Costa Rica no tenía ni un millón de habitantes y la radio mandaba, Gilberto Hernández, empezó su idilio con el bolero. Y el romance se extendió por más de 60 años.
Fallecido el lunes pasado a los 81 años, el famoso bolerista porteño fue una de las mayores y más internacionales figuras de la música tica durante el siglo pasado.
Su voz cargada de melancolía movía almas tanto en cantinas como en los más exclusivos salones de baile; sin embargo, al igual que la gran mayoría de los grandes del bolero, la vida fue injusta con él al final de sus días pues a excepción de sus colegas músicos gran parte del país ya no se acordaba de él.
Una dura lucha contra el cáncer lo llevó al hospital varias veces y por eso, cinco meses atrás, se decidió a pasar sus últimos días en su amado Puntarenas.
Nadie como él
Pionero de toda una generación de boleristas ticos, Hernández marcó con su voz un estilo muy particular de cantarle al amor y sus variantes. "Su música era de corte muy popular y al igual que Daniel Santos y Julio Jaramillo, Gilberto se caracterizó por tener un estilo vocal muy suyo, inimitable", aseguró el crítico de música Alberto Zúñiga.
Y entre los contemporáneos del bolerista los recuerdos son inagotables.
Rafa Pérez con quien Hernández protagonizó varios "mano a mano" lo recordó como su ídolo: "Cuando yo apenas empezaba en los tríos ya Gilberto era solista y él fue quien me inspiró en mi carrera. Siempre lo admiré mucho y tuve el privilegio de cantar con él varias veces, incluso en el extranjero".
En la misma línea se manifestó Paco Navarrete: "Si hay una ocasión para hablar de luto en la música popular, es esta. Gilberto tuvo un carisma muy especial y fue querido por su origen humilde, además de que artísticamente tuvo un timbre de voz que no se comparaba con otros boleristas. Se nos fue uno de los grandes".
Los días de Gilberto Hernández empezaron el 7 de julio de 1921, en Puntarenas. Inspirado por Carlos Gardel y José Mojica, el joven porteño empezó a desarrollar su voz, al mismo tiempo que trabajaba como sastre, zapatero y estibador aduanero. El micrófono lo conoció a los 18 años, cuando cantó en la emisora Ecos del Pacífico. El resto es leyenda.
Tiempo de cantar
Su primera grabación fue a los 23 años, con la Orquesta Solís; sin embargo, la gran oportunidad la tuvo con la orquesta de Lubín Barahona. Era la época cuando Puntarenas era el sitio de veraneo para los capitalinos, y las grandes orquestas se lucían en salones como Los Baños y el Victory Club.
"Motivado por mis amigos, una noche decidí solicitarle permiso al director de la orquesta para que me dejara cantar", recordó el bolerista en una entrevista años atrás. Al final de su interpretación la audiencia le aplaudió de pie.
A partir de ese momento, los sueños que aquel joven empezó a tejer años atrás al lado de las vitrolas, tomaron forma.
Gilberto se trasladó a San José y fue parte vital de la época de las grandes orquestas, primero como parte de algunas y luego encabezando la propia.
"Gilberto fue de los responsables de que el bolero llegara a los salones de baile pues antes era exclusivo de los tríos. Era una época de grandes orquestas y cuando los artistas nacionales pegaban sus canciones en las radios", recordó Zúñiga.
Otro de los importantes aportes de Hernández fue dar a conocer la obra de grandes compositores nacionales en el extranjero, tal y como hizo con el tema Noche inolvidable , de Ricardo Reca Mora, y Recordando mi puerto , de Orlando Zeledón.
"Sus melodías son las más apropiadas para mí. Julio Jaramillo grabó dos larga duración con solo temas de Ricardo Mora, pero la fama no le hizo justicia al compositor y el ecuatoriano se comió el mandado sin querer", explicó Hernández en una entrevista con La Nación , hace una década.
Cantor de la noche
Historias de amores, despechos y personajes de la noche eran los que solían llenar las canciones de Hernández, al punto de que se le llegó a llamar el "cantante de las pecadoras".
Igual no faltó quien le apodara el "árbitro del amor" cuando su éxito Tarjeta roja dominaba las radios.
Aquella melancolía que descargaba en cada interpretación hizo que el público asociara siempre al bolerista con sus canciones, aunque en realidad él se dedicó más a cantar que a componer.
"Me gusta más interpretar los temas de otros, sobre todo si hay que poner el alma, el sentimiento, porque también he tenido mis fracasos amorosos", había dicho.
Cabaretera fue el tema que lo lanzó a la fama y le valió un contrato con la disquera CBS Indica; no obstante, a criterio suyo, también le trajo una imagen negativa que no se merecía.
"La gente escucha mis voz en las rockolas de los bares y luego creen que soy un borracho empedernido. La gente me asocia con bohemio, mujeres y licor... saben que he tenido mujeres, que algunas han sido mis esposas, pero ignoran que quiero a mis hijos y que por ellos me he sacrificado", se lamentó Hernández en otra plática con este periódico, allá por 1988.
Hasta hace algunos años, el cantante se había mantenido activo, pero recientemente debió suspender sus actividades por motivos de salud.
Aún así, cada vez que podía se sacaba las ganas de cantar.
"El pasado día de las madres fue a cantar a la escuela de Chacarita y estaba muy contento. Su deseo fue siempre morir en los escenarios", recordó su hijo Toker.
Hace poco más de un mes la comunidad artística le rindió un homenaje en el salón Los Higuerones, en la que sería su última aparición pública. "Esa noche lo llevaron al salón aunque había un gran aguacero. Lo vi mal, pero bastante contento", narró Pérez.
"Aunque lo llevaron en silla de ruedas, habló y hasta cantó un pedacito. Estaba feliz y nos dijo que no quería irse", recordó también Navarrete.
Pese a que sus últimos meses no fueron fáciles, la paz de la brisa porteña fue suficiente alivio para Hernández. Ahora él y su bolero son leyenda.
Colaboró Ana María Parra.